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Mar, Nov

Sangrado semanal | Juana Lor

 

Hace una semana, en la Sala La Fundición de Bilbao, dieron permiso para copiar. En el marco de este proyecto, los espectadores pudieron ver una obra original y, 7 días después, volver a acercarse a esta emblemática sala bilbaína para ser testigos de la copia que un grupo de artistas, reunidos para la ocasión y con permiso expreso para ello, habían hecho de aquella primera propuesta original.

En este mundo en que vivimos, el hecho de que alguien no anime únicamente a copiar, sino que dote de dignidad el hecho de hacerlo, llama la atención. Y más aún en el mundo del arte, donde todos luchan por la originalidad y el lenguaje propio, por diferenciarse del resto y dar la campanada. Donde los conceptos de marca, sello e identidad están a la orden del día y donde impera la ley del silencio por miedo a ser copiado, robado o expropiado. De ahí, los proyectos a puerta cerrada, bajo labios susurrantes. ¿En qué andas ahora? No, no te comento, no vaya a ser que no salga...

Y yo me pregunto: Pero, ¿qué miedo hay si, en realidad, lo que es irrepetible es irrepetible? ¿Verdad?

Walter Benjamin habló de aura para describir ese "algo" que emana de las obras de arte originales y que conmueve al espectador en sus profundidades. Y también habló de la pérdida del aura en la obra de arte. Lo hizo durante los años 30 del siglo XX, cuando empezaron a existir con fuerza las primeras técnicas de reproducción masiva del arte.

Para Benjamin, el concepto de aura es una experiencia estética que el espectador tiene cuando se está en contacto o frente a la obra original. El espectador se ve confrontado a una vivencia de lejanía, que confiere a la obra un carácter inaccesible. Para Benjamin, la reproducción técnica de la obra de arte, elimina tal característica, acercando la obra al espectador, de forma que ésta pierde su carácter de "inalcanzable lejanía".

De una maravillosa "inalcanzable lejanía" eran, también, las croquetas de mi abuela. Aquello no tenía parangón con nada que nadie hubiera comida nunca. Y eran únicas. Ahora yo, incluso teniendo la receta de su puño y letra en una irrepetible cuartilla amarilleada por el tiempo y con alguna que otra mancha mate de café, intento "fusilar" sus croquetas sin resultado positivo. ¿Por qué?

Yoshi Oida, el actor, me daría una explicación bien sencilla a esta pregunta. Me diría que las croquetas que yo hago no tienen el ki de mi abuela. "En japonés, el ki hace referencia a una energía sutil que ni se ve ni se toca y que está dentro de los cinco sentidos. Se trata de algo que se oculta detrás de la realidad material. Si abrimos la rama de un árbol no veremos el capullo de la flor. Pero en ese árbol hay una fuerza o energía vital invisible que produce una flor." Ese es el ki.

Por lo tanto, me vuelvo a preguntar yo: ¿Qué miedo hay, en el arte, de que alguien pueda copiarte o robarte el know-how artístico? Nunca podrán llevarse el ki. Refiriéndose a las copias, Benjamin dice también: "Incluso en la reproducción mejor acabada falta algo: el aquí y el ahora. Su existencia irrepetible en el lugar en que se encuentra."

Si pensamos en un cuadro o una escultura lo que dice Benjamin es obvio. Pero en el caso de las artes escénicas la situación en algo distinta, porque éstas llevan el aquí y ahora tatuado en su piel. Es una característica intrínseca al hecho escénico el que las cosas ocurran aquí y ahora. En el escenario, éstas se presentan directas y descarnadas, es decir: ocurren en el momento frente a unos espectadores de carne y hueso.

Y, sin embargo, las artes escénicas también acuñan la otra cara de la moneda: la reproducibilidad, es decir: la obra de teatro se repite, en principio, tantas veces como la coyuntura, teatros, críticos, salas, políticos, espectadores y motivación de los propios actores permita. Y, en este sentido de la reproducibilidad, la obra de teatro también corre el riesgo de perder su aura en el momento en el que los actores empiezan a reproducir técnica o mecánicamente lo creado. Así, pueden acabar convirtiéndose en una mala copia de sí mismos.

Como el teatro ya tiene una parte ganada en cuanto a su característica de presente continuo, por suceder siempre Aquí y Ahora, lo único que deberemos tratar de mantener vivo cada noche para que la obra no pierda su aura será el ki. En cuanto a mí, la próxima vez que haga croquetas, me concentraré en mi ki, aunque aún siga mirando de reojo el papel con las instrucciones de la gran maestra de vez en cuando...