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Mié, Oct

Y no es coña | Carlos Gil

Con uno de mis más admirados colaboradores andamos discutiendo por correo sobre asuntos teatrales de tal manera que me da la impresión de que si publicáramos lo que estamos hablando, saldría, probablemente, una buena entrega de dudas razonables sobre el teatro actual. Las generaciones teatrales existen, aunque solamente sea para establecer distancias y prejuicios. Cuando desde la distancia de los años uno dice en voz queda que eso se hacía en los sesenta y setenta, de manera experimental y que ahora vuelve una supuesta vanguardia retrógrada, se empieza a sospechar de la capacidad de quién así se expresa. La edad. Yo no tengo otra edad que la de mi última analítica. Y estoy con problemas de glucosa.

 

Por lo tanto, no me interesa mucho camuflar todas mis dudas en adjetivos melosos, conceptos generalistas, sensaciones y abrazos en las sombras de la falta de compromiso con el propio hecho teatral. Sí, en ocasiones me siento demasiado exigente con todo lo que me rodea y quizás con más laxitud en mi propia creación, posibilidades y posturas. Los que nacimos sin el gen de la diplomacia que se confunde con la sumisión, faltamos a la tribu, tenemos problemas con los líderes de hierro y autoritarios, no nos da la gana aceptar sin otra convicción que el por si acaso, lo que creemos por convencimiento y hasta por experiencia puede ser diferente a lo que se dice en la propaganda previa, durante y posterior. 

El párrafo anterior es desechable. O interpretable. La edad. Cuando a alguien se le descalifica por ser o muy joven, o muy viejo, es un argumento execrable. Los viejos tendemos a contar batallitas. Lo bueno es que muchas de esas batallitas las hemos librado, con consecuencias diversas. Entiendo en la capacidad de cada individuo para asimilar lo que lee, lo que ve, lo que escucha y que dos individuos con el mismo historial tienen dos visiones diferentes del mundo y del hecho teatral. Son esas circunstancias que ocurren en nuestras cabezas, allí donde se cuecen las ideas, las emociones, los resultados de lo vertido, archivado, lo que se mantiene funcionando y lo que se queda petrificado, molestando, sin posibilidad de evolución o destrucción. 

Así si uno ha tenido la suerte, es decir el impulso de acudir desde su Barcelona natal a Madrid, únicamente para ver el “Orlando furioso” dirigido por Luca Ronconi y revive su experiencia, lo cuenta a sus nietos, lo saca de vez en cuando, es decir cada cinco años en una sobremesa con teatreros, teatristas o teatrólogos, lo único que aporta son sensaciones, pero a la vez un registro de algo que sucedió en los años prodigiosos de finales de los sesenta y principios de los setenta del siglo pasado. Nadie me lo va a usurpar. Nada más que mi propia capacidad memorística para seleccionar los momentos que quiero transmitir hace que aquello sea, todavía hoy, una parte fundamental, positiva de mi educación teatral. Y tengo todo el derecho para utilizar esta experiencia para analizar lo que veo hoy en los escenarios. Por cierto, ese espectáculo se hizo en el Palacio de Deportes y no había micrófonos y se escuchó perfectamente.

Podría ir marcando mis hitos. Mis alucinaciones, los motivos por los que se fue consolidando una vocación hasta convertirse en una forma de vivir, de estar, pero siendo muchas cosas a la vez, ya que las contradicciones son parte de la capacidad dialéctica. Sí, he cambiado de opinión sobre movimientos, dramaturgas, directores, teorías y maestros. Nunca para aborrecerlos. Siempre para buscar sus partes agostadas, las que otros autores han desarrollado para mejorarlo. Y en ello sigo. Modestamente.

Por lo tanto, seguiré metiendo la pata, seguiré sin seguir al abanderado. Nadie me debe nada. Y si me debe algo con un abrazo, un vaso de vino o un silbidito se paga de sobras. Pero que nadie me pida más capacidad de análisis que la que me he trabajado desde casi todos los oficios de las artes escénicas. Muchas veces me parece discutir de manera ritual, como si fuera necesario un ejercicio de reafirmación, para que se pueda insistir en alguna idea. Si alguien se siente ofendido, probablemente es que ha comido ajos o que me merece el mayor de mis desprecios por sus actitudes autoritarias y, sobre todo, anticulturales, poniendo su persona o sus negocios por encima de lo fundamental. A todos los que hacen teatro, bien, mal o regular, los respeto, pero no me pidan que aplauda cuando veo imitaciones, plagios, tendencias desmotivadoras y compromisos difusos. Los adjetivos, las clasificaciones, los halagos desprovistos de argumentos y la necesidad de quedar bien con todos, se lo dejo a los viejos, jóvenes o maduros que tengan ganas de medrar o de ser admitidos en un grupo de poder administrativo, político o gremial.

A todos los demás, es decir al 98,7 % restante, mis abrazos, mi complicidad, mi respeto y mi amor.

Perdonen la soberbia de la edad.