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Mar, Nov

Sangrado semanal | Juana Lor

Recuerdo cuando preparé mi primera pieza en solitario relativo. Digo relativo, porque había un músico en escena, conmigo. Así que sola no estaba. Aunque, en realidad, creo que uno nunca está solo en escena. Siempre nos acompañan recuerdos, fantasmas, ancestros, el autor del texto, los personajes, las manos de quien pulió la escenografía y los ecos de las palabras pronunciadas en el espacio que habitamos para la función. Todo eso vibra con nosotros sobre las tablas, nos acompaña, o quizás, seamos en realidad nosotros quienes acompañamos con nuestra presencia a todas esas presencias que son, quienes llegan a tocar con sus dedos de niebla, la frente del espectador.

Hay un teatro que vibra al compás de tambores y cantos ancestrales unido al verso humano de Shakespeare. Cuerpos vivos que danzan saetas de viento, alegría pura en movimiento. ¿Cómo se hace? ¿Cómo se hace para conectar sin miedo? ¿Para mostrar el corazón de un pueblo? Entrenas, conoces, sueñas, alcanzas a rozar con la yema de los dedos...y sigues preguntándote ¿Cómo se hace para trasladar todo eso a un escenario abierto, frente a muchos ojos que miran, frente a muchos ojos que están mirando?

Teniéndolos presentes siempre, a los ojos que miran, en cada ensayo. Honrando al teatro en el silencio con alas que creamos antes de decir la primera palabra, de mover un solo dedo, de insuflar vida a la escena. Y contestando a un por qué. A nuestro por qué, que es personal e intransferible como huella dactilar. Aunque mute con los años...¡ahí está! Dice Eugenio Barba en ese tesoro que se llama Teatro Soledad Oficio y Revuelta que el teatro es un rito vacío que debemos rellenar con nuestros por qués.

Cuando se empieza en este mundo de la escena todo se intuye sin saber: nos lanzamos a explorar el mundo de una pregunta enorme, un enigma tan gigante que ni siquiera llegamos a intuir sus múltiples respuestas. Estas llegan con los años en forma de vivencias, que se asoman a la realidad consciente, encaramadas a la punta de algún ejercicio o escena potente. Lo inexplicable se vuelve entonces recorrible a base de principios que retornan. Lo intangible se vuelve carne y mundo, estableciendo un preciosísimo puente entre el espacio interior de cada uno y todo lo que puebla nuestro alrededor físico.

Una explicación del actor Yoshi Oida me atormenta (en el buen sentido de la palabra) desde hace días: dice que conseguía crear dentro de él un espacio grande, un gran vacío interior que es donde el espectador podía proyectar su imaginario. Estas palabras de Yoshi Oida son para mi un gran enigma, porque ni intuyo, ni huelo siquiera por dónde puede ir eso de crear un gran espacio vacío interior en escena, un espejo que pueda reflejar aquello que cada espectador pueda o quiera ver en él. Me topé aquí con un nuevo enigma, que intuyo, esconde la respuesta a otro de mis por qués. Caminaré el viaje con la respuesta al hombro, hasta que una nueva vivencia teatral me de la solución de forma inmediata, directa y sin palabras. Será el fruto de mucho escuchar en la dirección correcta, pero sucederá de repente y sin avisar. Y se convertirá, entonces, en una certeza intangible destilada más que insuflará nueva vida a mi gran por qué.