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08
Dom, Dic

Mirada de Zebra | Borja Ruiz

Un texto en boca de un actor no es texto. No son palabras ordenadas por una gramática lingüística, palabras a las que les preocupe ser sujeto, verbo o predicado. Desligadas del papel que las acogió en algún momento, aguardan silenciosas en algún lugar bajo la piel del actor. Palabras latentes a la espera de una voz que las alumbre desde allí donde no se distingue el pensamiento de la emoción, el cuerpo del alma, los significados de sus formas, allí donde brotaron las entrañas, un lugar tan concreto en vida como confuso si se trata de explicar.

Las palabras en boca de un actor no son pues palabras solas. Vienen siempre acompañadas por algo que les insufla un sentido más allá de su significado. Son palabras-pensamiento, palabras-emoción, palabras-pálpito, palabras-acción, palabras que acarician, que golpean, que rasgan, penetran, rodean, acechan, palabras que se abalanzan como un batallón de sentidos, que vibran cuando hallan un nuevo matiz, palabras que perfilan el espacio de aquello que no tiene palabra. Son palabras-metáfora, que incluso sin quererlo se emancipan del significado comúnmente aceptado, palabras que suenan a nuevas a pesar de tener siempre las mismas letras. Palabras-contra metáfora, palabras que reflejan un significado hacia adentro, al llevarse consigo el eco del cuerpo de la boca que las proyecta. Ese eco que es nuestra huella dactilar sonora.

Hablar en boca de un actor no es pues hablar por hablar; no es un hablar que se desparrame sin sentido. El actor al hablar esculpe un itinerario que incluye destino; alguna parte de él es plenamente consciente del efecto que puede producir en quien escucha, pues siempre hay otro dispuesto a recibir lo que quiere decir; ese otro, actor, personaje o espectador, que es una pequeña muestra significativa del mundo entero. Alguna parte de él siempre olvida que las palabras tienden a fracasar como vehículo comunicativo. Alguna parte de él sabe que el hablar no empieza en la boca de uno para acabar en la oreja de otro. Antes de salir, ese hablar ha recorrido su interior, ha puesto a vibrar sus órganos, su piel, su cuerpo entero; la oreja del receptor es solo un pasadizo necesario, el punto de llegada está más adentro, en algún recoveco profundo de quien abre sus poros para escuchar.

Es a posteriori cuando podemos diseccionar la experiencia de la voz, de la palabra, del habla. Cuando forma parte de un acto vivo, artístico, dicha experiencia es un todo, una obra orgánica que funciona precisamente porque en ese instante es indivisible; es una comunicación simple, de una simpleza pura, sin florituras innecesarias y, por tanto, compleja de alcanzar. La reconocemos porque es capaz de transportarnos saltándose todos los peajes racionales. Nos envuelve para cambiarnos. Imprime su huella. Cuando nos deja, algo en nosotros se ha alterado. Su vibración tiene secuelas. Hace temblar el piso que sostiene las emociones. Tiembla también el castillo de naipes que hemos construido con nuestras convicciones. Nos reafirma donde no lo esperamos y pone en duda nuestras creencias mas sólidas. Somos presa fácil cuando la palabra viene dada por un impulso certero que abarca por completo al actor. Cuando todo él es su voz y su palabra.

Quizás por todo esto, desde hace algún tiempo me resisto a ver películas dobladas. Mi cerebro ha dejado de creer en esa superposición artificial de voces sobre los personajes. Aunque el doblaje esté hecho con minuciosidad y oficio, acabo viendo dos personas en el cuerpo del personaje, la del actor y la del doblador. Veo doble cuando debería ver uno. Doble intención, dobles impulsos, doble discurso. Lo que debería ser un todo queda irremediablemente fraccionado. Mi cerebro ya no es capaz de unir las piezas del puzzle. La paradoja de ser otro siendo uno mismo, que a veces está al alcance el actor, me parece imposible para el doblador.

Dentro del contexto escénico, en el deseo de incorporar las palabras o el canto de otros hasta hacerlo no solo propio, sino orgánico y artísticamente relevante, reside quizá otra de las paradojas del oficio de la actuación. En esa paradoja aún creo. Cuando trabajo y cuando escucho.