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Vie, Sep

Y no es coña | Carlos Gil

Sí, hace calor. Es verano y significa diversión. Y el teatro parece entrar en una temporada en la que se cruzan las programaciones festivas, callejeras, al aire libre, con pelucones y versos alejandrinos que conviven con lo inminentemente evasivo, el divertimento más directo y menos exigente en cuanto a su calidad intrínseca. Esta es la realidad. Y si se analiza con optimismo, es una maravillosa realidad, algo importante para nuestra idiosincrasia, nuestra cultura básica, la extensión de las artes escénicas como una alternativa de ocio veraniego popular.

Esta es la gran paradoja, solamente en verano los habitantes y visitantes de muchas zonas del territorios estatal pueden acceder a una programación medianamente organizada, fruto de un pensamiento previo, de una idea fuerza desde la que se va configurando el manifiesto, la declaración de principios, es decir el programa de actuaciones. El resto del año, todo parece funcionar desde una casualidad dirigida. Quien no sepa, pueda o quiera mirar en panorámica, desde un lugar que se vea todo, puede parecer casual que tal espectáculo se programe en tal ciudad. Y a la semana o los quince días siguientes, otra casualidad, que vaya otra obra con otro reparto de famosos. Pero se trata de una estructura muy sólida, de un plan orquestado desde varios despachos. Es lo que llamamos con cierta exageración el oligopolio.

Porque hasta es posible que no exista ese núcleo duro organizado de productores y distribuidores que copan un porcentaje tan elevado de la programación de todos los teatros de las redes. Que cada uno presione desde su propia cartera, de su oferta de productos que proporcionan réditos al programador en forma de supuestas audiencias numerosas. Cambiemos el término de oligopolio por el de mercado. Quitando cualquier connotación de sospecha, lo que algunos reclamamos es que existe en todo productor, todo distribuidor, todo programador una responsabilidad en la elección de lo que producen, distribuyen y contratan. Y esa aparente tendencia a buscar la moda perentoria en temas, directores, autores o cabeceras de cartel, esos vaivenes fruto de los propios mecanismos del mercado que busca la rentabilidad, es lo que condiciona y nos procura una idea muy parcial del teatro y sus posibilidades.

De esta cadena, por razón política primaria, tienen mayores responsabilidades los programadores que son quienes juegan con dinero público, que se supone trabajan para mejorar el gusto y la apreciación de las artes escénicas de los ciudadanos donde residen y ejercen su labor. Y cuando todo eso se resume a buscar fechas para colocar las obras de éxito, sea cual sea su calidad, su contenido o su importancia, nos duele, nos ofende, porque nos entra el virus destructor y nos dan ganas de proclamar su ineficacia, la posibilidad de anular ese puesto tan trascendental, porque esos automatismos son tan reiterados en tantos tetaros públicos, que parece que se decide en otros lugares que en los que se hace la actuación.

Y esto se escribe hoy por admiración a quienes hacen su labor de manera profesional, imaginativa, con inspiración cultural, para todos los públicos y que son capaces de colaborar con productores independientes, de participar en propuestas de mayor enjundia, y que además, cuando presentan los datos, no desmerecen en absoluto con los que están más dispuestos al inmovilismo programático. Por lo tanto, como estamos en tiempos de cambios, ojalá los políticos que llegan puedan escuchar otras voces, que estudien otras posibilidades para que a partir de lo que ya tenemos, que es bastante, se mejore y se trabaje con otras perspectivas más acordes con estos tiempos y que se copie, repito, se copie, maneras y formas estructurales y de gestión de Europa. Miren a Portugal, sin ir más lejos. O a Francia, ya no les digo que se les ocurra interesarse por el funcionamiento en Alemania, Gran bretaña o en otro país pequeño, Holanda.

Todo es posible, todo debe convivir, pero en los edificios públicos se debe notar el liderazgo por buscar nuevos públicos, no los que ya se han reído todo lo que pueden, sino aquellos que buscan en los escenarios otro soplo de vida, otras ideas. Otros pensamientos, aunque sean con hielo. Sobre todo pensamiento, ideas, filosofía, estéticas de nuestro tiempo. Es una beuna oportunidad. Y mientras tanto, pasemos este verano disfrutando de clásicos, de tradiciones, de locos callejeros o de las comedias más delirantes. Todo es teatro. Por hay teatro que se parece demasiado a la tele, que es como un reminiscencia del siglo pasado. Y un Teatro que es mayúsculo, importante, insustituible. Y nosotros, apostamos por que este Teatro de Arte, sea el predominante como un bien común cultural.