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Mié, Oct

Foro fugaz | Enrique Atonal

Lo tengo que reconocer aunque me duela el alma, el fervor deportivo me causa desazón especialmente cuando lo comparo con el poco público del teatro. Ya sé que es difícil comparar lo incomparable, sin embargo como eventos que ocurren en espacios públicos con espectadores, y con personalidades que se enfrentan, el teatro y el deporte tienen puntos en común. Así va desde su creación en la antigüedad clásica, sólo que el deporte es la locura de nuestro tiempo, y el teatro es la pasión de unos cuantos iniciados. 

 

El teatro nació para mostrar en acción el contacto entre hombres y dioses,  para observar las insospechadas jugarretas del destino, mientras que el deporte aparece para convertir a los hombres en semidioses, a través del esfuerzo físico y la destreza corporal. 

Si los griegos fueron los primeros en construir teatros y pistas olímpicas, los romanos inventaron el imponente Anfiteatro que fue un sitio para la luchas de gladiadores, representaciones teatrales y reproducciones de batallas, entre otros usos, siempre relacionados con el espectáculo. Así podemos decir que los actuales estadios son anfiteatros o circos romanos, y aunque han perdido su carácter propiamente teatral, conservan su función dramática que enloquece a los espectadores, para envidia y celos de los teatreros. 

Y sí, cuando veo la conmoción que causa un partido de futbol, el hecho de  meter la pelota en un marco con red, me siento muy desconcertado, desanimado, fuera de época. Al público desde el invento del anfiteatro le gustan los enfrentamientos primitivos, sangrientos, efectivos. Sexo y violencia; yo gano, tu pierdes, soy el mejor y tú el vencido. El pulgar hacia arriba, el vencido salva el pellejo, hacia abajo… alimento de una pasión salvaje…

Presencio los efectos del futbol en el comportamiento humano. Las ciudades más civilizadas no escapan al fenómeno. El hecho más reciente es el triunfo de Argelia contra Senegal en la final de la Copa Africana de Naciones, y los misterios se desatan, las calles se inundan de furor, los unos triunfan y gritan, los otros lloran y callan. Las repercusiones del resultado alcanzan el orbe de influencia africana en Francia: París, Lyon, Marsella viven el partido como si fueran equipos locales: alegrías de unos, tristeza de otros, drama puro, gritos frenéticos, sentimientos encontrados, pero en un estadio —anfiteatro, amplificado por la televisión, medio que ahora sobrevive gracias a los deportes—, la pelota es la réplica de la voluntad universal. 

Para los antiguos mexicanos, el juego de pelota (del que quedan vestigios en los centros ceremoniales prehispánicos) era una manera de consultar al cosmos. Y el ganador tenía la oportunidad de adelantar su viaje y convertirse en un ser de trascendente, al ser sacrificado para que ingresará en el universo de los vencedores. Así que la magia de la pelota no es nueva y los deportes individuales siguen siendo una lucha de gladiadores. 

Los semidioses entran en la cancha, tenis, futbol, ring, y se levanta un rumor casi sagrado. En cierto tipo de teatro también ocurren estos reconocimientos, cuando un actor conocido entra en escena hay aplausos, o cuando un cantante de ópera hace que la orquesta se detenga para recibir una ovación antes de que empiece a cantar. Pero lo teatral no tiene comparación ante lo que ocurre en el estadio, porque el teatro es el pariente pobre, el noble caído en desgracia, el héroe de una sociedad secreta. 

¿Qué hacer para que el teatro recupere su carácter de mensaje cósmico? ¿Cómo recuperar algo del fervor, algo del sentimiento de angustia y ambigüedad que nos proporciona un partido del deporte que sea? Esa incertidumbre que da dramatismo a un hecho que se desarrolla con sus propias reglas muy bien establecidas, ese no saber los resultados que ofrece el vértigo del deporte. 

No tengo respuesta, sólo sé que hay que buscarlos en la experiencia cotidiana del quehacer teatral, hay que tratar de encontrar ese riesgo mortal, esa fuerza volcánica necesaria para que la noche de función sea única, ese misterio que acecha en las paredes invisibles de la escena. 

El actor en el foro debe tener conciencia del poder que busca y encarna, como un chamán, un demiurgo que evoca fuerzas secretas e invisibles, como alguien que se ampara de voces como un médium, que recibe temporalmente una divinidad como en el vudú, que personifica la fuerza incontenible del espacio teatral. Lo puede hacer de manera superficial, sin saberlo, burlándose de estos conceptos, no importa, la fuerza está ahí, como ocurre en los deportes, en las ceremonias, en el circo. No porque se ignore la fuerza deja de afectarnos, como ocurre con la gravedad. 

No se requiere para eso que el actor esté consciente, basta con que asuma cierta actitud, y cuando funciona es una sensación de libertad inaudita. Eso lo saben muy bien los actores aficionados, y a veces lo encuentran los profesionales cuando ven como el primer día.  

Esa es la fuerza del teatro, está ahí para quien la busca, para quien participa en ella. Los deportes dejan una satisfacción muy pasajera, hasta la próxima derrota, que no tarda en llegar; los fugitivos efectos del teatro siguen vigentes para quien vivió la experiencia.