Sidebar

23
Mié, Oct

Sangrado semanal | Juana Lor

Las recetas de los buenos platos no se dan. Quizás se transmitan, como mucho, dentro de la propia familia, aunque muchas veces, cuando los nietos se preocupan y ocupan finalmente por conocerlas, la abuela está ya tan viejita que cuenta la receta del revés o a medias o con el orden de los ingredientes trastocado. Cierto es que a esas alturas, quizás esté la receta perdida, pero grabarlas mientras lo cuentan suele ser un primor, por los detalles, por la gracia, por la forma de expresarse.

El Teatro de los Andes ha decidido publicar su recetario mucho antes de que se le caigan los dientes. En el libro de próxima publicación: La formación del actor. Una ventana al hacer, enseñar y ser en el Teatro de los Andes, escrito por Giulia D'Amico el grupo hace un streap-tease ético-pedagógico donde se quita hasta la piel para mostrarnos sus tripas: la estructuración de su entrenamiento y actividad pedagógica de la A a la Z, explicando también, la fuente de proveniencia de los distintos ejercicios, las razones y formas en las que estos han ido variando con el paso del tiempo, así como las carencias que advertían en el training y sus consiguientes enriquecimientos.

Para una compañía que cimenta su labor artística en el entrenamiento, en el profundizar en ciertas materias hasta salir por el otro lado y que basa una parte importante de su subsistencia en la rama pedagógica, es decir, en las sesiones de laboratorio y talleres que imparte, hacer públicos sus ejercicios denota una falta de miedo brutal a ser eclipsado por otros y un posicionamiento muy por encima de mediocridades. La publicación de este libro parece un acto de desapego y generosidad grandes. Es probable que dicho acto funcione como un boomerang y les devuelva lo compartido en forma de nuevas personas interesadas en conocer la esencia de sus ejercicios en la práctica y de primera mano.

Los buenos ejercicios teatrales tienen un ingrediente secreto. Ese ingrediente son los principios que subyacen a los ejercicios. La expresividad, por ejemplo, es uno de esos principios. La pre-expresividad, también. Y después, además de los ingredientes ordinarios y de los ingredientes secretos está otra cosa que ni los libros ni las palabras susurradas al oído pueden transmitir. Se trata del saber hacer, del "chi", me refiero a las manos de la abuela cuando están batiendo el huevo para rebozar las croquetas. Eso sólo puede transmitirse si estás delante para ver, oir, oler y desgustar el ritmo, la velocidad, la actitud, el sentimiento y el juego de muñeca con el que lo hace. Si estás allí, quizás tengas suerte, igual hasta te agarre la mano y gire su muñeca con la tuya teniendo tú el tenedor en la mano. Esa sí que es una buena forma de aprender a hacer tuyo el saber y el sabor de otros. O sea, que pueden pasarte una lista interminable de ejercicios teatrales, pero si quieres que toquen verdaderamente la esencia del ser humano, como hacen unas buenas croquetas de la abuela, hay que insuflarles aliento, alma, eso intangible que se siente y, lo que es aún más asombroso, se puede comunicar entre seres humanos.