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Mar, Nov

Sangrado semanal | Juana Lor

Una de las definiciones más atrayentes acerca de qué es la actuación dice que actuar consiste en ser real en un contexto de ficción. Consiste en hacer acciones reales. Dentro de esas acciones se incluyen aquellas que se asemejan a nuestro comportamiento en la vida, pero también entran otras acciones más abstractas o aquellas asociadas a un sentimiento o emoción como son el llorar o el reír. Así que el trabajo de los actores y actrices consiste en lograr ser reales en un contexto de ficción, como es una sala de teatro colmada de espectadores.

Esta primera afirmación, por obvia que pueda parecer, suele desmontar una de las creencias más firmes que la gente ajena a este mundo suele tener sobre la actuación. Así, muchas de las personas que empiezan o desean aprender a hacer teatro llegan a la sala de trabajo pensando, quizás inconscientemente, que actuar consiste en falsear. Y esto es precisamente lo que es falso. Los actores no fingimos las acciones que realizamos en escena. Aceptamos realizar acciones verdaderas en unas circunstancias fingidas. En eso consiste el juego.

Un juego aparentemente sencillo sobre el papel que deja de serlo en cuanto nos vemos inmersos en esas circunstancias fingidas, es decir, en ese contexto de ficción. Es automático. Por alguna extraña razón, todos nosotros, que resultamos ser tan naturales en todo lo que hacemos en la vida real, desde caminar a amar, pasando por hablar, suspirar, y abrir un ojo soñoliento por la mañana, nos volvemos absolutamente antinaturales en cuanto ponemos un pie en escena, es decir, en cuanto entramos a actuar en un entorno de ficción: los andares se llenan de rigideces que chocan frontalmente con un andar orgánico, las palabras que salen de nuestra boca lo hacen acompañadas de un soniquete cantarín que jamás utilizaríamos en la vida real.

Por eso es necesario que una actriz o un actor se creen una segunda naturaleza. Una segunda naturaleza que les permita ser orgánicos y re-crear las acciones del mundo real en ese otro mundo de ficción que tanto nos gusta. Hasta el actor que es más natural en escena está trabajando secretamente, configurando su cuerpo-mente de tal forma que resulte ser tan real en el escenario como si estuviera sentado en un banco del parque. El trabajo preparatorio de los actores consiste en generar una segunda naturaleza que les permita moverse por el mundo de ficción como pez en el agua. De hecho, actuar es nadar en el agua.

Uno de los puntos clave para crear esa segunda naturaleza actoral, para aprender a nadar en escena, es la consciencia. Consciencia del cuerpo, por ejemplo. ¿Qué ocurre cuando alguien que no sabe apenas nadar entra en el agua? Que chapotea aceleradamente llevando la cabeza de un lado a otro con la respiración entrecortada, gastando muchísima energía y sin apenas avanzar del sitio, intentando sobrevivir. Para ser gráciles en el agua, para movernos con facilidad y naturalidad, para que un único y certero impulso con el pie izquierdo nos permita deslizarnos por el agua cual Esther Williams habrán hecho falta muchas horas de de trabajo de piernas agarrados al borde de la piscina, primero, muchos días de flotador o manguitos después y una ampliación de nuestra capacidad pulmonar para poder respirar más y mejor, entre otras muchas cosas. Aprender a nadar y hacerlo, después, con frecuencia transforma incluso nuestro cuerpo. Lo mismo ocurre con la actuación.

¿Cuántas y cuantos de los que estáis leyendo esto sois conscientes de dónde y cómo tenéis colocado el pie derecho? El actor que esté en escena sentado leyendo algo y cuya siguiente acción consista en levantarse será muy consciente en todo momento de dónde está su pie derecho. Sabrá si ya lo tiene apoyado en el suelo o si aún lo tiene en el aire porque ha cruzado la pierna derecha sobre la izquierda. Será consciente de todos los movimientos que tiene que hacer para levantarse de la silla de forma natural. En cambio, en la vida real, realizamos todos esos movimientos que conforman la acción de levantarse sin ni siquiera pensar en ello. Al igual que hará una persona con algún movimiento en el agua, una vez que tenga incorporada la segunda naturaleza del nadador.

Os animo a que probéis a levantaros del sitio donde estáis sentados ahora mismo. Y a que lo hagáis siendo conscientes de todos y cada uno de los movimientos, micro- movimientos y ajustes que cada músculo y articulación de vuestro cuerpo realizan para completar esta acción tan cotidiana, tan "de día a día" como es levantarse de una silla. ¿Lo habéis hecho? Volved a sentaros. Mirad más allá de la pantalla del ordenador. Imaginad frente a vosotros un teatro colmado de espectadores expectantes envueltos en la oscuridad. Vosotros sois el actor o actriz y vuestra tarea consiste en levantaros de la silla. Una acción llana y sencilla que habéis repetido cientos, miles de veces en la vida cotidiana. Pero esto es distinto. Esto es ficción. Y las normas que rigen en este contexto de ficción son distintas a las del entorno real. Tan distintas como lo puede ser la tierra del agua.