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Mié, Oct

Sud Aca Opina | Patricio Sancha

Creo que estaríamos de acuerdo con el hecho de que, al nombrar las cosas, estas adquieren una mayor o menor importancia en función al nombre elegido. Ha pasado con muchos de los movimientos sociales de todos los tiempos, los cuales, son ampliamente recordados o simplemente han pasado al olvido sin pena ni gloria. Ha pasado, pasa y seguirá pasando. Mientras en los últimos tiempos, los indignados españoles y los chalecos amarillos franceses han causado bastante revuelo, sobre todo por su presencia mediática, en mi país se ha comenzado a hablar de los patipelados.

 

En los auto denominados países desarrollados, los manifestantes se pueden valer de llamativos chalecos de seguridad relucientes, recién comprados, inmaculados o de un adecuado lenguaje, porque los españoles no estaban enojados, sino indignados, en mi país de aparente segunda clase, tildado pomposamente como, en vías de desarrollo, solo nos alcanza para los patipelados (pies desnudos).

En el ámbito social, con mucho esfuerzo de por medio, es bastante lo ganado, pero obviamente aún quede muchísimo por hacer, hasta alcanzar así, el olimpo de los países desarrollados. Eso, si nos dejan llegar.

Los patipelados nos recuerdan a esas personas sin esperanza de nada, que hace algunas décadas deambulaban por las ciudades con los pies desnudos y la mano estirada tratando de conseguir una moneda para apaciguar el hambre.

Este actual movimiento social adoptó el nombre tratando de instalar la imagen de desesperanza en el resto de la sociedad. El creativo detrás de la elección del nombre es simplemente genial. No sé si fue alguien al interior del grupo o un periodista especialista en apodos de futbolistas, pero el resultado es bueno.

Las demandas ya no son por comida, hemos evolucionado hacia la dignidad humana y ya no solo se pide sobrevivir, sino vivir.

A todas luces, vivir una vida de esfuerzo para jubilarse en la miseria y seguir trabajando por menos sueldo haciendo lo mismo, solo para financiarse los medicamentos, no es justo.

Que la clase política gane 200 veces un sueldo mínimo, sueldo que se reajusta a la velocidad de la luz comparado con la mezquina legislación hacia los más pobres, es por decir lo menos, raro.

Cuando un privilegiado gana 50 y 4 miserables no ganan nada, es kafquiano escuchar afirmar a los economistas como la ganancia promedio es de 10.

Morirse en una lista de espera por atención médica, lamentablemente aún es una realidad.

Mientras el ministro de educación cometa faltas de ortografía, el ministro de agricultura no haya cosechado un fruto jamás en su vida y el ministro de vivienda sea un especulador inmobiliario, esta inercia nefasta de una avaricia desmesurada por demostrar quien tiene el pene más grande en la cual estamos viviendo, esa donde el dinero se multiplica en los bolsillos de los que tienen y los bolsillos de los desposeídos tengan hoyos cada vez más grandes, esta condición nos llevará hacia la luz al final del túnel más parecida a la antorcha del ángel de la muerte, que a una salida probable.

No tenemos el dinero necesario como para comprar chalecos amarillos y nuestra deficiente educación no nos permite tener un buen lenguaje, pero lo que si tenemos o deberíamos tener todos y cada uno de los seres humanos del planeta, es igual derecho a una vida digna.

El cambio es lo único perpetuo y algún día los patipelados podrán comprarse zapatos, lucir chalecos amarillos y hablar bien.