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08
Dom, Dic

Y no es coña | Carlos Gil

Me descubro revisando cada día los diez síntomas de dieciocho enfermedades que por edad y condición sexual puedo estar cercano. Este es el síntoma. El gran síntoma, dejarse llevar por todos los agoreros, proyectistas de sintomatologías confusas que hace que una gran parte de la sociedad vivamos extenuados pensando que ese disfrute circunstancial nos va mal para algo que no sabemos si tendremos o ya tenemos. Y todos estos cuadros clínicos se me concentran cuando voy a ver teatro. Y lo hago, entre cinco y nueve veces a la semana. No tengo salvación.

 

Insisto. Mi ejercicio mental en positivo para no acabar en el agujero negro de la desmemoria y la incapacidad de análisis es no leer los programas de mano. En mis vidas anteriores cuando no era un ex excrítico, sobre todo al principio de adquirir la responsabilidad de enjuiciar públicamente el trabajo de los demás, era capaz de leerme hasta las declaraciones de los creadores, alguna crítica si la hubiese y si era una obra editada, podía leérmela antes de acudir a verla. Craso error. Iba sobrecargado de información, me había hecho una composición de lugar en ocasiones cerrada, por lo que me pasaba todo el espectáculo en una contradicción pura, dando por supuesto aspectos que no sucedían y rechazando mentalmente otros que eran obvios, pero estaban en desacuerdo con mi imaginaria puesta en escena. 

Conforme fueron disminuyendo mis inseguridades, cuando ya empezaba a estar ajeno a las consecuencias de ejercer esa función crítica, tras varios años, intenté ir a disfrutar a los teatros. Es decir, ir sin consultar nada previamente, incluso y como sucede muchas veces, aunque hubiera hecho la información de este espectáculo en el periódico que escribía o en la revista que dirijo. Olvidarse, ir lo más neutro posible. Es un ejercicio que encuentro sano, porque me quito las supuestas fobias y me libero de los condicionantes actuales de propaganda infinita, de esas campañas globalizadoras sobre obras, autoras o directores que crean una auténtica burbuja.

Lo intento mantener. Lo mantengo. Acaso a la salida, miro si me ha interesado alguna actriz o actor que no he reconocido, pero quiero que sea el escenario el que me hable, el que me cuente, que sean mis recursos propios, mi capacidad de entendimiento, mi sensibilidad, mi postura ante el mundo y sus habitantes quienes entren directamente en relación con la obra presenciada. Cuando logro esto, disfruto. Me siento un niño con ilusiones teatrales nuevas. Cuando por mis resentimientos ancestrales, mis prejuicios o por estar en otra dimensión no logro esa comunión, es cuando empiezo a contar focos, a ver los elementos en escena que todavía no se han utilizado y a confundir el sí con el no. Es decir, es cuando me creo una idea que al analizar no es favorable a lo presenciado. Y ahí, me encuentro con el muro de los palmeros. Los que suben a la palma a buscar el asentimiento de los dioses, de los poderosos, los que hacen de la opinión una sumisión, una alabanza fuera de cualquier actitud científica, emocional o crítica. Van al compás que les marcan.

Admito que puedo estar absolutamente confundido. Que escribo siempre desde el recelo, desde la distancia del bebedor de sidra, porque para algunos que miren desde fuera me pueden calificar también de palmero, porque yo he escrito más piezas laudatorias que negadoras. Cuando algo me parece bueno, que me ha llegado y que establece ese puente de consistencia intelectual, emocional y literaria que sabes que te ha cambiado algo profundamente, no me ahorro adjetivos. Yo admiro a los que admiro. Y respeto a todos los demás. Y mi respeto es tratarles con igualdad de criterios, sin paternalismos ni sobrevaloraciones.

Además, los que ya no miramos las convocatorias de subvenciones o de cargos públicos, los que sabemos que no le debemos nada a nadie ni nadie nos debe nada, buscamos la paz de los vivos, es decir, poder tener amistades, incluso amores y saber establecer con ellos una relación profesional que no se base en las medias palabras, los silencios o las mentiras piadosas. Esto de las artes escénicas es más serio de lo que a veces los propios profesionales se lo toman. 

Y no digo más porque tengo que revisar los diez síntomas de la egolatría sobrevenida y el tutorial de cómo aplaudir con las orejas.