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Mar, May

Y no es coña | Carlos Gil

Como las autoridades incompetentes nos maltratan y hacen políticas incorrectas que atacan a cada uno de nosotros, declaro acabado el tiempo de las medias tintas, del lenguaje críptico. Abolimos el miedo a las consecuencias de nuestras opiniones. Para decirlo con palabras consecuentes: meteros vuestras amenazas por donde os quepan. No insistáis más, no podéis hacernos más daño, no hay de donde recortarnos más, por lo que a todos, directores que mal aceptan las críticas, gestores atrincherados en su cargo digitalmente conseguido, políticos de inminente caducidad, caza subvenciones universales, oportunistas varios, cargos temporales, temporeros del poder, funcionarios de diente retorcido, productores del pesebre, actores de confesión diaria, autores de la sumisión consagrada, vuestra agresividad nos ha hecho invulnerables. Somos zombies a los que podéis intentar rematarnos, pero os sobreviviremos.

Por lo tanto, lo digo a gritos una vez más: NO ME CALLO. No tengo derecho a callarme. Y a quien intente mandarme callar, como ya son demasiadas las insinuaciones, les decimos que empezamos a estar muy hartos de tantos recaditos y que a los próximos que se atrevan a amenazarnos con quitarnos publicidad, cerrar sucripción u otros actos agresivos por venganza, como ya lo han hecho algunos, los denunciaremos públicamente con foto, currículum, cargo y conexión inalámbrica o enchufe directo, para que se sepa que hay abusos de poder, falta de cintura democrática, concepciones patrimonialistas de lo público y otros monstruos generados por las resacas de una dejación de rigor y control por parte de todos, que se ha convertido en un poder inusual para unos recién llagados con consignas de destrucción o simplemente con aires de soberbia e intransigencia.

Por lo tanto, la inmensa mayoría de la profesión puede seguir como está, discrepando, con mejor o peor gusto de lo que hacemos o decimos, ignorándonos o alabándonos, siendo nuestros cómplices o nuestros enemigos confesos. No estamos contra nadie que ejerza su profesión con las luces que le haya dado la biología, con los conocimientos que hay podido adquirir por experiencia o estudio, con el talento que se le repartiera en la rifa genética y que con su actitud mantenga el amor por las Artes Escénicas, sea desde el lugar del organigrama que sea. El noventa y cinco por ciento de los que desde los escenarios, los telares, las taquillas, los despachos de producción, gestión o distribución,  las furgonetas y camiones, desde las escuelas y facultades, el pensamiento o la investigación, desde la información o la opinión, hacen posible este arte tan etéreo y frágil son nuestros familiares, lejanos o cercanos, de sangre o políticos, por omisión o por adhesión.

A ellos les animamos a que tampoco se callen. A que denuncien a todos esos seres colocados en diversos lugares que no entienden ni de valores culturales ni de democracia, ni pueden imaginarse la existencia de unos individuos que aman su oficio, profesión o arte, y que están por encima de coyunturas, convenios, circunstancias, impuestos añadidos o presupuestos. Si nadie se calla, si escuchamos a los demás, y afinamos el coro, es muy posible que la ciudadanía, esos otros, los que llamamos públicos, que son por los que hacemos lo que hacemos, seguro que nos escucharán, nos atenderán, nos comprenderán y a la larga se sentirán de los nuestros.

Nunca serán todos. El todo, en todos los órdenes, solamente es para totalitarios. Están de acuerdo con nuestras ideas unos cuantos, disfrutan de nuestras creaciones unos pocos, a muchos les ofendemos por nuestra manera de pensar, obrar o expresar, por lo tanto, asumiendo esa realidad, desde la más absoluta humildad, solicitamos un respeto, al igual que respetamos a los demás.

Ahora es el momento en el que callar es otorgar, es consentir, es ponerse a favor de la destrucción no solamente de nuestro modus vivendi, sino de una idea de la vida, la sociedad, la democracia, en donde la Cultura forma parte esencial del bienestar general. Ni un paso atrás.