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Mié, Mar

Mirada de Zebra | Borja Ruiz

Se cree que el estreno de un espectáculo es una meta y, sin embargo, no es sino la mitad del camino. Toda creación antes de subir por primera vez a escena es una arquitectura a medio hacer, como un puente proyectado en el aire que aún no se ha asentado en la otra orilla. Por ese puente que conecta el espectáculo con los espectadores, habrán de transitar los sentimientos, las ideas, las imágenes que los creadores han gestado en soledad, a la espera de que en algún momento encuentren receptor. Antes de un estreno el puente, virgen de pisadas, siempre brilla impoluto, y si bien sólido en apariencia, nadie sabe si podrá soportar el trajín de energías y emociones que comporta todo acto teatral.

Se asume como circunstancia ineludible del oficio que el teatro se crea en el retiro de una sala de ensayos, al margen de la mirada de cualquier espectador. Y, a pesar de ello, si el teatro vive en el trueque intangible entre la escena y el espectador, resulta imprescindible crear pensando en que habrá alguien mirando y escuchando aquello que ahora nace libre de juicios ajenos; lo contrario, es tomar el mejor atajo para el onanismo y el auto-regodeo. Se trata de un ejercicio de imaginación donde se visualiza y se vaticina cómo reaccionarán los espectadores, donde se prevé el flujo de su pensamiento, el discurrir de su mirada, el trotar de su ritmo emocional. Ello no garantiza, claro está, que los espectadores vayan a reaccionar como se ha planeado. Más aún, si tenemos en cuenta que en función de múltiples circunstancias culturales, sociales, políticas o personales cada espectador vivirá de forma particular e intransferible un mismo espectáculo. La importancia de trabajar durante el proceso creativo proyectando la presencia de espectadores, por tanto, no está en jugar al acertijo, sino en tener presente que el espectáculo es una estructura flexible que deberá adaptar su expresión cuando se ponga en comunión con los espectadores.

En realidad esta reflexión no es nueva, es algo que las gentes de teatro han cavilado por tiempo. De ahí viene la idea de los pases con público o pre-estrenos. Sin embargo, aunque útiles, debido a su carácter premeditado y poco azaroso no dejan de ser una aproximación imperfecta, una especie de representación representada que no alcanza la experiencia de un verdadero estreno. Por eso, el día que el espectáculo abre el telón por primera vez, en cuanto éste vuelve a bajarse, comienza una pesquisa que debe influir en el futuro de la creación recién nacida. ¿Cómo han seguido los espectadores el espectáculo? ¿Cómo han convivido con él? ¿El espectáculo les golpea, les susurra, les insulta, les acaricia, les ahoga o ni siquiera llega a tocarles? ¿Es, tal vez, una mezcla de todas estas relaciones? ¿Cuándo ocurre una y cuando otra?...

Después de un estreno el vestíbulo es un hervidero de opiniones, una olla a presión que borbotea palabras ininteligibles. Pescar sensaciones y reflexiones fértiles en tal cúmulo de voces descoordinadas es tarea compleja. Allí convergen la efusividad de los círculos y los seguidores cercanos, las reticencias silenciadas de los menos favorables, la mirada aguzada de algún experto y, también, los comentarios de los espectadores fortuitos que, pillados a contra pie, se muestran sorprendidos por haber visto un espectáculo de esas características. Sabiendo escuchar y puestas en contexto, todas estas voces guardan un aprendizaje que llevarse, algún consejo soterrado que permite reorientar, siquiera levemente, el espectáculo que está entre manos o las líneas de trabajo futuras. Entre todas ellas hay, no obstante, tres voces que resultan particularmente eficaces a la hora de testar el pulso teatral del espectáculo. Es un trío de espectadores que recuerda al título de un cuento tradicional: el niño, el primerizo y el viejo (léase también en femenino, claro).

El niño, con la mirada aún sin contaminar, siempre ávido por embadurnarse con nuevos estímulos, es un receptor elástico que devuelve emocionalmente todo aquello que recibe. A un niño no es necesario preguntarle después del estreno qué le ha parecido el espectáculo, es suficiente con escucharle en su transcurso. Sus reacciones hacen inútil cualquier interpretación, son como las muestra, simple y puramente. El niño es alguien que dialoga constantemente con la parte menos racional del espectáculo. Ríe, llora, se asusta, se divierte, disfruta, responde a los personajes, se pregunta en voz alta… No entiende la entraña sesuda de los textos, ni los valores éticos y morales hacia donde vuela la trama. No lo necesita para estar en relación con la escena. Le basta percibir el flujo de tensiones de la superficie, los contrastes más evidentes, el juego de conflictos más aparente. Pero, sobre todas estas consideraciones, el niño es un detector extremadamente sensible de ese enemigo nunca invitado al teatro: el aburrimiento. Si la creación tiene socavones por donde cae la atención, el niño es el primero en percibirlo, y lo hace evidente revolviéndose, resoplando, preguntando fastidiosamente, convirtiendo su inquietud en una manifestación contra el tedio que amenaza con dormirlo. Tal es así que, probablemente, uno de los mejores indicios para cualquier espectáculo de adultos es haber complacido el juicio implacable de un niño.

El primerizo es aquella persona adulta que acude por primera vez al teatro, o que hace tanto que no ve un espectáculo, que podemos considerarla como tal. Sabiéndose en un entorno extraño, es alguien recatado y cauteloso en sus reacciones. Nunca alardeará de sus opiniones, tratará de quitarles valor, como diciendo que él no entiende de estos temas. Preguntándole sobre su parecer, se expresará en términos llanos: a favor dirá que le ha gustado, que -contra pronóstico- no se ha aburrido e, incluso, que ha pasado un rato agradable; o, quizás, dirá que se le ha hecho un tanto pesado, que no ha acabado de entrar, que le ha supuesto un esfuerzo, de lo cual se autoinculpará esgrimiendo que carece de cultura teatral. Sin quererlo, no obstante, el primerizo es alguien que valora el alcance social del hecho teatral. Su opinión funciona como una parte de un todo, como una metonimia que permite reflexionar sobre si el espectáculo en cuestión debe circunscribirse al mundo minoritario y hermético de las Artes Escénicas, o si, por el contrario, es capaz de trascender sus estrechas fronteras para llegar a un público menos especializado. Que un primerizo quiera repetir experiencia puede ser uno de los mejores halagos.

Observador plácido e inalterable, el anciano, asiduo al teatro o no, es alguien que confronta el espectáculo con la tradición. Sus ojos acumulan infinidad de imágenes, de historias, de sensaciones, de pensamientos que se han sedimentado con los años. Tampoco él será un dechado de opiniones. No es necesario. No malgasta su boca en discursos. En pocas palabras dice lo suficiente. Sin saberlo, él gradúa si el espectáculo guarda un componente atemporal o si pertenece a una moda pasajera que se llevará el viento. Si le ha parecido una rareza, algo ligado a una modernidad a la que él ya no pertenece, probablemente el espectáculo a duras penas soportará el paso del tiempo. Si, al contrario, ha conseguido implicarse, y lo ha introducido dentro de su baúl de experiencias, es posible que la obra pueda verse dentro de unos años, sin miedo a que el tiempo la haya devaluado deshonrosamente.

El niño, el primerizo y el anciano… Si alguien planea un estreno en breve que no se olvide de reservar butaca para ellos tres.

 

 

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