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Jue, Jul

La tercera escena | Carlos Taberneiro

La falta de profesionalidad es sin duda uno de los males que más contribuye a la degradación de las artes escénicas y al hartazgo, y huida de los teatros, de un público cada vez más exigente y preparado. Me refiero a esas notables carencias en los requisitos de profesionalidad exigibles a todo espectáculo digno que se desee ofrecer a un público al que consideremos merecedor del máximo respeto.

 

Muchas veces la falta de habilidades para resolver retos escénicos, la falta de aptitud, talento o cualidades para afrontar una puesta en escena, la falta de seriedad en los planteamientos y de eficacia en los efectos buscados, se deben a una falta de consciencia, a una cierta ingenuidad, torpeza o falta de capacidad autocrítica a la hora de dimensionar de forma adecuada los desafíos que supone llevar al escenario ese conjunto se elementos que conforman una representación teatral. Pero peor, que los errores involuntarios, son los déficits derivados de la toma de decisiones meditadas y de las auto mutilaciones conscientes de los recursos artísticos o técnicos aplicados a la puesta en escena. Esa es la falta de profesionalidad a la que me quiero referir.

Pero antes de seguir, quizás debería aclarar que, al utilizar la palabra profesionalidad, no me refiero solamente al sector profesional de las artes escénicas. También incluyo al teatro amateur o aficionado. Por otro lado, puede que los amateur o aficionados no se sientan cómodos con un término que les identifica con el profesionalismo. Pero ¿qué término podría utilizar para incluir en esta reflexión al sector amateur o aficionado? No existe la misma “disponibilidad” de términos derivados de la palabra afición, que de la palabra profesión.

Un profesional es una persona que ejerce una disciplina como medio de vida, o de lucro. Utilizamos término profesionalismo si lo que pretendemos es referirnos al cultivo o utilización de ciertas disciplinas, artes o deportes, como medio de lucro, y el término profesionalidad cuando queremos destacar la cualidad de aquel que ejerce una actividad con capacidad y aplicación relevantes, con pericia, seriedad, honradez y eficacia. 

Un amateur -término de origen francés reconocido ya por la RAE-, es una persona que, a diferencia del profesional, ejerce una disciplina sin hacer de ella su medio de vida o sin perseguir fines lucrativos. Para referirnos a la condición de amateur utilizamos, por lo tanto, amateurismo. Pero no existe un término que recoja las cualidades de la profesionalidad aplicadas a lo amateur. No existe la palabra –o quizás debería decir palabro- amateuridad, ni se la espera en la RAE.

El problema se complica cuando queremos definir la condición de aficionado. La RAE no reconoce el término aficionadismo a pesar de haber sido acuñado por Perez de Ayala y utilizado por firmas ilustres como Gregorio Marañón o Pedro Salinas. Este término tiene un cierto uso al margen de la RAE, aunque poco extendido.

El término Aficionalidad, equivalente de profesionalidad, es un palabro escasamente usado y sin pasado literario que lo prestigie.

Por todo lo antes dicho, a falta del vocablo adecuado y descartando Amateuridad y Aficionalidad, no me queda más remedio que utilizar el término profesionalidad para referirme a la cualidad con la que una persona o entidad ejerce su actividad, sea esta profesional, amateur o aficionada. El teatro amateur pude reunir las características que se aplican a la profesionalidad aun no habiendo elegido la vía del profesionalismo. Dicho de forma sintética se puede actuar con profesionalidad sin ser un profesional, aunque el hecho de ser profesional no garantice el ejercicio de la profesionalidad.

A modo de definición de profesionalidad

La profesionalidad es –como define la RAE- la cualidad de la persona u organismo que ejerce su actividad con capacidad y aplicación relevantes. Además, complementando esta definición, cabría añadir… que la ejerce con pericia, seriedad, honradez y eficacia. El ejercicio adecuado de una actividad con profesionalidad, bien sea por una persona o por un grupo organizado o asociación, tiene más que ver con valores éticos, intelectuales y morales que con métodos de trabajo o con técnicas, sean estas de ejecución o de comunicación.

La profesionalidad es una cualidad abstracta. En ella coexisten un conjunto de valores, relacionados con la competencia –capacidad o aptitud- y la credibilidad, que se transmiten y se contagian. La profesionalidad no se aplica en un momento adecuado u oportuno, sino que forma parte de nuestra forma de ser de nuestro modo de relacionarnos con los demás y por lo tanto es transversal a todas nuestras acciones o actividades. Pero la profesionalidad también tiene un importante componente subjetivo, al depender de la percepción del otro y de su nivel de exigencia. El perceptor debe reconocer, en el profesional o en el amateur, los valores y el comportamiento que la sociedad reconoce en una profesión o en una afición. Y es el nivel de exigencia y rigor del perceptor el que puede condicionar la percepción.

Una persona o grupo que realiza su actividad con profesionalidad, nos transmite confianza en su capacidad de actuar de forma correcta, y nosotros la percibimos como lo hacemos cuando reconocemos la honestidad y la honradez en una persona. No hay mecanismos automáticos ni de emisión ni de percepción de la profesionalidad.

Todos nacemos con la intuición necesaria para reconocer en que consiste el buen hacer en el servicio o producto que nos ofrezca una persona o grupo. Sabemos reconocer la obra presentada, con autenticidad, pasión y sinceridad, como fruto de un proceso creativo donde las carencias son reemplazadas por imaginación. Pero también sabemos identificar las engañifas y la superchería sobre la escena, las carencias intencionadas y premeditadas fruto de la economía de esfuerzo o de recursos, o por la pretensión de un máximo “aprovechamiento” con una mínima “inversión”.

George Bernard Shaw dijo… “Dichoso es aquel que mantiene una profesión que coincide con su afición”. En mi opinión, cuando se da este caso en el que los valores que reconocemos en una afición se imponen a los lastres limitantes de una profesión, es más probable que se dé la condición de profesionalidad. Y también a la inversa, cuando una afición deja de serlo y se convierte exclusivamente en una profesión, puede que la profesionalidad se diluya, se desvirtúe e incluso desaparezca por la presión de ciertos “tributos” que la profesión impone.

Los títulos no dan profesionalidad, pero ayudan

Podríamos, simplificando al máximo, decir que la profesionalidad es una actitud que no descansa necesariamente en la aptitud, cuando hay talento. Aunque la capacidad y la preparación, y sus consecuencias como la pericia o la destreza, pueden ayudar.

Existen una serie de titulaciones, diplomaturas o certificaciones que, en teoría, vienen a reconocer, en aquellos que los poseen, los conocimientos y formación adecuados para un desempeño digno de su labor técnica o artística en el espacio de las artes escénicas.

La titulación universitaria de “Grado en artes escénicas” y los “Diplomas en especialización en artes escénicas” emitidos por distintas facultades o centros universitarios, capacitan y forman profesionales para desarrollarse en el ámbito de las artes escénicas, como directores escénicos, actores o guionistas.

El “certificado de profesionalidad” es un título habilitante que destaca la excelencia profesional de ciertos oficios o desempeños técnicos de las artes escénicas (maquinaria escénica, utilería, construcción de decorados para la escenografía o asistencia a la dirección técnica para el espectáculo en vivo).

Finalmente, las enseñanzas no regladas ofrecidas por distintas academias o escuelas reconocen a través de certificaciones ad hoc la formación adquirida por aquellos que desean dedicarse a las artes escénicas bien como profesionales o amateur.

Cualquiera de estas titulaciones puede garantizar las competencias o formación adquirida por el profesional o el amateur, pero no puede garantizar que ese profesional o amateur ejerza con profesionalidad esa actividad para la que fue preparado.

La profesionalidad necesaria

La profesionalidad es fundamental para el éxito en el ejercicio de una actividad, aunque no exista ninguna técnica o método que podamos aplicar, que nos garantice el ejercicio automático de la profesionalidad. No se puede planificar la profesionalidad como no se puede planificar la honestidad. Las cualidades las tenemos de forma innata solo hace falta no poner impedimentos para que se manifiesten.

Cuando un espectador se sienta en una butaca, haya pagado o no una entrada, busque una mera evasión, un estímulo a sus sentidos o un revulsivo para su conciencia, lo que no quiere ver son ejercicios de mala praxis, productos mal acabados y con carencias notables. Cuando un espectáculo se construye desde la profesionalidad de los miembros de su reparto, elenco, equipo técnico, dirección artística… y todos los etcéteras profesionales o amateur que queramos añadir, conseguiremos, al menos, no traicionarnos a nosotros mismos y, lo que es más importante, al público.

Si se está enamorado de una actividad, sea esta técnica o artística, profesional o aficionada, y se realiza con pasión, preparación y honestidad, será más probable que nos acerquemos a lo que se define como profesionalidad. Y, con el ejercicio de la profesionalidad en toda su amplitud, también se incrementarán las posibilidades de que podamos alcanzar un mayor nivel de calidad que nos acerque al reconocimiento del público, al éxito y, porque no, a la excelencia.

De no querer adoptar los valores intrínsecos a la profesionalidad, siempre queda la opción de no seguir engañándonos a nosotros mismos y de cambiar de profesión o afición.

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Los cinco continentes del Teratro

Querido lector, quisiera contarte aquí cómo nació la idea de este libro porque el origen, como sabes, es al mismo tiempo, el inicio y el fundamento. A fines del siglo pasado, estábamos sorprendidos de que nuestro libro El arte secreto del actor. Diccionario de antropología teatral –publicado por primera vez en 1983– continuara siendo editado y traducido en diferentes idiomas. Probablemente resultó eficaz su fórmula simple en la que textos e imágenes tienen la misma importancia, y uno constantemente remite al otro; las ilustraciones se volvían protagonistas para sostener un nuevo campo de estudios, la antropología teatral ideada por Eugenio. Si como estudioso del teatro yo había colaborado con la antropología teatral, ahora le pedía a Eugenio su participación en la vertiente de la Historia, con un libro que imaginábamos como un complemento del precedente. Aun teniendo que decidir toda la organización del libro, me respondió que era una buena idea y me propuso que los argumentos giraran en torno a las técnicas, nunca lo suficientemente estudiadas, de los actores.
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