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Dom, Ago

Sud Aca Opina | Patricio Sancha

Hace 2 millones de años atrás el Homo Erectus miraba de manera horizontal para buscar a su presa, con los años aprendió a mirar al cielo hasta incluso poder volar, hoy en día, me da la impresión de que hemos tenido un retroceso evolutivo para volver a mirar de manera horizontal, y lo que es peor, incluso muchos caminamos con la mirada gacha.

 

¿Será el peso de la vida que nos curva la espalda obligándonos a mirar el suelo?

¿Será que buscamos respuesta escondidas en las grietas del pavimento?

¿Será que hemos olvidado volar?

Para cualquier observador objetivo de la sociedad contemporánea, la respuesta es evidente; estamos cansados.

De nada en específico y de todo en general.

Mal que mal, nuestro cuerpo y por ende nuestra mente, funcionan en conjunción, tal como un mecanismo biológico perfecto. Todo mecanismo, con el tiempo, el uso constante, la sobre exigencia y la poca mantención, termina por deteriorarse y rendir menos.

Nuestros cuerpos, estadísticamente hablando, parecieran no estar diseñados para funcionar en óptimas condiciones más de ochenta años y si lo hacen, es porque existe detrás de ellos un poderoso arsenal químico capaz de mantenerlos en funcionamiento.

¿Uso contante? Por supuesto.

¿Sobre exigencia? ¿Qué duda cabe?

¿Poca mantención? Pocos recordarían cuando se hicieron un chequeo físico completo y adoptaron medidas correctivas.

Aunque nos auto engañemos, el tiempo no es infinito, por lo que deberíamos planificarlo meridianamente no solo para producir, sino también para disfrutar y por supuesto descansar.

Estamos convencidos que nuestra felicidad está estrictamente ligada a lo material, algo así como si nuestras posesiones fuesen más que nosotros mismos. En cierto sentido es cierto, porque la sociedad nos percibe como nos mostramos y no como realmente somos. Muchos de los autos nuevos que circulan por las calles no le pertenece al orgulloso conductor, sino al banco. Las hipotecas por la casa propia duran décadas de pagos a fin de mes.

Ya lo sé, es difícil no dejarse influenciar por el entorno, sobre todo cuando esa monstruosa camioneta todo terreno se instala al lado de nuestro city car, haciendo rugir sus caballos de fuerza para intimidar a nuestros escasos, pero siempre dignos escasos centímetros cúbicos. Aunque por el espacio necesario, siempre podremos encontrar pequeños placeres al momento de estacionar.

Lo digo, lo repito y sobre todo me lo repito; hasta donde sabemos empíricamente, solo tenemos una vida y no la podemos desperdiciar dejándonos llevar por el estrés de la masa exitista. Siempre podremos encontrar grandes placeres en las pequeñas cosas, eso claro, si estamos dispuestos a recuperar nuestra mirada dirigida hacia un horizonte lejano lleno de sugerencias. El piso puede tener una cantidad de detalles interesantes, pero nunca comparables con la inmensidad del cielo.

La mirada horizontal de seguro nos mantendrá a salvo para no caer al tropezarnos con obstáculos imprevistos, pero quien duda de las infinitas posibilidades de una mirada vertical sin punto fijo al cual mirar.

Se puede volver a volar al menos con el pensamiento.