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Mié, Oct

Y no es coña | Carlos Gil

Muchas de las preguntas importantes referidas a la producción teatral se contestan con un rotundo porque sí. O de manera un poco más retórica con otra pregunta, ¿y por qué no? Queda claro. Las obras que emprenden dramaturgas, directoras, compañías o grupos surgen, en un porcentaje muy elevado a partir de un impulso espontáneo, no hay una estrategia previa. No digamos ya lo que sucede con los teatros de programación por catálogo, donde la casuística roza con el amiguismo o las corruptelas. 

 

Y desde que me salieron los dientes en esto de las artes escénicas he estado obsesionado por estas cuestiones. En mi caso, mis primeros montajes salieron de lecturas aleatorias de textos que me despertaron una necesidad de llevarlos a escena, hasta una determinación de hacer teatros de autores vivos contemporáneos, o la creación colectiva, o la complicidad con algún dramaturgo para emprender un camino específico, dentro de unos parámetros estéticos, éticos y políticos. Dentro de estas líneas amplias, muy generalistas, la decisión de cada montaje, de cada reparto, incluso de directores ajenos, forman parte del discurso, de mi discurso, de mi legado objetivo a mi historia. No hablamos de calidades, que eso es otra cuestión, al igual que los problemas concretos de financiación y ese penoso y largo etcétera que nos lleva a la desesperación.

Últimamente he escrito en solitario, sin nadie que me lo pida, sin pensar en otra cosa que en soñar textos dramáticos y si tuviera que decir si son fruto de alguna estrategia, de un corpus integral, debería confesar que cada uno tiene una referencia previa distinta, tanto en temática, como incluso en sus formas, pero acaso, desde esa libertad del escribidor sin esperanzas, la exigencia de explorar ciertos territorios fuera de la convención más estrictamente aristotélica, pero sin etiquetar, sin formar parte de un plan. Vinieron las ideas, en algún caso se vertieron con rapidez y en otros son de elaboración fragmentaria, en el tiempo y el modo.

Me refiero a mi experiencia porque no quisiera sentar ninguna cátedra, sino reflexionar sobre algo que va sucediendo, que se nos viene cada vez que abrimos el correo electrónico y mirado desde dos observatorios, la revista especializada, o sea, la información diaria sobre eventos, programaciones y estrenos, y por otro lado la librería especializada. Por en medio pongamos una editorial que sí debe decidir constantemente sobre qué, a quién, cómo editar tanto textos dramáticos como de teoría o práctica.

El discurso, o si quieren le llamamos relato que se estila más ahora, de cada grupo, compañía, autor, directora, programador, director de festival no es el que se puede escribir en un manifiesto, sino que se escribe a lo largo de sus decisiones menores y mayores, es decir, en lo que hace, en su historial. Y ahí, en general, se detecta una falta de criterios previos, de objetivos claros en su trayectoria. Algunos pedimos que se hagan las cosas dentro de una concepción general, dejando siempre un hueco para lo no esperado, lo novedoso, pero muchos con los que he hablado de esta cuestión, se muestran sorprendidos, por la mera formulación de la duda o la reflexión, ya que consideran que lo adecuado, lo ideal, es estar abiertos a todo cuanto pueda llegar. Probablemente tengan sus razones. Es bastante más sencillo apuntarse a las modas, a lo del momento, que mantener una línea, la que sea, e intentar hacer que su relato se clarifique alrededor de esa motivación básica y selectiva. No quería escribir la palabra, pero me salta de los dedos. Tener una coherencia. La coherencia. Menudo lujo.

Esta recurrente reflexión me la provoca el acudir cada día a una sala a ver una obra diferente. Y de repente comprobar que existen tendencias, corrientes. O justo lo contrario, que amigos de uno se despiertan con propuestas a contra-estilo, obras que a uno le cuesta encajar en estos momentos concretos de la historia de la Humanidad y del Teatro y diría más, del Teatro en la Península Ibérica. Hoy en día, por ejemplo, los textos dramáticos aparecen por miles de esquinas en las redes, por lo que es existen más posibilidades de descubrir alguno que le llame imperiosamente a su lectora para ponerlo en pie. Y es que, en mis desvelos, me pregunto de manera retorcida sobre cómo llegan los textos a las manos de quiénes deciden hacerlos teatro. 

En la Librería Yorick se descubre la cantidad de personas que llegan preguntando por alguna obra para equis actores y equis actrices, sin importarle mucho más. O que además de eso piden que sea divertida. Es decir, llegan con una selección previa a base de condicionantes externos, casi con idea de productores, no de artistas que buscan el paraíso.

Por eso cuando uno ve alguna obra, de un magnífico autor casi desconocido, que se ha montado gracias a que las libreras de Yorick se la han recomendado a una o varias personas, uno llega a unas conclusiones parciales satisfactorias. Si además está publicado por la editorial que uno dirige y gracias a ello se han hecho varias traducciones, montajes de todo formato, uno encuentra sentido a este sinsentido de seguir tratando al Teatro como un bien cultural dándole forma de libro.

Por lo demás bien, escribo porque sí. Edito porque no me gusta el golf. Vendo libros por si acaso esa actividad mercantil me proporciona una buena jubilación. De momento todo está en perspectiva. La realidad es muy tozuda. Más tozuda que yo mismo.