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Lun, May

negro & negro | Norka Chiapusso

Según el Diccionario de la lengua española la palabra ‘producción’ viene del latín productio,-ònis y presenta únicamente cuatro escuetas acepcciones, a saber:

1. f. Acción de producir.

2. f. Cosa producida.

3. f. Acto o modo de producirse.

4. f. Suma de los productos del suelo o de la industria.

 

Para ser tan escueto, vaya lío se suele montar cuando hablamos de producción. Aquí se abre un gran abanico de posibilidades y de matices cuando pronunciamos la palabra mágica, la palabra ‘producción’. Se puede entender como cualquier actividad destinada a la fabricación y elaboración de bienes. Se puede hablar de la optimización de los procesos de producción para ser más eficientes en los costes, o en los tiempos de elaboración. Siempre refiriéndonos a sistemas de producción industrial, en este contexto.

Lo que ocurre es que la ‘producción’ que nos interesa es la ‘producción artística’, es decir, toda manifestación, representación u objeto elaborado para que cumpla un objetivo a nivel estético o social... podría llegar a considerarse “obra de arte” en alguno de los casos, no sistemáticamente en todos ellos. En lo referente a las artes escénicas, ámbito que nos interesa, un productor teatral es la persona responsable de todos los aspectos de una producción teatral. El productor contrata al director, después coordina y se responsabiliza directamente del desarrollo de la producción (función que podría ser delegada en el productor ejecutivo) y sobre todo, se responsabiliza de los aspectos financieros para montar el espectáculo. El productor se responsabilizará de la obtención de los fondos para la producción bien a través de su propia empresa o entidad, o bien buscando financiación en otras instancias, o ambas cosas a la vez. Por lo tanto, el productor supervisará los contratos, los costes, el precio de las entradas, la imagen del espectáculo y los mensajes publicitarios. Por lo tanto, este aspecto económico es inherente al papel del productor y le obliga a controlar todo el proceso creativo con distintos objetivos dependiendo dónde se sitúe cada cual. Un productor privado buscará una rentabilidad económica, y un productor público, en cambio, buscará la viabilidad económica para que el producto sea fácilmente representable en cualquier lugar. Cuando la labor de producción se realiza en equipo o por un grupo de profesionales, cada uno de ellos será coproductor, y obligatoriamente alguien asumirá o alguien será contratado como ‘productor ejecutivo’.

Desde el punto de vista público el objetivo de los programas de producción o coproducción es crear una red informal de interés desde la responsabilidad de lo público con el Arte y con el ciudadano. De la misma manera, lo privado tiene necesidad de poder crear en mejores condiciones, con mejores expectativas sin dejar ‘la vida’ en cada proyecto. La (co)-producción es una herramienta que complementa, fortalece y refuerza esta labor interviniendo en la creación del espectáculo generando financiación sobre proyecto, antes de ser puestos en escena. Se impulsa al sector, se mitigan un tanto los riesgos que asumen los artistas, se colabora en la sostenibilidad de los creadores, se facilitan procesos más tranquilos, más protegidos y más ambiciosos para obtener un resultado mejor.

Pero que no nos confundan las palabras. Comprar un producto elaborado bien sea un espectáculo, un taller, una conferencia o cualquier expresión cultural no nos convierte en coproductores. Contratar funciones antes de que nazca el espectáculo tampoco nos convierte en productores. Ni siquiera adelantar ese dinero antes de la representación: se podrá considerar como una colaboración pero no una producción. Dar un dinero a fondo perdido sin implicación en el proceso creativo está más cerca de la subvención que de la producción. Por lo tanto, la producción exige un compromiso artístico y económico previo a la creación del producto cultural y artístico; y debería asegurar un retorno en la misma medida en función de la dimensión de la apuesta y en la misma medida y proporción de la intencionalidad más o menos cultural o mercantil.