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Jue, Oct

Escritorios y escenarios | Manuela Vera

Tengo un estudiante que no ha entendido por qué el público es importante para el teatro. A mí, en principio, me pareció extraño que no lo pudiera comprender, a pesar de toda la teoría que hemos estado leyendo en la clase y que recalca, una y otra vez, que sin espectador no hay teatro. Pero el problema no está en la teoría, el problema está en la práctica. Él es un representante de la generación de estudiantes que empezaron a estudiar teatro en el semestre en el que fue declarada la pandemia. Así que jamás ha estado sobre un escenario y mucho menos ante un público. Por esa razón no ha experimentado el proceso de la comunicación teatral. Y es que no se nos puede olvidar que son varios los estudiantes que llegaron al mundo del teatro cuando este mundo tuvo que transformarse en otra cosa para sobrevivir. Por lo que a él, estando en tercer semestre, el teatro no le ha pasado por el cuerpo. Y ni siquiera voy a señalar lo evidente, que empezó a estudiar teatro sin saber qué subyace en este hacer. 

 

Sobre lo dicho en el párrafo anterior hay dos asuntos para señalar. Sigue pareciéndome anómalo que los jóvenes deban decidir qué estudiar sin saber de qué se trata el objeto de sus estudios. Sin tener conciencia de su elección. No sé muy bien desde cuándo y por qué este orden de las cosas, pero quizás por esa pésima formulación es que hay tantos desertores. 

Los jóvenes optan por estudiar esto o aquello y cuando empiezan sus procesos, al poco tiempo, comprenden que “eso” no era para ellos. Se dan cuenta de que no sabían en qué se estaban metiendo, esperaban otra cosa. Y aún así, están condenados por el sistema a elegir algo, porque sí, porque toca. Presionamos a los jóvenes a que decidan su profesión, pero nadie les explica con antelación las consecuencias, las implicaciones de las opciones. Por ejemplo, estudiar teatro no significa, necesariamente, convertirse en actor. Y formarse como actor, no supone tener garantizada la vida profesional. Incluso podría ir más allá, estudiar esto o aquello, hoy en día, no garantiza la estabilidad de una vida laboral. 

Por otro lado, muchos de los que eligen las artes escénicas, o dramáticas, aterrizan en este mundo motivados por la idea de la fama. Pero para ser famoso, y cualquiera puede serlo, no hay que estudiar. De hecho, los estudios no son un requisito para alcanzar la fama. Desarrollar procesos de formación, crecer, aprender y ser famoso son asuntos distintos. Entonces si los jóvenes toman decisiones a ciegas, y si estudiar lo uno o lo otro no asegura una vida laboral estable, ¿no deberíamos apelar a que los procesos de formación de cualquier carrera o profesión, proporcionen las herramientas adecuadas para que las nuevas generaciones puedan afrontar una sociedad plagada de contradicciones?

Domingo 3 de octubre de 2021