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Vie, Sep

Y no es coña | Carlos Gil

Es evidente que los intolerantes son los que más reclaman tolerancia para sus intolerantes posturas. La libertad religiosa forma parte de los derechos fundamentales de los seres humanos. Por si acaso alguien se confunde: yo soy apóstata. Apostaté en el año 1972. Me bautizaron de recién nacido, hice la comunión como un rito infantil, tomé la confirmación con ocho años, pero cuando desperté a la vida, al teatro, a la política, comprendí que había sido todo algo externo a mí, cuando pude, fui y apostaté. Me salí de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana en la que me metieron sin consultar. No tengo ninguna animadversión contra los creyentes de cualquier religión, pero que no me obliguen a nada. Y que mis representantes políticos, en un Estado aconfesional como es el Reino de España, no hagan uso de su afiliación ni para poner banderas en los cuarteles a media asta, ni para celebrar misas de Estado. Y mucho menos ver a cuatro ministros de Rajoy en una procesión, nada menos que la malagueña de los legionarios, cantando el himno de la Legión, cuya estrofa más conocida dice, “soy el novio de la muerte”. 

Cuatro ministros cantando casi en blanco y negro franquista este nefasto himno y entre ellos, el titular de las carteras de Educación, Cultura y Deportes. ¿Cómo es posible estar al frente de ministerios de tanta proyección social, de tanta sensibilidad con los otros, como son Educación y Cultura pueda estar un fanático de la muerte? ¿Cómo es posible esperar nada positivo de un tipo con títulos nobiliarios, de familia castrense, que canta a voz en grito públicamente esa barbaridad intelectual? Un alto tribunal de justicia hace muy pocos días avaló una parte de la ley de educación del cafre anterior a este ministro en donde se aprobaba dar subvenciones a los colegios que segregan las clases por sexos. El actual, lo celebró.  

En las unidades de producción del INAEM hay una huelga para impedir la privatización del Teatro de La Zarzuela. La profesión, en general, sabe de estas movilizaciones, pero por desconocimiento, por haberse creado al menos dos mundos, el institucional y el independiente, no lo toman como algo propio. Parece que privatizar es lo normal, que como a mí no me van a llamar a trabajar en esos teatros, que hagan lo que quieran. Pero si se quiere tener una posibilidad remota de que la Cultura, que las Artes Escénicas en el futuro estén fuera de lo estrictamente mercantil y de entretenimiento alienante, que tenga un sentido democrático, habrá que convenir que es el Estado en todas sus formas y gestiones, quien debe procurar con sus inversiones la existencia de la actividad en las mejores condiciones. 

Por eso hay que posicionarse. Está mal el INAEM, aquí lo hemos escrito decenas o centenares de veces, pero si se desmantela sin una alternativa positiva, en unos años se acabó todo el entramado actual, se llegará a una lucha comercial a campo abierto, sin más reglas que las mercantiles, es decir, la perfecta fusión entre los novios de la muerte y del dinero. Yo me hago apóstata también de este sistema demencial.