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Dom, Feb

Mirada de Zebra | Borja Ruiz

¿Recuerdan el sabor del plátano? ¿Del tomate? ¿Y de la naranja? No me refiero a esos productos que se asemejan en color y forma a esas frutas, y que habitualmente se compran en los supermercados o en la frutería del barrio; esos sucedáneos insípidos que no merecen paladar. Me refiero a plátanos, tomates y naranjas de verdad, aquellos que guardan un sabor y una textura inconfundible, y que no necesitan nada más para ser manjar. De vez en cuando, un familiar me trae una cesta con alimentos que sólo han tenido sol y agua para crecer y, créanme, eso que habitualmente se hace pasar por fruta no es fruta, o por lo menos, no es la deliciosa fruta de antaño, tan jugosa, tan pequeña, tan irregular en sus formas. Lo que sucede es que gracias a comer día tras día unos productos tan apetitosos para la vista como inapetentes para el gusto, uno cae en el engaño y catalogamos como sabroso y saludable algo que realmente no lo es. Por lo visto, tenemos un don especial para acabar tomando por bueno lo que es de dudosa calidad o simplemente malo, y ya no somos capaces de distinguir el sucedáneo del original. Que la fruta que se vende a granel sepa a miga de pan, es ya algo normal.

Esta asombrosa capacidad nuestra para acostumbrarnos a la inmundicia y considerarla un elemento consustancial del paisaje de cada día, no es algo meramente innato, tiene su propio método: la repetición. Aunque al principio perturbe un cambio a peor, basta con insistir lo suficiente, con exponer al personal durante el tiempo adecuado a la desmejora para que ésta se asuma sin rechistar. De la misma manera que se dice que una mentira repetida mil veces se convierte en verdad, las aberraciones mil veces vividas también se convierten en algo normal.

Y así, a fuerza de habituarnos a la cochambre, ya es normal que en un estado que se hace llamar democrático ya no gobierne el partido más votado, sino un gobierno tecnocrático impuesto por los mercados. También es normal que después de los atentados del 11-S el mundo siga su marcha habitual, cuando la versión oficial tantas veces escuchada que explica aquel genocidio es demostrablemente falsa. Normal es, asimismo, que a unas víctimas se les llame "víctimas de guerra" y a otras "víctimas de actos terroristas", asumiendo que la violencia es más o menos lícita según se ostente el poder o no. Como normal es que se ayude a los bancos en quiebra y se desahucie a familias enteras por la presión que esos mismos bancos ejercen. O que los curas, tan castos ellos, den lecciones sobre orientación sexual.

La normalidad nos acecha y se cuela por otros flancos. Normal es que la educación para la vida se haga en aulas apartadas totalmente de la vida y, claro, normal es que aprender resulte duro y aburrido, y hasta insoportable por momentos. En esta normalidad, por supuesto, la capacidad pedagógica de los profesores se evalúa en base a unas toneladas de papel llamadas currículo y no por sus capacidades cuerpo a cuerpo, mente a mente con el alumno. Porque parece normal que el que más sabe sea también el que mejor explica, cuando la realidad es más bien la inversa. Así las cosas, después de cinco años de carrera, lo más normal es que la preparación del futuro trabajador para afrontar un oficio sea más bien nula o escasa.

Y, por supuesto, en las Artes Escénicas también todo es normalidad. Normal es que el Tribunal Supremo anule los grados en la Enseñanzas Artísticas, dando a entender que el arte y la cultura no pueden alcanzar el nivel de estudio académico de un economista, un periodista o un arquitecto. En un alarde de coherencia con tal planteamiento, las condiciones fiscales de actores y artistas similares les obligarán a malvivir cuando se jubilen. No es todo. Se entiende como normal que los teatros estén hospedados por personas cuya relación con el teatro es más funcionarial que artística. Normal es también que la línea entre lo profesional y lo aficionado sea tan difusa, de manera que los profesionales, ante tanta dificultad para cumplir con tanto cometido legal, se ven obligados a trabajar en condiciones de aficionado y, porque las circunstancias rápidamente se dan la vuelta, no es extraño que los aficionados accedan al circuito profesional. Y, qué quieren les diga, ante tanta normalidad y dado que es creencia general que los artistas se dedican a un hobby y no a un oficio, y que por tanto no tienen por qué cobrar, esta última confusión también parece muy normal.

Y así, en esta aparente normalidad, nos precipitamos hacia algún incierto lugar. Quién sabe dónde.

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