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Mar, Sep

Un cerebro compartido | Miguel Ribagorda

Si recuerda el lector, corría el año 1983 cuando Howard Gardner presentaba las inteligencias múltiples. Un lector no familiarizado con estas, asumirá que la inteligencia es una característica unitaria y estable en el tiempo hasta que la edad o alguna patología hace que el acceso a la información se vuelva fisiológicamente complicado y la inteligencia se modifique, pero hoy, el concepto inteligencia acepta un planteamiento teórico distinto que recoge una multiplicidad dimensional. La clasificación más extendida se presenta en este conocido modelo de Inteligencias Múltiples redactado por Howard Gardner en el que conviven siete inteligencias o categorías: lingüística, lógico-matemática; corporal-quinésica, espacial, musical, interpersonal e intrapersonal a las que posteriormente se añadieron dos más, la naturalista y la existencial.

 

A lo que nos tiene habituados la inercia formativa, es a alcanzar niveles de inteligencia altos y/o bajos, pero con esta no tan nueva aproximación, se abre la posibilidad de dominar una de las áreas hasta convertirse en un experto y no destacar o incluso sufrir deficiencias en alguna de las otras. Con independencia del tipo de inteligencia que se quiera estudiar, las bases neurológicas que la soportan son las mismas, no siéndolo las experiencias que se procesan.

De manera natural, un intérprete debería tener alguna de estas inteligencias más desarrolladas que otras. Puede que la lingüística, la corporal-quinésica y la interpersonal. Puede que también la musical, sea como fuere, el caso es que esta clasificación permite entender que el cerebro de un actor procesa la información de manera distinta al de un arquitecto. Una de las características que no debe faltar en las capacidades intelectuales del intérprete es su habilidad en las comunicaciones interpersonales por la importancia que la imaginación tiene en esta. Hace tiempo que las ciencias cognitivas demostraron que la imaginación no es algo concreto o especializado sino que es una característica de la cognición atravesada por procesos mentales como la actividad metafórica, y qué hay más metafórico que el cuerpo de un personaje. No eres tú, le diría al actor que lo encarna, soy yo el que pisa mi universo que es la escena.

El actor puede verse a sí mismo como el titiritero que maneja su títere o personaje regalándole su andamiaje corporal y mental. Principalmente desde la filosofía y la psicología, esta característica es conocida y estudiada como la teoría de la mente (ToM) con la que se define la capacidad de atribuir pensamientos e intenciones a otras personas. La inteligencia interpersonal que tiene que dominar un actor expresará su capacidad para comprender las motivaciones y estados de ánimo de su personaje, así como las relaciones que este lleve a cabo en su devenir por la obra. No eres tú, actor, el que sabe qué le pasa a otro personaje, es tu personaje el que te ayuda a comprenderlo.

En un artículo de 2005, Gallese y Lakoff afirmaron que “la imaginación, como la percepción y la acción, está corporeizada, esto es, estructurada por nuestros constantes encuentros e interacciones con el mundo a través de nuestros cuerpos y cerebros”. Y si lo dicen ellos, hay que creérselo. Las conclusiones con lo expuesto hasta ahora son evidentes: no eres tú, actor, el que imagina, es tu personaje el que lo hace. Claro, podrás decirme que esto es una idiotez, solo hay uno, actor, que hace de otro, personaje. Eso es verdad, pero si ese fuera el pensamiento del actor, posiblemente no sería de los mejores porque denota una falta de inteligencia interpersonal que lo hará apto para otros trabajos, pero no para el hipnótico trabajo de convencer a los demás de que es capaz de ser dos en uno y no estar loco.