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Vie, Sep

Y no es coña | Carlos Gil

Escribo en Barcelona, desde la casa en la que nací, justo al lado del teatro donde empecé a jugar al escondite y donde descubrí el misterio de un escenario vacío convertido posteriormente en una taberna, un jardín o una casa burguesa a base de papeles pintados. Dentro de una horas se celebrará la gala de entrega de los Premios Max de los que he formado parte del jurado. Hoy debería ser el Gran Día del Teatro en el Estado español, pero como siempre los premios parecen interesar solamente cuando nos afectan, cuando nos tocan. Si no aparecemos en los finalistas, ni en ninguna parte del proceso nos parece que todo está manipulado, que no son objetivos y que no sirven para nada. Y estos premios, como casi todos los premios deberían ser una plataforma de difusión de las artes escénicas en general y de las obras, autoras, directores y espectáculos ganadores en particular.

Estos, y todos los premios del mundo occidental, tiene entre sus objetivos el lanzar un producto general para el conocimiento de la ciudadanía, y de paso, reforzar aquello que un grupo de especialistas, o como eran antes los Max, una masa de votantes de los diferentes gremios, consideran que son lo más destacado de la temporada anterior. No están todos los que se han estrenado, al organizarlo una sociedad de gestión, SGAE, una de las cosas obligatorias es que los que concurran pertenezcan a la misma, esto cada día más, excluye a unos, y por otro lado hay que apuntarse, deben los productores, las compañías, o quien sea inscribir el espectáculo, la obra, la coreografía para someterse al escrutinio. Y hay personas y colectivos que no lo hacen desde una postura crítica, no quieren entrar en el juego y no participan.

Quiero decir que todos, siempre, en todas las condiciones, pensamos ante las listas de candidatos, de finalistas y de premiados que faltan algunas obras, montajes y espectáculos que uno ha visto y le han gustado. Pero las convocatorias son claras, el sistema de selección y votación también y quienes se presentan y quienes aceptamos ser parte del jurado, asumimos todo lo escrito, aunque debo asegurar que en cada sesión a la que he asistido, se han hecho propuestas que posteriormente para las convocatorias próximas se pueden ver o no, porque hay unos comités dedicados todo el año a ver cómo mejorar la limpieza y posibilidades de los Max para buscar algo lo más cercano posible a reflejar la realidad.

Y en estos momentos, la discusión o debate que más me ha interesado de los varios planteados es si estos Premios Max han sido históricamente muy propensos a premiar un teatro o danza de ideas, muy conceptuales orillando y olvidando las producciones más populares o comerciales. Ando rumiando sobre esta circunstancia y no acabo de llegar a muchas conclusiones. Lo que sí se sabe es que nuestro sistema de producción y exhibición hace que algunos de los montajes que se llevan algún Max no pueden capitalizarlo porque son espectáculos que ya no están en cartelera o circulación. Que estos Max no tiene mucho efecto en el sistema de contratación muy mediatizado por las grandes productoras que copan el mercado en un porcentaje elevado. Y que los públicos no son tan sensibles a un Premio Max como a un Goya, por poner un ejemplo.

Es decir que late en los comités que organizan los Max una necesidad de buscar una manera para que la fiesta sea una plataforma más eficaz de difusión y de puesta en valor del teatro, la danza, y algunas de sus manifestaciones más importantes. Y desde esta ciudad donde crecí teatralmente, con una cartelera muy concreta, en donde a mi entender reina una gran confusión y una desigualdad manifiesta entre las producciones públicas y las privadas y más todavía las independientes, uno piensa en que lo primero sería aclarar este cruce, esta manera de tener que valorar en el mismo plano lo que ha costado un millón de euros y lo que se hace con tres mil. Y que los Max pueden contribuir a un mejor ordenamiento, pero que el problema existente en el teatro en el Estado español es estructural, sistémico, porque es necesario volver a diseñar todo, no con adanismo, sino con objetividad, escuchando a todas las partes, comparándose con otras estructuras europeas o americanas y mirando a los próximos quince años, no buscando soluciones mágicas para los próximos quince días, ni quince meses.

No me cansaré en repetirlo, es una situación general bastante mala, el Estado de las autonomías no contribuye precisamente a que sea fácil un ordenamiento conjunto y una selección más depurada, pero como en toda la sociedad, la distancia entre pobres y ricos es mayor. Hay que volver a definir los teatros nacionales, los centros dramáticos, los teatros con una subvención directa de dinero público que deben tener más funciones que las de servir para materializar los caprichos de sus directores o directoras. Y desde ahí podemos ir armando el futuro, para que después los Max puedan ser reflejo de otra realidad donde quepan todos, pero diferenciados. Y que la ciudadanía con la complicidad de los medios de comunicación clásicos o virtuales, generalistas o especializados empiecen a ver al Teatro y la Danza como algo que merece la pena, primero concoer y después disfrutar.