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Vie, Nov

Y no es coña | Carlos Gil
El gran artista plástico Antonio López, en declaraciones de este pasado fin de semana aseguraba: "Un mal artista no hace daño; un mal político sí". La frase, así, descontextualizada, nos ayuda a entender que para el común de los mortales, para la vida cotidiana, que un coreógrafo se equivoque en un planteamiento artístico no tiene más trascendencia que la que se deduce de su fallo, de quienes lo sufren como bailarines, de quines lo ven como espectadores. Pero, desde luego, no sube el pan por ello. Ni siquiera se resquebrajan las estanterías de la biblioteca municipal. En cambio, una mala decisión de un político, si además se puede plasmar en un boletín oficial, tiene mucha más repercusión, en ocasiones de muy difícil solución posterior.

En el ámbito cultural, también. Una falta de ortografía es fea, invalida a su autor, a su editor y a quien lo promociona y molesta a quién la lee, pero una firma avalando un presupuesto a la baja para una programación o festival teatral es un acto político de gran trascendencia. Los políticos electos, ahora hablamos de concejales y alcaldes, tienen en sus manos un porcentaje muy elevado del presupuesto general destinado a la cultura de exhibición, y sus decisiones pueden lastran o liberar proyectos locales que son el germen de muchos intentos regionales, autonómicos que configuran un cuerpo cultural estatal. O así debería ser.

Ya sé que en los minifundios de las Artes Escénicas, además del político, existe una especie de cortijeros, de capataces que son en demasiadas ocasiones quienes diseñan y ejecutan los planes inexistentes desde los partidos. Les conocemos como programadores y han sido esos individuos que con una soberbia supina han ido concediendo prebendas, cenando con los latifundistas de la distribución, creando unos espacios cerrados para la libre circulación de las propuestas. Y lo hacían, en una inmensa mayoría de los casos, con nombramientos digitales. Es decir, con nombramientos partidistas, sin mayores dotes curriculares que ser militantes o cercanos al partido en el poder.

No hace falta insistir, quien se pica ajos come, y a todos los programadores y programadoras, técnicos de todos los grados y jerarquías que han asumido su responsabilidad social, política y cultural, que han sabido ejercer su labor funcionarial con talante, objetividad y al servicio de la cultura, un abrazo solidario y espero que estén de acuerdo en terminar con esta manera d e ocupar esos puestos de tanta importancia y coincidan, aunque sea de manera subjetiva, con algunas de las apreciaciones aquí expresadas.

A partir de hoy veremos recoger a muchos de estos personajes sus pertenencias, hacerse los sufridores, intentando solicitar solidaridad , que seguramente encontrarán en quienes han sido favorecidos por su gestión personalista. Los sustituirán otros, que probablemente no serán ni peores ni mejores, pero serán otros que vendrán con la s mismas ínfulas, pero con menos dinero, es decir, que no podrán subirse los cuellos de las camisas para hacerse los macarras con chequera. Perdonavidas indocumentados con aires mafiosos.

Lo curioso es que este desfile de damnificados de las elecciones va a permitir ver a algunos de ellos (y ellas) desnudos, muchos, como viene sucediendo, volverán a sus cargos orgánicos funcionariales, si los tienen, o se pasarán a la empresa privada, casi siempre como vendedores de mayoristas de espectáculos. Es una tradición, la constatación de que vivimos en un sistema muy poco saludable. No hay que esperar grandes cambios, quizás la pequeña y ruin satisfacción de ver a alguno que te ha estado fastidiando la vida, fuera de toda atribución. Pequeñas venganzas, porque el problema real es que los que llegan no tienen doctrina que cumplir, reglamento al que atenerse, ni organizaciones que le indiquen por dónde pueden ir. Es decir, llegarán otros, para quitar a los existentes, y deberemos apurarnos para intentar que no se corrompan con demasiada rapidez los recién llegados.

La simple circunstancia de que se abran cajones cerrados, que se revisen contratos, ayude a una cierta limpieza. Poco más. Intentemos que los daños que se van a producir sean los menos. La marcha de algunos de los que se van, lo sentiremos, de corazón y con otros, no se pueden imaginar como tenemos las manos de aplaudir ni las botellas que hemos abierto para celebrarlo.

Seguiremos atentos para ver la lista de desplazados. Recibiremos con afecto a los nuevos. Colaboraremos. O lo intentaremos, con todos, pero añadimos algo a la frase de Antonio López: Un mal artista no hace daño, un mal político, sí y un mal gestor, más.