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Lun, May

Sud Aca Opina | Patricio Sancha

Por supuesto ninguno de nosotros es tan tozudo como para mirarse el ombligo sin reparar en lo que sucede a su alrededor, son los demás quienes no tienen la capacidad de salirse de su metro cuadrado de confort como para comparar y compararse, con todo lo bueno y malo que ello pudiese conllevar. No somos nosotros, siempre son ellos. Siempre son los demás, yo jamás haría eso.

Estamos inmersos en una sociedad cada vez más yoista donde poco me importa el prójimo mientras yo y mis afectos inmediatos estemos bien o por lo menos relativamente bien.

Hemos sido enseñados por nuestro entorno a no mirar más allá de nuestros propios intereses, olvidando que uno más uno es muy superior a dos.

Las injusticias siempre son cometidas por otros y tan lejos de nuestra realidad que no pasan de ser una anécdota desagradable a la hora de las noticias por televisión mientras nos preparamos para el programa estelar de cuerpos operados y realidades fabricadas a punta de consumismo.

Hemos llegado a un punto tal de despersonalización que el prójimo prácticamente no existe, salvo para alimentar nuestro morbo siempre dispuesto a experimentar ese placer culpable de no experimentar jamás aquello de lo que nos estamos enterando.

Antiguamente las guerras se daban cuerpo a cuerpo, un ser humano contra otro en que el victorioso al menos había visto en la mirada del otro el mismo cumulo de sensaciones contradictorias que el experimentaba. Los ojos de su víctima, como un espejo de la propia alma de alguna manera le mostraban lo que el mismo sentía en ese momento crucial. Era vencer o morir en una relativa igualdad de condiciones. Con esto no quiero avalar la muerte como método de solución de conflictos pero hoy en día, gracias a los maravillosos avances tecnológicos, apretando un insignificante botón, fílmicamente rojo, se puede matar a miles de seres humanos desde la comodidad de un escritorio sin siquiera tener un atisbo del dolor provocado.

No todos tenemos la capacidad de abandonar nuestras vidas, aunque sea momentáneamente, para conocer las de otros pero al menos, si tenemos la voluntad de hacerlo, podemos conocer otras realidades sin necesidad de abandonar aquello que nos define como personas.

Las artes tienen la capacidad no solo de mostrarnos otras realidades contemporáneas sino que a través de su método comunicativo capaz de sensibilizarnos en extremo, apelando a nuestros sentimientos, hacernos viajar en el tiempo para mostrarnos el pasado, otros presentes y futuros probables en una eterna repetición del fondo donde solo la forma cambia.

El hombre es hombre desde que se irguió en sus dos piernas y por evolucionados que nos consideremos, seguimos siendo una combinación de actitudes que se mueven entre dos polos contrapuestos. Entre la bondad y la crueldad, entre el amor y el odio, entre la piedad y el desprecio, entre el blanco y el negro.

En todo buen argumento solo el enfrentamiento entre el protagonista y el antagonista generan la acción.

En nuestras vidas nosotros cumplimos todos los papeles posibles y mirándonos el ombligo jamás seremos capaces de evaluar nuestras conductas ya que no tendremos la capacidad de compararlas con otras.

Mirarse el ombligo es el punto de partida para tener un cabal conocimiento de nosotros mismos.