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Vie, Abr

Mirada de Zebra | Borja Ruiz

Hace un par de años leí un trabajo de investigación que me llamó la atención. La imagen me llega un tanto borrosa, pero tal y como recuerdo, el proyecto establecía las similitudes entre la escena y los museos. Según explicaba, el museo, al igual que el teatro, acoge la figura del personaje en sus diferentes gamas. En este caso hay un personaje principal, ese narrador omnisciente que es el guía del museo, mientras el resto de los personajes, históricos o de ficción, aparecen capturados en los cuadros o en las esculturas. La analogía con el Arte Escénico no quedaba ahí, pues planteaba una clara conexión entre los objetos de museo y el atrezzo; e igualmente entre los visitantes y los espectadores. Concluía, creo recordar, que el museo en su totalidad podría verse como un gran teatro y que cada exposición que allí acontece, como cualquier buena puesta en escena, necesita que todos sus ingredientes se mezclen con armonía para que la comunicación sea eficaz.

El planteamiento me resultó curioso pero de difusa aplicación, como un típico ejercicio universitario donde se mezclan conceptos en la probeta invisible de la teoría, sin que nada de ello pueda verterse en la práctica. Aquella disertación se habría esfumado de mi memoria con esa impresión contradictoria, si hace unas semanas no hubiese asistido a la visita guiada de unas famosas cuevas prehistóricas. Así que ahí voy con la historieta.

Tras un largo periplo en coche y después de pagar la entrada (8 euros, precio similar al de cualquier teatro modesto), me encontraba en la cola de la cueva a la espera de que la guía nos permitiese el acceso. Durante el viaje y ese lapso de pie, mi expectativa se había ido inflando como un gran globo de helio. Desmedida como estaba, esa expectativa mía decía que iba a asistir a una experiencia vital inolvidable, que tocaría piedras anteriores a la Edad de Piedra y que comprobaría que el agua puede ser una escultora maestra si se le dan milenios de confianza. La muy perra me estaba preparando el camino para la futura decepción. Pero en ese momento mantenía la ilusión al dente. Bajo un aguacero que sonaba tanto como mojaba y con el paraguas oportunamente olvidado en casa, me convencí a golpe de estornudo de que la chupa que estaba pillando me acercaba a la vivencia prehistórica. Al fin y al cabo, el humano de antaño de haber estado en mi lugar, a lo sumo se habría puesto un helecho encima de la cabeza y sin mejor resultado.

Después de esperar el tiempo suficiente para que el agua traspasase zapato y calcetín, por fin entramos. Y de la chupa al primer jarro de agua fría. La guía tenía la sangre de horchata y el gesto de cartón. Con un tono que inducía a la hipnosis, se dispuso a contarnos la historia de la humanidad como quien está condenado a leer el listín telefónico a perpetuidad. Por el año 4 millones antes de Cristo, nada más aparecer el australopithecus, desconecté. Y miré hacia arriba. Los murciélagos, colgados y como dormidos, parecían saber la que se nos venía encima. Ciegos pero visionarios, los cabrones, porque efectivamente la cosa pronto se puso peor. Sin previo aviso, surgió una voz en off haciéndonos creer que era el espíritu de la cueva quien hablaba. En un discurso que mezclaba misticismo y espiritualidad a partes iguales y adulteradas, la voz trataba de describir las supuestas maravillas de aquel agujero ancestral. Que si el hombre y su vínculo supranatural, que si el hombre artista frente a la crueldad del entorno, que si el hombre... Poco recuerdo ya (por fortuna) de lo que dijo el espíritu de la cueva por los altavoces que asomaban entre las rocas, pero, créanme, en aquel lugar la palabra hombre para referirse al ser humano sonaba más vieja que las estalactitas.

Así fue discurriendo el paseo de la caverna, con la guía y el espíritu alternando discursos que iban directos a la papelera de reciclaje de mi cerebro. Y entonces llegó la escena final. Tragado el pastel, faltaba la guinda. Con el agua de los pies trepando hueso arriba y los virus haciendo su agosto en mi garganta, frente a la pared más lisa del lugar proyectaron un vídeo. Muy contemporáneo, oigan. Imágenes de llamas y tinieblas, leyendas imposibles, sonido de olas eternas, bosques de cuando nació la noche... Y sobre ese mejunje audiovisual, un discurso indescifrable con un tufillo a cristianismo que aún hoy me levanta el diafragma.

Cuando por fin estaba fuera y mientras esnifaba la moquita que me caía nariz abajo, me preguntaba cómo era posible haber convertido ese magnífico espacio y la impresionante historia de la evolución en un acontecimiento para olvidar. La respuesta la encontré poco después: detrás de todo aquello no había historiadores, artistas ni expertos en comunicación, sino una congregación de curas y monjas. Fue entonces cuando recordé el mentado trabajo y me prometí enviarles un ejemplar. Y a ver si intercalan su lectura entre los versículos de la Biblia. Por Dios.