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08
Dom, Dic

Y no es coña | Carlos Gil

Aunque forma parte de nuestra propia mismidad, la muerte siempre acaba alterando la vida. Los que quedan alrededor de una persona fallecida acaban convirtiéndose en una corte de espectros que reflejan una soledad compartida. Nadie entiende la ausencia, ni siquiera la existencia malherida. Y cuando el espejo solamente refleja tu vacío, es cuando el que se acaba de ir alcanza su máxima materialización, cuando llega con todo su valor a nuestra biografía inacabada.

Anna Lizaran se ha muerto, y siendo una actriz inconmensurable, su espacio escénico nunca estuvo asegurado. Hoy leyendo los obituarios parecería que la escena catalana se ha quedado huérfana. Y es que nos acostumbramos tanto a los vivos que no les damos la importancia que tienen hasta que ya tenemos la esquela en nuestras manos. Son círculos de tiza trazados en la memoria, espirales que nunca sabemos si nos llevan a algún destino, desde los que intentamos paliar nuestros olvidos, nuestras inercias, nuestros cansancios y aburrimientos. Todos acabaremos en la misma estación, es el camino lo que importa, las estaciones en las que paramos, los pasajeros que suben y bajan de nuestro tren formado por vagones de sentimientos, amores, frustraciones y esperanzas.

En esta cerrada comunidad de las artes escénicas, cuando el trayecto ya ha sido largo, hay desniveles que cuestan cada día más subir. Dan ganas de quedarse parados definitivamente en una suerte de intercambiador esperando unas señales ignotas o que el azar nos indique la nueva travesía. Por eso, la muerte, en ocasiones, es tan sólida, tan arrebatadora de la esencia y te sume en ese periodo de nostalgia, arrepentimiento y que te puede llevar al llanto paralizante o al grito motivador. Hay que honrar a los que nos han enseñado a soñar, a quienes han soñado cada día arriesgando, aportando toda su vida, entera, sin fragmentaciones, a esta magnífica actividad de hacer teatro, desde el lugar que te toque en cada momento, con todas tus armas, sensibilidades, capacidades y defectos.

No hay más, la entrega, la vocación, el enclaustramiento en ese paraíso llamado teatro, con esos descensos a los infiernos más tórridos, pasando por los amaneceres más impresionantes y lúdicos. Recitando, llevando el cuerpo hasta la extenuación, amando, odiando, pero siempre fiel, la única fidelidad posible, a tu profesión, a la trascendencia de una actividad que sale de la vida de quienes se saben perecederos, mortales, para intentar comprender qué somos, qué hacemos aquí, para qué respiramos.

Anna Lizaran pertenece a esa estirpe, a esa suerte de seres humanos que consiguieron llevar la duda a la creación, que poco sabemos de su vida que no sea la Gran Vida de actriz, la que brindó al resto de los mortales. La que compartieron sus compañeros de trabajo, la que disfrutaron sus espectadores, de varias generaciones, a loss que les ofreció su talento, su sacrificio gozoso, su arte. Por eso ahora que ya no nos hará reír, ni llorar sobre un escenario, la recordamos sabiendo que acaban de quitarnos un poco más de nuestra entidad, de que es una pérdida irreparable, pero que tras su estela deben estar llegando otras personas que hayan sido tocadas por el mismo don del arte teatral convertido en una manera de vivir.