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Vie, Nov

Sud Aca Opina | Patricio Sancha

¿Quién, alguna vez en su vida, no ha recurrido al aislamiento como una alternativa de escape a una situación incómoda o conflictiva? El que esté libre de pecado que tire la primera piedra. De no existir hipocresía de por medio, seguramente nada se quebraría porque las piedras permanecerían en su lugar.

 

Obviamente, esta alternativa de escape no se debe adoptar siempre como una solución, porque nada se solucionará, pero muchas veces se llega a un punto donde es mejor apartarse para sopesar alternativas, que obstinarse en razonar con la sinrazón. Respirar hondo para oxigenarse y no seguir en un ambiente toxico sin futuro auspicioso.

Cerrar los ojos, imaginar paisajes de paz, un poco de agua fluyendo, contar hasta diez y luego retomar.

Si cierro los ojos por más tiempo del adecuado me pueden robar, si respiro profundo me intoxico con el aire contaminado de mi ciudad, no tengo tiempo que desperdiciar contando hasta diez y por lo demás ¿retomar qué?

El único aislamiento efectivo es cuando se está en cuarentena y generalmente en esos casos es el mundo quien quiere aislarnos para evitar contagiarse de nuestro mal.

¿A quién quiero engañar?

Al estar en decadencia los referentes, no van quedando conductas positivas a imitar y nuestra única salida aparente, es creer en nosotros mismos, por muy equivocados que estemos, es preferible equivocarse siguiendo nuestro pensamiento que hacerlo siguiendo comportamientos ajenos repetitivamente errados.

Ya que la responsabilidad siempre es personal, que así sea, sin tener la falsa opción supuestamente liberadora de culpar a otros.

Aparejado al ostracismo está el egoísmo capaz de desconocer sin miramientos al prójimo. El bienestar personal, si es que así se puede llamar al estado prácticamente de hibernación incluso en verano, en que se encuentran muchos de nuestros contemporáneos, es el motor de esta sociedad hija ilegítima de la tecnología.

Las antiguas ostras, esas naturales de borde verde, pequeñas pero exquisitas más allá de toda descripción, están siendo reemplazadas por ostras japonesas, grandes, con mucha carne, y por supuesto desabridas.

Nuestro ostracismo ni siquiera es original o endémico, nos está siendo introducido por todos los medios posibles, bajo la premisa milenaria del dividir para gobernar, por lo demás, comprobadamente eficaz.

Antes los de fe, iban a la iglesia para confesar sus pecados al cura, aunque realmente lo que querían era ser escuchados. Los no creyentes, después de unas copas, se confesaban con sus amigos. Hoy, en el mundo materialista que nos toca vivir, los psicólogos viven de la necesidad de muchos de ser escuchados sin ser juzgados.

La fe es necesaria, los amigos también.

La relación de tú a tú se está perdiendo, exterminada por los medios digitales.

Las pantallas jamás podrán reemplazar el brillo en los ojos de un interlocutor, ni transmitir emociones como una voz quebrada.

Los emoticones reemplazan a las palabras, aunque todavía no se haya inventado uno capaz de transmitir la emoción de un silencio en el momento adecuado.

Volvamos a comer esas pequeñas ostras que aún existen en lugares aislados, bebiendo una copa de vino blanco, en compañía de alguien a quien conocer, porque, aunque estemos con una pareja durante décadas, jamás terminaremos de conocerla completamente.