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Lun, Dic

Sud Aca Opina | Patricio Sancha

Los últimos acontecimientos de protestas ciudadanas contra la desigualdad auspiciada por la clase política, son protestas de país desarrollado, en un país que aún no lo es. Al estar rosando los bienes materiales que puede comprar el dinero, el que en su mayoría pertenece aún a los bancos, la ciudadanía guardó la tarjeta de crédito para abrir los ojos y mirar la realidad.

 

Los dueños de autos y casas en la playa, o apuntando más bajo, de los televisores plasma y los equipos de música apoteósicos, no son dueños de nada, son los deudores que mantienen en funcionamiento a este sistema liberal, o neoliberal, o de libre mercado, o de lo que sea…

Pasamos de tomar vino tinto en vaso, al bourbon con hielo de agua purificada, sin escalas.

Nos creímos el cuento muy bien contado por quienes ya sabemos, a pesar de que, en lo profundo de nosotros mismos, sabíamos de la falacia de la cual éramos víctimas.

Así como un niño muy pequeño para esconderse se tapa los ojos pensando que, si el no ve a nadie, nadie lo puede ver, nos pusimos la venda del falso bienestar mientras llegar a fin de mes se transformaba en un calvario para millones.

No somos un país africano donde la desnutrición eleva la mortalidad infantil, ni estamos en guerra donde los fabricantes de armas se enriquecen a destajo, pero hoy en día donde el planeta se está transformando en una aldea global y todos tenemos la legitima aspiración a estar mejor, el saber de países donde la justicia social no discrimina entre apellidos, color de pelo, riqueza, colegio donde se estudió, y una serie de variables que para esos países parecen pre históricas, primero nos inquieta, luego nos incomoda y terminamos saliendo a la calle a exigir dignidad, como lo estamos haciendo por estos días en chile.

Si bien es cierto en la infraestructura material/país ya se nos dejaba de tildar como país sub desarrollado para colgarnos el título de país en vías de desarrollo, estábamos perdiendo la característica que nos define como especie animal; la humanidad.

La ambición de unos pocos nos deshumanizó hasta llevarnos al rincón del egoísmo donde la frase regente, a pesar de no ser dicha a viva voz, resonaba en nuestra intimidad, era “sálvese quien pueda”. No “salvémonos todos juntos”, sino yo me salvo sin importarme tu condición. Con suerte ayudando al círculo más íntimo.

Antes los ancianos terminaban viviendo con sus hijos hasta el día de su muerte, hoy en día son abandonados en precarios hospitales, y si se tiene dinero, en hogares de ancianos donde esperar la muerte en soledad.

En los pueblos originarios los ancianos eran los guardianes de la sabiduría y eran no solo respetados, sino queridos hasta el momento de su partida. Hoy, ojalá partan lo más rápido posible para profitar de su herencia económica, si algo logró acumular durante su vida productiva haciendo funcionar el mercado.

Desarrollarse no es tener más, sino, ser más. Ser más humano, mejorar las relaciones sociales, considerar al otro sin prejuicios ni ambición.

No se puede vivir sin bienes materiales, pero ¿por qué las marcas se han vuelto más importantes que los productos en sí mismos?

Todos sabemos la respuesta; nos hemos transformado en número de cliente deudor y hemos dejado de ser individuos con sentimientos.

No somos los indignados españoles ni los chalecos amarillos franceses, pero somos seres humanos como cualquier otro.

Si se produce el cambio que debe producirse para no terminar en violencia destructora, obtendremos el título de “país desarrollado”, a pesar de la ambición egoísta de unos pocos.