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Dom, Abr

negro & negro | Norka Chiapusso

En estos últimos 30 años la labor de la programación ha evolucionado en el Estado español hacia una clara profesionalización. Quizás se ha reconocido y se ha dado visibilidad a un rol que ha existido siempre. Desde tiempos inmemorables alguien se encargaba de decidir que se ponía o se dejaba de poner encima de un escenario. Incluso la falta de decisión se convertía en si misma en una decisión con sus consecuencias. Existe un exceso en el protagonismo adquirido por la labor de programar un espacio. Protagonismo y profesionalización que no ha venido siempre acompañados de formación, de referentes o de expectativas acerca de las buenas prácticas de la función de programar.

 

Tampoco han venido acompañados de una perspectiva artística. Una perspectiva de la programación no sublimada ni a la pura gestión, ni a la política. El concepto dominante de programación como pura gestión cultural de un espacio escénico despoja a ésta de su esencia de su sentido más profundo. Programar considerando el escenario como espacio de libertad para soñar y crear.  ¿Dónde colocar los límites entre el arte, la política, la gestión o los recursos? ¿Hasta dónde se puede abstraer la programación de la influencia política? Difíciles se presentan las respuestas. ¿El programador es meramente un seleccionador de espectáculos? ¿Esto es suficiente? No son fáciles de delimitar las fronteras a la hora programar. Pero despojar de la labor de la programación de un criterio artístico e ideológico es castrarla de salida.

Labor artesanal

El programador en su labor debe contar con los artistas, abrir puertas y ventanas de participación al sector y echar buenas dosis de creatividad a su trabajo, legitimando de esta manera, las programaciones que presenta. La programación es una labor artesanal que reclama una autoría, una firma. La programación como trabajo artesano que provoca un diálogo entre los artistas y el público con el objeto de suscitar reflexión, inquietud, curiosidad o pensamiento. Por lo tanto, la perspectiva de la gestión debería estar al servicio del Arte. Lo cual no entra en contradicción del deber de realizar una óptima administración y gestión de los  recursos materiales, económicos y humanos.

Programar significa apostar

Programar significa apostar y tal vez, fracasar. Programar significa correr y asumir riesgos, en un oficio (el de la creación teatral o coreográfica) donde la posibilidad de riesgo, en si misma, ya es muy grande. ¿Y quién quiere correr riesgos? ¿Quién quiere coquetear con el fracaso, con el error?

El programador tiene responsabilidad con el ciudadano, con el público, con el artista, y lógicamente, también con la institución.  La programación tiene que ser propositiva, comprometida con el arte escénico. No debería caer en la comercialidad pura y dura, ni en el éxito fácil, ni siquiera en el “café con leche para todos”. Apostar por la obra de un artista es un acto de libertad, es un hecho artístico en sí mismo. Las cesiones complacientes al colectivo son actos políticos. Es decir, los criterios políticos en el sentido de programar emergencia local y apostar por gente joven que se considera que tiene futuro y calidad aunque todavía les falten funciones y experiencia. Este tipo de apuesta puede ser facilitadora de que esta compañía en un futuro madure y ya con todos los galones entre a formar parte de la programación por razones estrictamente artísticas o entre en programaciones de teatros del exterior. Distinguiría entre criterios “políticos” e injerencia política, son distintos.

Apostar por dramaturgias diferentes y novedosas que generen curiosidad y un contrapunto distinto a la heterodoxia no deja de ser una apuesta de futuro. Insistir nos dará resultados antes o después con el público que merece ver propuestas distintas. Apostar por contenidos… apostar por la danza, o por el nuevo circo… Realizar acciones de discriminación positiva... En definitiva, ir por delante del público y ofrecer lo que todavía no ha llegado al gran público.

La programación es reflexión

La programación es reflexión. Fundamentalmente reflexión. Programar no consiste en rellenar un calendario. Las programaciones que no son fruto de la reflexión son programaciones que adolecerán de coherencia interna, de alma, de un fin definido. ¿Qué es lo que las artes escénicas deben aportar a la sociedad?, ¿por qué se presenta una programación y no otra?, ¿qué buscamos cuando presentamos una programación de una índole o de otra? ¿por qué las artes escénicas se nos antojan imprescindibles en la sociedad actual?. Todas ellas, son preguntas que merecen una respuesta sustentada en un proyecto marco. La respuesta banal o las excusas puntuales no se justifican. La producción escénica es basta y variada. Permite encontrar unos niveles de calidad más que aceptables. La cultura es un derecho y una necesidad irrenunciable porque es el único camino que nos conducirá hacia la superación colectiva y hacia la libertad, sin miedos, sin servidumbres de ningún orden. Debemos poner en valor la cultura, en nuestro caso, la escénica.

La Administración ya no tiene el dinero necesario. Los teatros tampoco. Hay que seleccionar. No hay días en el calendario, ni capacidad económica para responder a la gran cantidad de propuestas de todo tipo que se producen cada año. Por ello, debe imponer una forma de programar con criterio fruto de una reflexión enmarcada en un proyecto artístico del teatro, festival....

Autocontrol y equilibrios

Dependiendo de cuestiones socio-culturales la intervención y la labor del programador debería ser radicalmente distinta desde un lugar o desde otro. Dependerá de la ausencia o no de la intervención privada, del nivel económico de la población, del nivel cultural, de la especialización o no del espacio, etcétera…    

La programación es aprender a decir no a uno mismo, de aprender a renunciar, de aprender a distinguir entre lo que queremos hacer y lo que debemos hacer. Un programador compra un mínimo porcentaje de la producción existente por lo que hay que aprender a renunciar a las cosas. Hay casos que son muy claros. El problema está en los casos fronterizos, dónde el sí y el no son posibles, la mayoría. Aquí hay que tener autocontrol y evitar gustos, simpatías, deseos y aplicar criterios técnicos como cuento con el espacio adecuado en metros o en dotación técnica, o cuento con los recursos necesarios o no estoy comiendo el terreno de otro espacio o entidad. En fin, infinidad de circunstancias.

Y en función del entorno es imprescindible mantener los equilibrios entre temas, formas, formatos, públicos… etcétera.

En este amplio panorama hay todo tipo de programador y forma muy distintas de entender la programación. Muchos buscan la variedad y el mantenimiento de los equilibrios. Otros muchos no… Se fijan más en el precio rozando el amateurismo en una programación profesional, o el localismo cerrando puertas a compañías de fuera, o que presenten protagonistas conocidos o famosos. O simplemente alegan razones y argumentos relacionados con el perfil de su público como si lo conocieran con detalle, personalmente,  uno por uno. O hablan en el nombre de EL:…

NOTA: Parte del artículo sobre programación publicado en el Informe sobre las artes escénicas en España: distribución, programación y públicos (2020). Publicado por la Academia de las Artes Escénicas de España (AAEE). www.academiadelasartesescenicas.es