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Sáb, Sep

Y no es coña | Carlos Gil

Casi cada día nos llegan las ilusionantes noticias de aperturas de programaciones, de estrenos, de ferias y festivales que cambiando de formato dejan constancia de su existencia, se celebra de manera unánime el traslado de obras de teatro al audiovisual, lo virtual se come lo esencial, la necesidad y la esperanza a la realidad que, por mucho que intentemos acercarla a nuestros deseos, sigue siendo tozuda, con unos vaivenes que ponen a prueba los nervios de todos los gremios. 

 

Por eso, como ando en un sueño extendido en el tiempo, el de haber logrado estrenar una obra en Beja (Portugal), suspendida por el confinamiento de marzo, abriendo para la ocasión un teatro cerrado desde entonces, con un aforo reducido, pero que se completó, en una producción de Lendias d’Encantar que tuvo que suspender du Festival Iberoamericano de Teatro del Alentejo que se iniciaba el mismo día 14 de marzo que se cerró el mundo, comprendiendo que la constancia, incluso la tozudez es en ocasiones un valor que hace que sucedan las cosas que se pueden hacer si se superan los miedos y la incertidumbre no provoca calambres paralizadores.

El número de infectados sube en toda la península, mañana se toman medidas restrictivas de movilidad en Portugal y eso afecta al teatro y su desarrollo porque los presidentes de las cámaras municipales (alcaldes) que tiene la mayoría de los teatros de su propiedad como sucede en España, no están dispuestos en su mayoría a correr riesgos y como la ciudadanía no reclama programaciones teatrales, ni de danza ni musicales, mantener cerradas sus instalaciones garantiza que si se produce en su ciudad algún brote, no sea en dependencias municipales que les pueda causar algún deterioro en su carrera política. 

Cuento esta impresión contada por gente vinculada a los casos y vivida durante dos meses trabajando en Portugal por lo que puede tener de aplicable en el reino de España dado que los edificios teatrales son en un noventa por ciento propiedad municipal, además dentro de las competencias impropias ya que nada obliga a que existan o se programen, y que la reducción de aforo produce un coste añadido a la programación o en ocasiones la imposibilidad de realizarla, además de que el miedo al brote o el foco, les puede llevar a una prudencia, hasta excesiva. No sé si es el momento o no de que se haga el teatro con el aforo completo. Yo tendría un poco más de paciencia, porque si vamos poco a poco funcionando, dentro de lo posible reglamentado, quizás salvemos muchos muebles, pero si queremos correr demasiado y nos frenan, el choque puede ser muy grande. Me muestro conservador en estos momentos. Pero orgulloso de que se abran teatros y salas. Otra cosa es que las instituciones deben apoyar, económicamente, esta situación. 

Hemos sabido de varios casos de actrices, actores, técnicos afectados, directamente o por cercanía con el Covid-19. Es decir, convivimos con el miedo, las circunstancias que nos impiden mirar a mañana con cierta claridad. Un confinamiento de un miembro de un reparto es una convulsión. En ocasiones tiene una solución posible, pero en otras, aunque el confinado dé negativo, son varios días de cierre de actividades. Y debemos mantener la prudencia, y debemos atender con mucho cuidado a los públicos, no con soflamas propagandísticas, sino con mensajes que den seguridad, que den confianza, pero que debemos entender que el miedo es libre y que son muchos sectores de nuestra sociedad que están padeciendo una crisis económica que les ha hecho cambiar sus actividades vitales de toda índole.

Por eso digo que no me gustaría despertar de este sueño que estoy viviendo hasta conocer el final. Lo que sé es que ya estoy de nuevo frente a mis realidades, los problemas de solvencia en las dos entidades que dirijo, la editorial Artezblai y la Librería Yorick. La voluntad, la constancia, la obsesión no son suficientes. No se remonta. Se sobrevive sin cubrir los gastos. Parece un camino lento hacia el abismo. Por eso cuando los funcionarios públicos, con el sueldo asegurado de por vida, se ponen a protestar por una supuesta congelación de sus salarios, la indignación crece. Y llevado a nuestros asuntos de artes escénicas lo que crece es la ira. ¿Saben cuánto dolor está causando en un número grande de actores, actrices, dramaturgas, directores, escenógrafos, distribuidores, técnicos de todos los gremios, administrativos de grupos, compañías, salas o autónomos esta pandemia? Pues por favor, al menos cállense.