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Dom, Ago

Sud Aca Opina | Patricio Sancha

Dimetilpolisiloxano, goma arábiga, betacaroteno, goma éster, sucralosa, citrato de sodio, sucralosa, ácido ascórbico, CMC, ácido cítrico, goma xanthan, azúcar, agua... ah, y jugo concentrado de naranja, es el rico contenido de una botella etiquetada como néctar de naranja. Legalmente puede ser néctar de naranjas y aunque néctar de los dioses no sea, legalmente es néctar de naranja.

Desde hace un tiempo, me ha dado por leer las etiquetas de los alimentos.

Cuanta sorpresa contenida en lo que entra por nuestra boca.

Los componentes misteriosos con nombres rimbombantes tan académicamente correctos, a pesar de darle cierta dignidad científica a los alimentos, no pueden ser buenos para nuestra salud.

La reacción lógica debería ser la de volverme un extremista alimentario rechazando los productos que nos venden como sanos. Aunque los respete, cada loco con su tema, aún no he llegado a estas corrientes puristas como son los veganos o los vegetarianos, ni a ninguna de sus derivadas como el lacto vegetariano o el ovo vegetariano.

Hasta donde sé, el ser humano es omnívoro y basta revisar nuestra dentadura para darse cuenta de que los molares no pueden tener la misma función de los caninos o los incisivos.

No estoy ni a favor ni en contra de estas posturas alimentarias extremas, y como dije antes, cada loco con su tema.

Pero lo que si definitivamente es una locura, es lo que está entrando a nuestros sistemas digestivos, y ni hablar de aquello que está entrando en nuestras mentes.

Si el mercado es capaz de convencernos de lo bueno o al menos inocuo que puede llegar a ser el dimetilpolisiloxano, como no nos va a convencer de lo bueno que sería invadir ciertos países en beneficio de la democracia mundial o de cómo se deben proteger los Derechos Humanos, pero no a todos.

Como si fueran los componentes de un producto etiquetado en su envase, sabemos exactamente el contenido de los discursos con los cuales algunos poderosos son capaces de seducir nuestras conciencias, pero como no somos capaces de leer entre líneas o descifrar las obscuras intenciones redactoras de tan magnificas intervenciones, nos dejamos llevar por el contenedor sin analizar el contenido.

Como un niño capaz de obligar a su padre a comprarle un yogurt en el supermercado, solo por el adhesivo de su súper héroe favorito, sin importarle siquiera el sabor, nosotros tenemos la misma actitud frente a decisiones importantes para nuestros destinos. Contenedor y no contenido.

Son pocos quienes ante la elección de una autoridad son capaces de leer y analizar sus programas de acción y prefieren votar por quien les ha dado un supuestamente sincero apretón de manos o les ha sonreído mostrando sus dientes de ortodoncia perfecta, los mismos que luego utilizará para devorar a quienes lo eligieron en el acto más carnívoro de todos.

Algunos ingeniosos ya han salido con ideas anti lo que sea, manifestando querer a lo natural. Las gallinas felices viviendo libres y alimentándose de lo que encuentren en el terreno, son la expresión de esta corriente. Por supuesto son más caras, pero son felices, felices hasta el día que les toca el mismo destino de sus compañeras enjauladas, cuchillo y a la olla. Como son más caras, no todo el mundo las puede comprar y se han transformado en un negocio emergente, junto con los huevos de gallina feliz.

Hubo un tiempo en el que comer alimentos poco refinados conocidos ahora como integrales, era cosa de pobres, en cambio ahora se ha transformado casi en un esnobismo de clases acomodadas que, a pesar de ser productos menos elaborados, son más caros.

A otro perro con ese hueso; lo natural lamentablemente ya no existe.

Exagero, aún quedan ciertos paisajes etiquetados como vírgenes, pero debemos apurarnos en visitarlos antes de que una central hidroeléctrica los inunde para crear un embalse.

¿Natural? Si claro.

as y grupos religiosos, de la más alta respetabilidad, para atraer adeptos prometen ser una guía para encontrar la verdad interior, pero en el momento en el que comienzan a pedir aportes económicos, es el momento de sospechar. El diezmo, desde mi egoísta punto de vista, es una evidencia de que algo huele mal, eso si es que ya no se ha podrido.

Cada uno de nosotros es un santuario per se en construcción continua, algo así como la sagrada familia de Barcelona en perpetua construcción y los ladrillos con los cuales auto edificarnos, son nuestras vivencias, desde la despectivamente considerada como insignificante hasta la más trascendente, todas en un calce perfecto para ir formándonos gradualmente.

Sinceramente espero que ese libro monstruoso en volumen no haya sido una máscara, sino un nuevo ladrillo indispensable en la edificación sagrada de una vida.