Sidebar

22
Dom, Sep

Velaí! Voici! | Afonso Becerra

Que yo sepa, ninguna de las grandes revoluciones que se estudian en historia ha venido producida por el teatro. Ni la Revolución Francesa de la Liberté, Égalité, Fraternité, ni la revolución industrial que ayudó a que apareciese una clase media y liberó del trabajo duro a algunas personas... Sin embargo, las artes vivas y, entre ellas, el teatro en especial, en su capacidad para movernos y tocarnos a través de la acción, despierta conciencias y genera micro-revoluciones. Al teatro vamos a ver, en el sentido más pleno del verbo ver, y sin una visión tampoco hay una misión. Un ver que genera empatía y afecto. Ver para creer, porque a la tribu de las artes escénicas no nos gustan los dogmas de fe.

 

La noche del domingo 21 de julio de 2019, el muro de piedra, que cierra el escenario y se enfrenta a la grada del Auditorio do Castelo de Ribadavia (Ourense), nunca estuvo tan re-significado como en esta ocasión, con la pieza Amarillo, de Teatro Línea de Sombra (México), dirigida por Jorge A. Vargas. Fue en la 35 MIT Ribadavia, Mostra Internacional de Teatro.

Un espectáculo performativo posdramático en el que cuatro actrices y dos actores invocan las presencias de todas aquellas personas de México que, por necesidad, intentaron migrar a los Estados Unidos de América, atravesando el desierto real y simbólico, para encontrarse con un muro infranqueable en las fronteras. Un muro también real e simbólico.

Así, este muro del Auditorio do Castelo que, si no me equivoco, fue construido en los años 70, es utilizado por las actrices y los actores para intentar, físicamente, superarlo, trepar por él, saltar contra él, colgarse de él. Y también para proyectar en él las imágenes documentales de personas que desaparecieron en el intento desesperado de cruzar el desierto o de alcanzar y superar las fronteras.

En ese mismo muro también se proyectan diversas perspectivas, en estilo “live-cinema”, sobre la instalación plástica en la que, poco a poco, se va convirtiendo el escenario. Un paisaje de bidones con poca agua, fardos de ropa, alguna pieza de calzado y ristras de bolsas de arena colgadas, que acabarán por hacer una lluvia de arena y convertir el escenario en una evocación del desierto. Igual que la iluminación solar evoca ese amarillo del título, que abrasa y deshidrata.

Raúl Mendoza, con rasgos étnicos bastante definidos, será quien evoque a muchos jóvenes que arriesgaron su vida en busca del sueño norteamericano, a los “espaldas mojadas”, a los nadie. Al chico que dejó a su enamorada, soñando que volvería libre de miseria para casarse con ella. Al hombre que dejó a su mujer embarazada, para volver con dinero o conseguir que ella se fuese con él. Y las miles de historias que se repiten en la migración. El actor nos mira, nos interpela, pide cigarros, hace una llamada a su enamorada, que va a ser respondida por alguna espectadora, escogida previamente, a la que le suena el teléfono.

En este sentido, ni Raúl Mendoza, ni Vianey Salinas, Antígona González, María Luna o Alicia Laguna, hacen personajes. Son ellas mismas y él mismo, como performers, que asumen, en simulacro, esos fragmentos de historias paradigmáticas de la migración mexicana, del éxodo hacia el norte. Una asunción performativa que se hace a través de un teatro muy físico, casi dancístico por veces, y también a través de la dicción del relato de migrantes muertas y muertos. La asunción de la voz de las muertas y los muertos. Testimonios apócrifos y ejemplares. Con un verbo directo, sin ningún apoyo lírico, sin complejidad retórica: una palabra que dice y describe la tragedia de manera clara, sintética.

Quizás el único personaje que aparece sería el interpretado por Jesús Cuevas, como una especie de figura alegórica del norteamericano acomodado, que vigila. Podría evocar un sheriff norteamericano, con el sombrero amplio y las gafas oscuras, las botas de cuero y la chaqueta americana. Incluso, en un momento dado, simula sacar una pistola, que hace con la propia mano, y le dispara en la sien a Raúl Mendoza, en la secuencia en la que éste simula uno de los migrantes.

Además, Jesús Cuevas, desde esa figura alegórica del vigilante, hace toda una performance vocal, con canto de harmónicos y con efectos sonoros que se integran en el paisaje musical, en el que no faltan los contrastes alegres de las rancheras.

Por su parte, las cuatro actrices asumen también diferentes testimonios de mujeres e incluso de hombres, a través del disfraz que procura el propio texto proferido “Yo soy...” Se ponen, por encima de la ropa de calle de las propias actrices, vestidos muy coloridos, que parecen vestidos de fantasía de un carnaval, y le hacen fiestas al amor y a la vida, en medio de ese contexto en el que la desgracia siempre está flotando.

Todas ellas realizan múltiples y diversas acciones con objetos reales: los bidones casi vacíos de agua, linternas, bolsas de la basura para meter ropa, etc. También realizan acciones con cámaras de vídeo, filmando y proyectando, en directo, detalles de las acciones que hacen las compañeras y compañeros. De este modo, el escenario se convierte en un paisaje que se expande no solo por la horizontal del suelo, sino también por la vertical del muro de piedra. La imagen se vuelve, así, casi caleidoscópica.

Entre las cuatro actrices, la única que no habla es Vianey Salinas, quien, sin embargo, despliega una hermosa elocuencia corporal, sobre todo en el número en el que danza encima de una mesa en la que hay una vela y arena, delante del hombre que desapareció de su lado para perderse en el desierto.

Hay en toda esta propuesta de teatro físico, performativo posdramático, una clara dimensión testimonial y política. Los propios objetos que se utilizan, que provienen de la realidad y no son atrezo teatral, así como el lado artesanal de la ejecución, contribuyen a esa verdad políticamente eficaz. El asunto que tratan no nos lo representan como una ficción, sino como algo real, cuyos testimonios son asumidos e invocados por el elenco, realmente implicado, y por el paisaje plástico que se va creando en el escenario.

La poesía que aparece, por momentos, surge de esa confluencia de lo real en escena, con su huella singular étnica y local, así como de la artesanía de las actividades, en una composición llena de dinamismo y fluidez.

Una muestra de que el juego del teatro, además de sorprendente, puede pasarnos el testigo de que la revolución también depende de nuestro grado de conciencia y de visión. No solo se trata de nuestros problemas, sino también de los de otras y otros humanos con los que compartimos el planeta tierra.