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Dom, May

Y no es coña | Carlos Gil

Existe una asociación de gestores culturales, aragonesa para más señas, que se mueve mucho, organiza muchos actos, moviliza el sector, y en una de sus últimas comunicaciones traía un eslogan que me petrificó el aliento: "los profesionales de la cultura". Está claro, en el sentido más estricto y profundo, los únicos profesionales de la cultura, realmente existentes, con salario asegurado fuera de cualquier contingencia, son los gestores culturales. Los de la pública, porque a los de la privada se les llama productores, empresarios, o cosas por el estilo. La gestión, en el imaginario colectivo, es la que hacen los que están al frente de instituciones públicas, sean del calibre que sean las mismas y sea el modelo de contratación que tengas los susodichos.

Algunos han ganado una posición, otros un concurso de méritos, otros recorren el escalafón según los vaivenes de la coyuntura electoral y los hay en número bastante importante que son nombrados a dedo, que llegan a esos puestos de "gestión", por su militancia política, por su concomitancia política, por su oportunismo político o porque simplemente se ha colocado ahí, siguen ahí, y no los mueve nadie, porque no existe criterio político ni para diseñar el futuro de la institución, ni para revisar el modelo de gestión. Supongamos que estamos hablando de una minoría, pero en demasiadas ocasiones son los que más se mueven, los que más cacarean, los que se convierten en muchas ocasiones en portavoces o en dirigentes o hasta en líderes de asociaciones o movimientos.

Hoy sería el día ideal para ir soltando nombres, algunos los tiene todos ustedes en la mente, son esos señores que viven a costa del presupuesto desde que aprobaron, o no, una oposición a algún puestecito menor y desde entonces han ido ocupando cargos, la mayoría de ellos de confianza, es decir ganados por designación digital, es decir, política partidista. Pero hoy me gustaría señalar a una persona al que tuve la suerte de conocerlo y compartir trabajo en L'Hospitalet de Llobregat en los años 1976/77, y que desde entonces no ha parado de simultanear el cargo político electo, con el cargo político de gestión por nombramiento directo, y que después de seguirle la pista a distancia durante estos años y maravillándome de su capacidad para asumir responsabilidades y de su carrera, al parecer imparable, lo vuelvo a ver como protagonista nada menos que del Liceu barcelonés, ya que sus trabajadores consideran a Joan Francesc Marco Conchillo, el máximo culpable de la situación económica por la que atraviesa ese emblemático coliseo de la lírica europea.

Este conocido gestor, lo debemos considerar un profesional ¿de la cultura o de la política? Si se revisa su currículum sin fijarnos en las circunstancias, sería uno de los más importantes no solamente del Estado español, sino de Europa. Pero en cada cargo de gestión ha existido una decisión partidista, no se le conoce ningún valor gestor, ni creativo, ni un escrito, ni una reflexión. No ha hecho absolutamente nada fuera del presupuesto. Dentro tampoco ha hecho gran cosa, pero ha estado ahí, entre otras de sus innumerables grandes gestiones, dejando al INAEM en sus peores momentos de desorientación, pasando por el Teatre Nacional de Catalunya, para tener un sueldo exuberante sin saberse cuáles eran sus funciones, y ahora en Gran Teatre del Liceu, como responsable máximo, nombrado, claro está cuando en el gobierno central, el autonómico y el local, mandaban los socialistas. Ese era su único aval profesional para acceder a ese cargo de tanta relevancia y trascendencia, su militancia, y el llevar toda la vida en cargos que acumulan currículum en crudo, aunque no se sepa exactamente de dónde le llega su sabiduría de gestor.

El señor Marco Conchillo, para que no se pierda su "legalidad gestora", cuando no tiene cargo designado, lo tiene de concejal o diputado electo, es decir, siempre cobra del presupuesto, no hay problema. Digamos que existen unos cuantos más individuos destacados de esta raza de gestores "profesionales", pero han desempeñado cargos de menor importancia, y no todos han estado como candidatos en listas electorales. Han tenido algo más de prudencia, pudor, miedo o las circunstancias le han llevado a ello. Pero claro, estamos hablando de los profesionales, los auténticos profesionales, aunque no sepamos exactamente de qué.