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Mar, Nov

Sangrado semanal | Juana Lor

Imagínese que va andando tranquilamente por la calle. Lo va haciendo con su forma de andar natural y con el ritmo de respiración que le caracteriza cuando sus pies se desplazan uno detrás del otro. Quizás no se hayan fijado nunca, pero puede que el canto externo de su pie derecho apoye más en el suelo de lo que lo hace el izquierdo. Quizás, al andar, levante usted los pies un poco menos de lo que sería justo, de acuerdo con sus proporciones, y tienda, por tanto, a arrastrar ligeramente su caminar. Quizás, levanta usted una rodilla un pelín más que la otra o presenta un leve bamboleo de caderas que es, por así decirlo, más musical de lo que mandan los cánones, al menos, de esta sociedad. En los caminares de esta vida podemos encontrar hombros ligeramente caídos hacia delante, pechos esbeltos, mentones que miran hacia arriba o cejas fruncidas.

Imagínense ahora que alguien de carne y hueso se convierte en su sombra. Y que ese alguien va adquiriendo, paso a paso, su misma cadencia a la hora de moverse por el espacio. Es decir, la sombra adopta el grado de presión exacta que ejercen sus pies contra el suelo a la hora de caminar y también tiene en cuenta el alineamiento de los pies en relación con las caderas. Respecto a este último punto, puede que la siguiente pregunta nos sirva de ejemplo aclaratorio: ¿Tiendo más a andar como Charlot o tengo unos pies más bien tímidos con querencia a esconder la cabeza hacia dentro a la menor ocasión?

La sombra se hace también todas esas preguntas y comienza a darles respuesta en su propio cuerpo. Así, comienza a andar como nosotros, adoptando también el ritmo de nuestra respiración, poniendo atención en el movimiento que hacen nuestros brazos al caminar y en la posición exacta de los dedos de nuestras manos. Para ello, se preguntará: ¿Camina la persona que tengo delante con las manos abiertas o cerradas? Cuando anda, ¿están sus muñecas relajadas o forman sus manos y antebrazos un bloque sólido e inarticulado? La sombra también se fijará en cómo tenemos posicionada la cabeza con respecto al resto del cuerpo. ¿Tendemos quizás más a caminar con la cabeza asomando hacia delante o somos más de los que andamos por la vida con la barbilla mirando al pecho?

Estos son solo algunos de los ejemplos de la infinidad de matices y diferencias, aparentemente sutiles, que se esconden en cada caminar. ¿Y después qué?, se preguntarán. Pues sigamos con nuestro experimento. Imagínense ahora que la sombra ha adoptado verdaderamente la esencia de nuestro caminar y que va detrás de nosotros, pegadita a nuestras suelas. Llegados a este punto conviene recordar que la sombra no es una silueta negra pegada a una superficie, sino alguien tridimensional de carne y hueso.

Visualicen el asunto: ustedes y una persona que se ha convertido en su sombra van caminando prácticamente pegados, uno detrás del otro, con un mismo ritmo, misma respiración, mismos apoyos, misma cadencia y mismo dibujo de brazos en el aire. Y, entonces, en un momento dado, ustedes, que van los primeros, hacen un giro brusco y se salen de la trayectoria que dibujaban sus propios pasos para pasar a observar, con una cierta distancia, a su propia sombra caminado sola. Para poder observar, sin estar inmiscuidos en él, a su propio caminar, es decir, la forma y modo en el que se mueven por esta vida. Porque los andares hablan y solo hay que aprender a escucharlos. Así, unos hombros ligeramente caídos hacia delante susurran una tristeza ligera, los pechos esbeltos proclaman orgullo, los mentones que miran hacia arriba sugieren prepotencia y unas cejas fruncidas una alta actividad en la corteza prefrontal que podemos traducir sencillamente como preocupación.

Gracias a esta amable sombra que ha consentido en robarles la identidad por unos instantes puedan ustedes mirarse a sí mismos con cierto distanciamiento. Y, ahora que están observándose a sí mismos, quizás se sientan sorprendidos por lo que ven o quizás se reconozcan en aquello que su sombra les muestra. El rango de grados de aceptación o rechazo frente a lo que realmente proyectamos varía tanto, como cantidad de personas hay en este mundo. Pero sigamos con lo que nos ocupa porque aún hay más:

Imagínense ahora que la sombra comienza a agrandar, primero ligeramente y luego con absoluta exageración, las particularidades de nuestro andar: el pie que apoyaba ligeramente más en el canto externo, lo hace ahora con determinación, los brazos que acompañaban al caminar, estando medianamente rígidos, empiezan a apuntar maneras de flecha, el mentón que miraba ligeramente hacia arriba, comienza a escalar posiciones sin remisión. Y así, nuestra sombra pasa a convertirse en nuestra propia caricatura, y nosotros, desde la distancia, empezamos a dejar de reconocernos exclusivamente a nosotros mismos, para empezar a vislumbrar un personaje, un arquetipo. Al ser agrandado e incluso exagerado, nuestro andar individual adquiere tintes universales de los que suele aflorar un personaje con diáfana claridad: Ahí aparece una lolita, por allá vemos un dictador cargado de galones, por acá un soñador empedernido que no pisa suelo, por aquí un chulo de playa, un lord inglés, el caballero de la triste figura, la vieja bruja, un trasgo, el viejo lobo de mar...

Los personajes de los cuentos, las figuras de los mitos y los distintos arquetipos que pueblan nuestro inconsciente colectivo y la literatura universal no están tan lejos de nosotros mismos como queremos creer. Sólo hace falta aprender a observar, para descubrirlos, incluso, en el propio caminar.