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Lun, May

Y no es coña | Carlos Gil

Ha empezado el nuevo curso político. Los cursos lectivos comienzan la semana que viene y en nuestro ámbito, se esperarán unas cuantas semanas para poner toda la maquinaria en marcha. Lo que denominamos temporada se está presentando, pero seguimos hablando de la situación económica, de la subida de impuestos, de la falta de respuestas institucionales suficientes, y de un frente cultural contra los recortes que debe ser mantenido, pero al que hay dotarle de contenido, no sea que todo se quede en una pancarta, dos eslóganes y una actitud contestataria contraproducente al no plantear alternativas.

Comprendiendo que es imposible abarcar todas las reformas a la vez, asumiendo que lo primero que hay que hacer es ver los efectos del desastre para empezar a su reconstrucción, la idea que se intenta transmitir es que no nos quedemos solamente en la superficie, no gastemos todas nuestras fuerzas en la protesta contra la subida del IVA, sino que guardemos la necesaria para emprender la remodelación del propio sistema que es el que se ha caído. Se ha caído el sistema institucional central, la quiebra del Estado español, lo que lleva consigo una especie de desamortización de las comunidades autónomas que era, para la inmensa mayoría de la clase media teatral, su fuente de financiación principal, y su lugar de exhibición por sus circuitos. Estoy hablando desde el plano político, no desde el plano cultural. Es un fallo político general el que nos está llevando por este torbellino de acciones económicas que no pretenden otra cosa que salvar los muebles del sistema bancario, no de los ciudadanos del Reino de España.

Porque es en el plano cultural donde la mala cimentación ha hecho que el edifico se desmorone con mayor facilidad, y en el de las Artes Escénicas se demuestra ahora que todas las propagandas de los vendeculturas, de los abanderados interesados de las industrias culturales han quedado en nada. Y es lo que algunos señalábamos porque no se estaba creando tejido social y cultural, porque se trabajaba con presupuestos simplemente economicistas, en donde crear publico era una retórica funcionalista y no un concepto profundo. Ahora pagamos esos delirios de unos cuantos iluminados, sin más pedigrí que su connivencia con los productores cabecera o con los gestores públicos más proclives a dejarse llevar por palabras huecas. Es ahí donde, además de frenar el ataque feroz del modelo neoliberal que se va a imponer, se debe actuar. Es ahora cuando son necesarios, además de buenos defensas, buenos organizadores del juego, del futuro, de tener un plan global para las próximas décadas. Falta ilusión, faltan objetivos, que no existen en al política en general, pero que en el cultural son demasiados oportunistas y sin análisis alguno.

Todo ello me lleva a pensar que los de siempre, esos individuos, predicadores del mercado como solución, apologetas de la cultura vertical, como seguirán dando lecciones magistrales, seguirán colocando cursos y cursillos a precio de mercado, tiene un gran futuro. Nuevos cursos para gestores de red, en donde les enseñen a cómo despedir al personal, cómo hacer programaciones sin que cueste dinero al erario municipal, cómo hacer ver que hacen algo para que se les mantenga el puesto. Para la compañías y grupos, cómo convencer a los actores a que actúen a precios por debajo del convenio, sin seguridad social, las nuevas formas para saltarse ivas y otros impuestos. Eso es lo único que pueden plantear. Y es bastante crudo pero estamos en una situación desesperada.

Pero lo que necesita este sector es mirar hacia el futuro con seriedad, con una concepción adecuada a los tiempos, pero con fundamentos ideológicos básicos muy profundos, para que se entienda de que se trata de un valor intangible, de una actividad necesaria para el progreso de los individuos y de la sociedad y que debe escapar de la dictadura del mercado por pura supervivencia. Para que ningún funcionario de Hacienda considere al teatro una simple actividad de ocio, como ahora nos está sucediendo. Yo propongo un juego de autocrítica, un poco suicida: miren las carteleras, piensen un rato, y después díganme si ese funcionario no tiene un poco, un poquito de razón.