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Mar, Mar

Y no es coña | Carlos Gil

Una año más, el paseo por la Alameda santiagueña, el repaso por algunos de los cientos de montajes que se ofrecen en el macro festival Santiago a Mil, nos devuelve el pulso determinante pues nos encontramos con montajes que continúan repasando el pinochetismo, que plantean preguntas, dudas, aseveraciones, que se posicionan de una manera clara y evidente. Quizás se podría entender que falta un teatro que represente a los que justificaron, potenciaron, auparon, contribuyeron, colaboraron y eran, y muchos son, pinochetistas sin mala conciencia. Ese teatro quizás sea el que no dice nada sobre lo que fue el terror de la dictadura, el que mira a otro lado, el que calla.

Y un año más, ante esta realidad escénica, surge la misma pregunta ¿por qué el teatro español no ha sido beligerante con el franquismo? Podríamos hablar de todas las artes, y de la cultura en general, y cada vez que se plantea esta pregunta entre los desplazados a Chile, o en otros foros, intentamos hacer un listado de las obras que directamente se involucraron, que se posicionaron, que dijeron la verdad sobre alguna de las múltiples barbaridades que sucedieron en esos cuarenta años de oscuridad, violencia estatal, tortura y hurto de las libertades generales. Y nos sale muy corta. Y muy periférica. Y con asuntos muy aislados. Y con mucho miedo.

Recuerdo ahora mismo un detalle ilustrativo, en un Festival de las Artes de Calle de Valladolid, se estrenó una obra de danza de una compañía andaluza, en donde se denunciaba la violencia política, y se sobreponían unas imágenes de las atrocidades nazis. Unos invitados europeos, plantearon claramente una buena reflexión, ¿para que irse a lo Hitler si tenían los españoles lo de Franco, con tantas muertes, violencias, campos de concentración y fusilamientos como para ilustrar esa obra? Es una pregunta capital.

Y es verdad, aquí se ha denunciado la barbarie nazi de una manera o de otra, pero jamás la barbarie franquista. Y eso debe ser fruto de la maldita, falsa y traicionera transición que sirvió para anestesiar a la población, para validar a los franquistas que se volvieron "demócratas de toda la vida", y que nos lleva a este neo-franquismo que estamos viviendo en las filas de los azules, de los nacionales, de los ganadores de aquella guerra asquerosa ahora revividos y con ansias de venganza y de recuperar sus privilegios.

Uno mira espectáculos como lo de Lola Arias, "El año en que nací", tanto en su versión original argentina, o en la chilena, y parece imposible que se pueda hacer algo similar aquí. Entre otras cosas por la distancia, por los años trascurridos. Pero qué bueno sería hacer un teatro depurativo, sanador, que todas las partes pudieran explicar sus posturas, que se reconociese el daño causado por los franquistas, que se salve la memoria de los republicanos asesinados, exiliados, que era los legítimos, y no los insurgentes, con ese criminal tan aplaudido llamado Franco al frente.

Nunca es tarde. Seguramente muchos que me lean pensarán que es un aburrimiento, que no le interesa a nadie, que es agua pasada. Y yo quisiera significar que no, que es necesario recordar la historia reciente, esos años de destrucción, de aniquilación de republicanos, comunistas, anarquistas y socialistas, convertidos en un concepto: los rojos. Los aniquilaron, es decir, los asesinaron, para que no existiera memoria. Y a la poca que queda le están echando más tierra encima. Por eso, habría que declarar un objetivo, un género, una necesidad hacer un teatro sobre estos asuntos. Libre, formalmente adecuado, de teatro-documento del siglo XXI o de teatro de creación. Creo que los jóvenes se lo merecen, para que no se confundan con los orígenes de las grandes fortunas actuales, para que sepan quién fue su abuelo, combatiera en un bando u otro. Esos silencios familiares han capado la inteligencia emocional de muchos de nuestros conciudadanos. Quitémonos el miedo de una puñetera vez.

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