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Sáb, Sep

Y no es coña | Carlos Gil

Estoy de acuerdo con casi todo lo que leo, escucho, visiono, me mandan por redes sobre la situación de las artes escénicas, sus posibles soluciones, las necesidades inmediatas y las reivindicaciones ante las instituciones y autoridades diversas que tienen algo que decir o hacer al respecto. No es tiempo de discusiones estériles, sino de buscar los consensos más amplios para salir lo más rápido posible de este terror. 

 

Estamos confinados, algunos viendo pasar las horas mirando a la pared y las diversas pantallas, contando las posibilidades de subsistencia con los recursos económicos que figuran en la cuenta corriente, el bolso y la hucha. Y sin saber cuándo será el próximo ingreso. 

Otros mirando a la pared, a sus pantallas, pero con un contrato fijo, una plaza de laboral, que le permite conocer de una manera u otra lo que va a cobrar en los próximos meses. Son dos posturas semejantes en la angustia sanitaria, pero muy diferentes en la vital. Y en eso es en lo que deberíamos insistir en estos días de enajenamiento en nuestras cuatro paredes solitarias o compartidas.

Es tiempo de reflexionar, de visionar el futuro, de hacer las paces con el pasado, de estudiar, de prepararse, de ponerse al día, pero muchas de estas reflexiones nos pueden llevar a un callejón sin salida: el sistema de las artes escénicas en el Estado español es demasiado débil, desigual, se basa en la auto-explotación de unos, de la miseria de muchos, de la estabilidad de unos pocos, pero, además, de una estabilidad de mercado, no estructural, no de confianza, sino de éxito, oportunidad, moda y producción mercantil.

Por eso digo yo que pronto amaneció en el valle del olvido porque leo, escucho, repaso, visiono todas las propuestas y casi no se intuye una variación mínima sobre lo existente. Por resumir y utilizando la rotundidad de un gran creador: “después de esto va a quedar El rey León y el CDN”. Es una manera exagerada de mostrar el desasosiego trascendental, no el coyuntural. Podríamos añadir alguna empresa monopolista y protegida que seguirá chupando del bote, y poco más.

Por eso, ya que salimos a los balcones a aplaudir a los sanitarios y demás servidores públicos, yo digo que ahora mismo, sin estar infectado de más virus que los ideológicos, proclamo, reclamo la necesidad imperiosa de tomar medidas profundas para utilizar los recursos destinados a mantener edificios teatrales, funcionariado y convertirlos en lugares donde existan compañías estables de teatro, danza, ópera, con sus elementos imprescindibles: músicos, dramaturgistas, escenógrafas, iluminadoras y demás. Y todos con contratos fijos de larga duración. Públicos, Teatros Públicos, con su reglamentación y sus seguridades. Sí, lo digo otra vez, PÚBLICOS, bien dotados económica y técnicamente, con reglamentos claros y concisos. De ser así en unos pocos años saldrá la ciudadanía a aplaudirnos a los balcones todas las noches de plenilunio.

De seguir en este olvido, seguirá siendo algo casual, insustancial, en manos de unos pocos, lo que nos coloca en la indefensión absoluta y en la cola de Europa en cuanto a sus estructuras.

¿Ya lo había dicho?

Pues lo repetiré hasta que no quede un teatro sin un plan estratégico de producción y exhibición. 

Porque hoy, es decir hoy, solamente tienen asegurado su futuro los directores y cuadros de los teatros públicos, bailarinas y bailarines de los cuerpos estatales, músicos de orquestas y técnicos de las unidades de producción. Los artistas, los imprescindibles, a verlas venir, a esperar el teléfono, o un papel en una serie, y eso es malo para todos. Especialmente para hacer teatro de verdad en el siglo XXI. Y más el teatro postcoronavirus.