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Vie, Oct

Y no es coña | Carlos Gil

Si la piedra angular que debe sostener todo el edificio de las artes escénicas son los públicos, ¿por qué los maltratamos, los menospreciamos o los obviamos? Algunos gestores viven sus experiencias a caballo entre la tozudez del político de turno y la ilusión de las teorías mágicas de algunos especialistas en redondear los cuadrados o viceversa que dan a entender que los públicos se crean por impulsos y voluntades, en tertulias de café y por decisiones administrativas y no por esfuerzo, análisis, acercamientos, encuestas y acciones de muchas índoles, pero la principal, con programaciones que sepan primero captar y después mantener a esos públicos.

Cuando hablamos de públicos tenemos la tendencia a mirarn a lo que sucede en los grandes centros de exhibición, en las capitales, con una masa crítica que proporciona un caudal potencial de clientela suficiente a todos los productos que se ofrecen como para establecer cuadros estadísticos que pueden orientarnos, pero que se deben aquilatar, o hacer análisis ponderados. He escrito deliberadamente productos, porque cuando se lanzan campanas al vuelo por rebasar ciertas cifras redondas de asistencia a espectáculos o festivales, si miramos con detenimiento encontramos excesivos productos de consumo para los públicos de aluvión que no dejan más reguero que el oportunismo y la sustentación de unos productos confeccionados con fórmulas de éxito, en donde la calidad puede ser, incluso, buena, pero que su interés cultural, dramático no alcanza un valor comparable para considerarlo con todas sus consecuencias como algo que ayude al avance de la sociedad, de la cultura y todos esos conceptos que se deberían también barajar en la valoración de las programaciones.

Pero ¿qué sucede en las programaciones, los festivales, los eventos en las capitales de provincias, en las ciudades de menos de cincuenta mil habitantes o en los pueblos de veinte mil o menos, que son donde están la inmensa mayoría de las salas de exhibición de las redes actuales? En términos absolutos, la incidencia es menor, pero en términos relativos, podemos encontrarnos en porcentajes relacionados con la demografía del lugar con bastante mejor cualificación que en las grandes capitales. Y se debe a muchos factores, entre ellos la política de precios, las circunstancias socio-culturales y económicas y, aquí de nuevo el tipo de programaciónson los elementos que influyen. Y en este sentido, uno siente que se tiende al teatro más comercial, a los productos del oligopolio, a complacer a unos sectores sociales de la clases medias altas. Con excepciones, características de cada lugar y otros factores importantes, por ahí parecen canalizarse los esfuerzos

Por eso queremos resaltar una circunstancia ejemplar en Carballo, donde acudimos al estreno del último espectáculo de Titzina, dentro del XXI Festival Internacional Outono de Teatro, con la sala del Pazo da Cultura completamente llena, repleta de públicos de diferentes edades, dato muy importante. Importantísimo. Y se demuestra que se pueda hacer en una localidad de esta demografía, 30.000 habitantes, un estreno de esta entidad, y se puede sentir que la excelente programación de todo el festival es una declaración de principios de cómo gestionar dineros públicos, de cómo gestionar públicos, fidelizándolos no solamente para lo obvio y televisivo, sino para lenguajes nuevos, para propuestas de valor cultural añadido, de estéticas no convencionales, por lo que hay que aplaudir y felicitar a todos los agentes concurrentes.

Baste con decir que allí en Carballo tienen un grave problema de públicos, sí, pero de públicos que se quejan por no poder asistir, ya que se venden los bonos en poco minutos, y la venta anticipada agota las localidades en horas. ¿Un milagro? No una gestión adecuada. Una coherencia, el saber aprovechar las energías, la cogestión entre una entidad privada cultural que lo organiza, y el ayuntamiento que le da el soporte, la infraestructura y trabajan en común, por el bien del teatro, la cultura y de los públicos.

Y este efecto del FIOT se sustenta con una programación continuada durante todo el año, con programaciones cada viernes, con abrirse a nuevas experiencias, con involucrar a entidades, empresas locales, establecimientos de restauración. Un ejemplo a tener en cuenta. Y no es que sea nada inventado en Carballo, pero han sabido aprovechar todos los resortes para que funcione. Una manera de gestionar que debería estudiarse porque demuestra que es algo posible, que los públicos responden cuanto se siente concernidos, cuando se les trata bien, se les reconoce, se les involucra. Eso sí, eso significa más trabajo para los programadores y funcionarios. Ahí está la diferencia, una parte del milagro.