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Dom, Sep

Y no es coña | Carlos Gil

En el mundo de las finanzas hablan de 'pactos zombis' a aquellos que por mucho que se intenten cumplir son imposibles de llevar a cabo. En el mundo de la Cultura parece que estemos entrando en una fase de estas características, o quizás, si los forenses diagnostican con mucho rigor, resulta que los zombis no son los pactos, ni los planes, sino quienes los abanderan. Porque debemos repetir una vez más que tuvimos planes, compromisos, declaraciones, promesas y todas han pasado a mejor vida y cuando a algún interesado se le ocurre sacarlo a pasear, casi siempre con intención de ganar tiempo, despistar o entretener, huele a formol, a planes zombis.

Hablar otra vez del Pacto por la Cultura, es un chiste de cementerios o de diques secos. Los planes de la danza, la música, el teatro, son reliquias que se han necrosado, ilusiones totalmente fosilizadas. Todo lo que se ha escrito, firmado, debatido en los últimos quinquenios no son nada más que buenas intenciones convertidas en papel mojado. Y como en ninguna parte del actual sistema de formación, creación, producción, distribución, exhibición e información se entiende como imprescindible la existencia de una ley que nos ordene, organice y nos obligue, vivimos el tiempo de las confusiones en las que sobreviven siempre los más vivos, los que tienen mejores padrinos o los que se ajustan al mercado de manera exacta. A la carta. Los zombis parecen a veces pertenecer a un coro que bailan gozosos el raskayú.

Hasta las grandes teorías del ojo de buen cubero, apoyadas en la reafirmación popular de que el ojo del amo engorda al caballo y que nos decían que pese a la crisis económica las salas de teatro continuaban teniendo unas ocupaciones más que respetables se está resquebrajando. Los datos fehacientes, lo que se tabula, declara y se sabe, nos informa de una recesión, generalizada, con todas las excepciones que queramos, pero que nos debe preocupar por el presente y el futuro inmediato sin alarmismos pero tampoco con triunfalismos soeces. Los públicos son, como decían las folclóricas y los programadores de diseño, ese ente que tanto nos quiere y al que tanto queremos. Pero como llevamos tanto tiempo mirándolo como un consumidor y no como un ciudadano que forma parte de una idea cultural de progreso, ahora prefiere alimentar su inquietud estética, cultural, su forma de crecimiento interior y colectivo, en otros lugares, con otras ofertas culturales.

Y no todo es cuestión del precio de las entradas, sino de las políticas que se han implementado en los últimos tiempos. Y escribo políticas, sin comillas, ni terceras intenciones y con conocimiento de causa, porque la inexistencia de planteamientos, de estrategias, son precisamente una forma de política: la peor, la más reaccionaria, la que se basa en el mercado, o en los vendedores ambulantes, si son amiguetes, mejor, que les proporcionen productos buenos, bonitos y baratos, aunque sean de dudosa calidad, ninguna originalidad, pero que lleven en el cartel una cara que nos atonte por la televisión.

Está claro, no en todos los teatros, salas de exhibición se vive en el mismo planeta habitado por zombis, pero predomina, en el cómputo general, los lugares post. Son post de casi todo. Y se comprende que los responsables colocados al frente de los instrumentos de exhibición por los políticos de turno, deban buscar desesperadamente resultados inmediatos de taquilla, cifras, porcentajes de ocupación para que no se tomen decisiones todavía más drásticas: cerrar. Quitarse el problema de encima. Suspender actividades, dejar esos edificios para fechas señaladas, festivas o a través de alquileres al mejor postor. Y lo pueden hacer porque nada les obliga a mantener esos teatros en funcionamiento y con programación. Por eso algunos reclamamos una ley como mal menor.

Dentro de los planes zombis, las redes zombis, las asociaciones zombis, las revistas especializadas zombis, parecemos empeñados en encontrar unos públicos zombis, para que las Artes Escénicas sean definitivamente un Museo Constante de los Horrores. La Cultura, viva, de hoy, el Teatro emergente, deberá vivir en los arrabales de ese museo institucional, una suerte de necrosis teatral.

La pregunta, ¿cuántos funcionarios, asimilados, representantes, contrataciones subsidiarias son necesarias hoy para hacer una representación además de lo único imprescindible: los artistas y los públicos?