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Vie, Sep

Y no es coña | Carlos Gil

Quisiera declararme objetor de pensamiento único. Incluso dudo de que tenga algún tipo de pensamiento que me impulse a escribir o a callar. Lo hago de manera vegetativa. Me he convertido en un cuerpo que necesita ponerse de una máquina extraña que a partir de un juego muscular con los dedos coloca en una pantalla letras que forman palabras. Y las palabras vienen cargadas de acentuaciones que las convierten en consideraciones que pueden provocar emociones o recuerdos militarizados. 

Por cuestiones ajenas a mi voluntad llevo unos siete días sin ver ningún espectáculo de artes escénicas en vivo y en directo. No he ido al teatro, para abreviar. No he podido ir al teatro. No he tenido ganas de ir al teatro. Mi proceso de recuperación me tiene en situación de incapacidad temporal. Y se me añaden rubros en la lista de arreglos mecánicos que iremos solventando con donosura. Por eso cuando leo, escucho, participo en conversaciones sobre la situación actual de las artes escénicas en general en el Estado español, no puedo hacer otra cosa que poner por delante mi tarjeta de identidad donde pone “contradicción con piernas”, que es como mejor me puedo definir en estos momentos.

Los movimientos de encubiertas privatizaciones en el INAEM me dejan consternado en cuanto no entiendo qué objetivo tienen. La respuesta de los sindicatos de las unidades de producción me parece la adecuada, hay que hacer frente a estas acciones que llevan a la desamortización de todo el entramado público, y hay que defender, al menos así lo entiendo yo, una parcela de producción controlada, pública, pero muy bien definida para que no todo sea la mierda mercantilista que nos invade y nos ahoga en la miseria intelectual.

Lo paradójico es que la huelga la harán las partes técnicas, entre otras cosas porque no hay parte artística. Y no sé si puedo seguir. Me entran ganas de llorar y de reír a la vez. Producen, tienen directores, pero no tienen la materia prima esencial, los intérpretes. Perdón, hablo de teatro, porque sí hay cuerpos de bailes, orquestas y otras funciones dentro de la estructura. Siempre es el Teatro el que está dejado de lado. Y seguimos tan contentos, sin movilizarnos.

Por eso decía que tengo el pesimismo del mal informado, porque a lo mejor está todo muy bien. De hecho, yo veo que los directores de los teatros públicos tienen una capacidad inusitada, capaces de dirigir estructuras, producir, dirigir en su teatro y en los de los amigos. Y eso, es una infección crónica que gangrena cualquier discurso de normalidad. Huele muy mal.

Y como atiendo a mi cuerpo herido, me gustaría saber si la asistencia de los públicos es buena, mala, regular, si estamos haciendo algo tan inverosímil como que en la capital del reino haya más musicales que obras de Valle Inclán en las carteleras. Hay una mutación y algunos no nos estamos enterando de que es maravillosa. ¿Quién maneja esta barca?