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Mar, Mar

Sud Aca Opina | Patricio Sancha

Para nadie es un misterio; la mejor forma de representar bien un papel, es meterse en el personaje hasta llegar a ser el personaje. En ese punto ya no se debe actuar sino simplemente expresarse.

Las mejores actuaciones jamás presenciadas, seguramente son las de un niño que sin necesidad de racionalizar y teniendo objetivos claros en su cabeza, ya sea tener un juguete, no comer, ver televisión hasta más tarde o cualquiera de esos antojos que para él son vitales y para sus padres, las más de las veces insufribles.

Lo hace de manera natural sin plantearse siquiera la posibilidad de representar un personaje para impactar a su audiencia de la cual quiere lograr una reacción favorable a sus expectativas.

Las actuaciones son variables y por supuesto, muy efectivas. Van desde apelar al amor incondicional de sus padres o un ingenuo razonamiento del por qué tiene que ver esa serie de dibujos animados hasta más tarde, pasando por los berrinches en espacios públicos, esos que la mayoría de las veces podrían efecto para evitar la vergüenza.

Un niño tiene la sublime capacidad de transformarse fácilmente en ese ángel alado que hace sentir a su madre como a la única mujer de la creación o en el demonio gritón revolcándose en el suelo para obtener lo que quiere al colmar la paciencia de sus padres.

Un niño aún no conoce los límites que con el tiempo nos vamos auto imponiendo en función del castrador juicio ajeno. Ni siquiera se enjuicia a si mismo antes de actuar y por supuesto, después tampoco analiza su accionar, aun no tiene las herramientas racionales como para hacerlo, simplemente lo hace de manera instintiva. Dependiendo del resultado de su actuación, repetirá el acto pudiendo transformarse así en un niño encantador o en un pequeño monstruito.

Los adultos vamos perdiendo gradualmente esa espontaneidad hasta comportarnos según el molde prefabricado que se espera de nosotros en tal o cual situación.

Los individuos en su afán de pertenencia a un grupo humano consolidado para lograr así lo que solos jamás podrían, hacen todo por ser aceptados, lo que puede incluir el actuar en contra de sus propias convicciones e incluso en contra de sus valores.

Ya que todos actuamos todos los días papeles de la más diversa índole, al menos actuemos bien.

Jefe, empleado, padre, hijo, arrendador, arrendatario, alumno, profesor.

Lo primero es estar convencidos de que esa actuación es necesaria y hacerla de manera irrenunciable acorde a nuestros valores. Si asi lo hacemos, nos saldrá tan natural que convenceremos a todos de la veracidad de nuestros argumentos, sobre todo, porque serán reales.

El actuar a veces puede ser mal visto por quienes no entienden el valor de asumir diferentes papeles en la vida.

La falsedad es la reprochable pero jamás una buena actuación.

Incluso cuando como espectadores sospechamos que estamos frente a una representación, si esta es buena, nos dejamos seducir por ella hasta casi creer lo que presenciamos. Racionalmente quizás nos neguemos a ello pero es nuestro sentir el que puede cambiar nuestra percepción de esa ilusión que aceptamos como verdadera. Si no fuese así, los magos morirían de hambre.

Actuemos.

Actuemos bien y nos creerán.

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