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Mar, Abr

Mirada de Zebra | Borja Ruiz

Coja un clip y comience a imaginar para qué puede servir. ¿Cuántos usos diferentes se le ocurren? Dicen las estadísticas, en cuya boca las generalizaciones nunca están mal vistas, que la mayoría de la gente estrujará su cerebro hasta conseguir entre 10 y 15 usos diferentes. Una minoría, gente imaginativa donde los haya, oiga, vendrán con más de 200 posibilidades. Este es el sencillo ejercicio que se plantea para definir el llamado pensamiento divergente, palabro académico que define la habilidad para interpretar una situación de maneras muy diferentes, esto es, la astucia de dar múltiples respuestas a una misma pregunta.

El término fue dado a conocer por Ken Robinson, reconocido educador británico, y ya que escribimos donde escribimos, diremos también que se doctoró con una tesis que analizaba las posibilidades del teatro como herramienta educadora. La cosa es que Robinson además de expandir el concepto, consideraba el pensamiento divergente como una característica esencial de la creatividad: una persona es más creativa cuanto más divergente es su pensamiento.

Llegados a este punto, lo siguiente fue que Robinson estudió cómo evolucionaba el pensamiento divergente en el sistema educativo actual. Y agárrense que vienen curvas. Un estudio realizado en unos 1600 niños y niñas de guardería a los que se les hizo un test sobre pensamiento divergente, arrojaba, como jarros de agua fría, los siguientes números: entre los 3 y los 5 años, el 98% de los niños tenían una puntuación en el test que los calificaba como genios creativos. Cinco años más tarde, ya entre los 8 y 10 años, sólo el 32% de esos mismos niños alcanzaba la categoría de genio. Otro quinquenio más tarde el porcentaje bajaba aún más, hasta el 10%. En otro estudio realizado en adultos, sólo el 2% era considerado un genio. Sin ser necesariamente un genio, usted se habrá dado cuenta de que esta progresión no parece dejarnos en buen lugar.

Para Robinson las conclusiones eran claras. Por un lado, la mayoría nace con una capacidad creativa excelsa. Pero por otro lado esta capacidad va deteriorándose a medida que uno crece. Un momento: ¿Cómo es posible? ¿No debería suceder al revés: que a medida que uno crece va incrementando su potencial, afinando sus habilidades? Pues no. Ocurría que estos niños geniales además de crecer al compás que marcan las hormonas, estaban siendo educados. Perfilamos la explicación. Estaban siendo educados en el sistema educativo occidental que aísla a los alumnos, los condena a la pasividad del pupitre, y les enseña a través de los exámenes que sólo hay una respuesta válida para cada problema. Y así, a medida que el niño va subiendo peldaños en la carrera escolar, los va bajando en cuestiones de creatividad. Resumiendo la jugada: según Robinson un niño resulta más creativo cuanto menos tiempo pasa en la escuela.

Lo que Robinson plantea con cifras, Picasso lo explicó con intuición. "Todos los niños nacen artistas; el problema es cómo seguir siendo artistas al crecer", decía. Si en Robinson la creatividad decae prematuramente debido al sistema educativo durante la infancia, en Picasso se intuye que este decaimiento acecha al artista a lo largo de su carrera. A medida que pasa el tiempo, es fácil convertir en rutina lo que antaño era ilusión y sorpresa, es fácil que un recurso genial se vuelva solución cómoda a base de repetirlo. Hay siempre una inercia interior que incita a economizar los esfuerzos, que tiende a mecanizar las acciones, a establecer reglas que automaticen la toma de decisiones, esquivando así los quebraderos de una búsqueda permanente. Mantener el impulso creativo se basa en hacer frente a esa inercia que hace que respondamos siempre igual a las mismas preguntas.

Resistir a esa inercia es más difícil cuando las condiciones en las que uno crea soplan en dirección contraria. Los periodos de creación cortos, la dependencia cada vez más tirante de la taquilla y la dificultad por tener funciones, crean el espacio idóneo para que el pensamiento converja en soluciones ya sabidas, en recurrir a lo que se sabe que funciona en lugar de arriesgar por aquello que es nuevo y que está más lejos de nosotros. Gran parte del pensamiento que sostiene a una compañía estable se centra en crear las condiciones para que esa resistencia contra la inercia que degrada la creatividad no esté moldeada por un entorno que restrinja los límites de actuación.

Recuerdo entonces a Jacques Copeau y su compañía, el Vieux Colombier; su insistencia en tomar al niño como modelo creativo para sus actores, a quienes exigía imaginación, inocencia, fantasía, espontaneidad y capacidad de improvisación. De ahí que el Vieux Colombier estuviese ligado a una escuela que educaba simultáneamente a niños y adultos, que en el futuro pasarían a formar parte del elenco artístico. Buscaba crear un espacio de experimentación donde los adultos se dejasen impregnar por la genialidad innata de los niños. Era su particular manera de promover el pensamiento divergente, cuando aún no se habían inventado las palabras con las que hoy nos referimos a ello.