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Jue, Oct

Sangrado semanal | Juana Lor

Mi amigo tuvo un sueño. Absorbido por un agujero de gusano se vio plantado en la primera fila de un teatro Kabuki. Todo maravilla. Público a rebosar, sin mascarilla. Frente a él, el horizonte escénico japonés despejado de cabezas que librar para poder ver. Expectación. Salen dos samuráis. Comienzan una partitura física de movimientos. Es extraordinaria. Las espadas van y vienen en una danza precisa, brillante, fluye la lucha entre cuerpos y el metal. De pronto, una espada cercena el cuello ancho, palpitante, del partenaire. Sangre por todas partes, empapa la cara y el pecho de nuestro espectador de la primera fila. Una carnicería imparable se extiende y contagia a partes iguales: los dos samuráis arriba, el público abajo. 

 

Tajos, rojo-muerte, sangría, coágulos. ¿Puede la realidad convertirse en pesadilla? ¿Puede el sueño inducido ser tan real? En otro plano de la existencia, en esos momentos, mi amigo está intubado, boca-abajo, en la unidad de cuidados intensivos de infecciosos por coronavirus. Me cuenta que libra batalla tras batalla, sin poder salir. Fueron 5 semanas en el mundo de los vivos. Fueron miles de sangrías en un laberinto eterno, con una puerta de entrada: el teatro.

Que la realidad dio un vuelco inesperado hace un año, adquiriendo tintes de pesadilla, es ya historia manida. Asistimos asombrados, en primera fila, a un parón “siglórico”, que no histórico. Vimos desmoronarse ante nuestras narices, aún destapadas, la cabeza de las libertades cívicas logradas con tanto esfuerzo por nuestros compadres y comadres del pasado. Gaia nos castigaba. ¿O se había escapado de alguna fortaleza aséptica una entidad medio viva-medio muerta? ¿La habían liberado a propósito? ¿Era verdad? ¿Era mentira? Miedo. Reducto. Mundo chiquito, de vuelta a la cueva. Solo ver sombras. Y la tele. Y las muertes. Y las colas. Y el silencio. -Parece ser que no afecta a los niños-. Y la música en un patio de vecinos a lomos de un saxofón en la tarde. El asombro, la angustia, la espera. La conexión después por pantalla. Lecturas de textos por Zoom para cuando esto cambie y se abra. Gestando proyectos, dando clases online. Teatro, teatro, teatro. Como sea. Cuando sea. En chándal, en zapatillas, engominados de cintura para arriba. 

Que el teatro perviviera en este reducto de la Vieja Europa tras los tres meses duros de confinamiento es propio de cómic de galos contra romanos. Centrifugo el cerebro para pensar en otro colectivo, además de los actores y actrices, que curren sin mascarilla y sin distancia de seguridad. ¿Futbolistas quizás? ¿Deportistas de equipo? Suena coherente. Centrifugo más para encontrar otro colectivo profesional, además de los actores y actrices, que se hablen sin mascarilla y sin distancia de seguridad para poder realizar su curro. Alguien más que viva por la palabra dada, ofrecida sin tapujos a través del aire, frente a otra boca destapada que la reciba, en estos tiempos que corren. El aire, el aliento, el vehículo en el que viaja el bicho. Al otro lado del espejo, en las butacas separadas, como islotes o peñascos congelados, los espectadores. Tapados hasta las orejas, solo les vemos los ojitos desde el escenario. Se les siente menos, pero están ahí. Mucho contagio vírico, pero menos contagio de risas, de llantos y lamentos ante las historias que les seguimos contando en vivo y en directo. 

Los aplausos son preciosos y preciados. Emanan más calor del acostumbrado. Es un pequeño milagro obrado en los teatros de guardia. Un poco de normalidad en este mundo enmascarado. ¡Cómo es el teatro! El arte de la máscara por antonomasia se desprende de ella en estos tiempos, porque ya fijó su imperio en el patio de butacas y en la vida. Dentro de un tiempo, cuando las caras luzcan frescas y nuevas al solete o bajo la lluvia, el teatro empezará a hacer uso de las máscaras quirúrgicas que pueblan ahora nuestra realidad para sumergirnos en el sueño del espejo y contarnos lo que pasó. Para poder vernos entonces. Sublimará la mascarilla a base de contrastes y dimensiones, de composición y poesía. Mientras tanto, dejemos que el teatro siga recordándonos lo que fuimos y lo que seremos: rostros a cara descubierta, como la de mi amigo espectador de samuráis, que ya respira luz por todos sus poros y se maravilla, ante el placer de poder beber, sin mascarilla, un vaso de agua bien fresquita.