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Mar, Nov

Sangrado semanal | Juana Lor

El ser humano es trágico por naturaleza. Cada persona que camina por la calle ha vivido su propia tragedia particular, aunque su andar no lo delate. Y es que las personas nos acostumbramos a todo y a todos y somos capaces de sobrevivir y sobrellevar las más terribles situaciones. Y aunque bien sea cierto que hay personas más emocionales que otras, todas tenemos nuestro corazoncito. La autista Temple Grandin afirma en uno de sus libros que le es más sencillo relacionarse con ingenieros y científicos que con otro tipo de personas, cuyas vidas se ven regidas en mayor medida por la fuerza salvaje de sus caballos emocionales.

Independientemente de matices, si ahondamos un poquito, (o un muchito), en las profundidades de cada cual, todos tenemos heridas que curar y conflictos emocionales que resolver. Se trata de problemas que adquieren tintes y matices personalísimos en cada caso particular, porque madre no hay más que una y el primer amor de cada cual siempre será único e intransferible. Y, sin embargo, es precisamente, la condición de singularidad de nuestros conflictos más terribles, la que convierte, a su vez, al hombre y a la mujer, en un ser universal. Porque todas nuestras penas hondas, tan ligadas a personas insustituibles de nuestra vida, están relacionadas con temas que tocan de pleno a la condición humana: la muerte, la pérdida, el abandono, la dependencia, el amor y el abuso de poder.

Mediante el psicodrama, los conflictos no resueltos de una persona concreta se escenifican, es decir, se representan en el espacio con personas de carne y hueso. Pero, ¿cómo encontrar el conflicto, la materia viva con la que trabajar? A menudo, uno ni siquiera es consciente de que aún tiene algo que resolver de una vivencia pasada que considera digerida y enterrada, por eso, existen varias vías para traer a la sesión el conflicto en sí, o al menos, la punta del hilo de la que empezar a tirar. Muchas veces, la madeja de recuerdos está escondida bajo muchas capas de cerrazón disfrazada de buenos modales, contención, desprecio o simples ganas de volar hacia otro lado. Otras veces, la persona que acude ha realizado ya un trabajo interior previo que facilita el aflorar del conflicto que se va a trabajar. Algunos de esos conflictos emergen en la sesión como cuando estalla una olla a presión, otros avisan levemente, como un run run de volcán antes de empezar a dejar salir lava densa y ardiente. En otros casos, algunos conflictos están buceando a tanta profundidad que, desde que se produce la llamada desde arriba hasta el final de la sesión, tan sólo consiguen subir un par de metros en dirección a la superficie, al consciente. A veces, cuando sucede esto último, la persona puede sentir cierta frustración, sobre todo si se compara con otros miembros del grupo que hayan conseguido hacer aparecer y trabajar sus pesadillas, pero deberían estar muy satisfechas porque es muy probable que esos metros de subida hayan sido un auténtico paso de gigante.

Los conflictos que van a trabajarse en la sesión de psicodrama pueden hacerse emerger desde un proceso aparentemente aleatorio o casual, como es que una persona del grupo realice una escultura humana con el resto de participantes. Una vez diseñada la escultura, es probable que el escorzo adaptado por alguna de las personas que la componen, resuene en el interior de la misma haciéndole traer al espacio un recuerdo muy vívido de algún conflicto pasado que está sin resolver. Otro camino para traer al presente consciente otro tipo de asuntos que nos tienen el interior mellado es jugar con títeres o muñecos. Los sueños o, mejor dicho, lo que recordamos de ellos, son también una rica llave con la que poder abrir la puerta al inconsciente y atraerlo a la sala de trabajo.

Una vez que el conflicto comparece en la sala, el siguiente paso es revivirlo, representarlo. Los compañeros y compañeras de la sesión asumirán los distintos roles de las personas que aparecen en el conflicto. Será la persona que va a trabajar su problema quien elegirá, sin pensar mucho y desde la más absoluta espontaneidad, que miembro del grupo asumirá cada rol. Así, en un estado consciente, que, sin embargo, tiene algo de la libertad que diseña los sueños, la persona verá representado el conflicto, su propio conflicto, por sus compañeros de grupo. Aquí, también existen varias posibilidades de desarrollo: La persona involucrada puede quedar totalmente al margen y ver desarrollarse el conflicto desde fuera, como un espectador pasivo. También puede adoptar su propio rol dentro de la escena y volver a revivir lo sucedido con una madre, un hermano, un padre, un amor, un monstruo, etc. Una vez revivida la escena en su totalidad, la persona puede asumir el rol de los diversos seres que pueblan su historia y hacer así la ronda entera, viviendo cada una de las posturas emocionales, incluida la propia para acabar.

El psicodrama resulta sanador y liberador porque, entre otras cosas, permite al participante asumir el rol de aquella persona, ser o cosa que le hizo daño. Es decir, que enseña a ponerse verdaderamente en el lugar de los demás y a enfrentar la visión del conflicto desde todos los ángulos. También ofrece la posibilidad de cambiar el final de una situación de conflicto. Permite elegir la salida conscientemente, desde el reconocimiento de la emoción que nos embarga en estos casos. Así, uno pronuncia las palabras que nunca pronunció y siempre quiso decir, dejando fluir las emociones sin convertirse, por ello, en esclavo de ellas.

No deberíamos subestimar el poder de la representación. Por algo dijo Peter Brook hace ya algunos años que la ciencia estaba poniendo nombre a cosas que el teatro había sabido desde siempre. Y, aún con todo, el psicodrama no es teatro al uso porque, al contrario de lo que ocurre hoy en día con la relación actor-espectador, todas las personas presentes en la sesión participan activamente en lo que está ocurriendo. Incluso aquellos participantes que no adoptan un rol en la escenificación son igual de importantes, porque actúan como resonadores y amplificadores de aquello que está sucediendo ante sus ojos. A menudo, algo de lo que están viendo despierta en ellos un recuerdo o conflicto que elige salir a flote para ser representado acto seguido.

Escribo estas líneas y me pregunto si no sería más acertado decir que el psicodrama es teatro por todas las razones que acabo de enumerar. ¿No son exactamente estas cosas las que llamamos a suceder cada vez que hacemos teatro? ¿Qué es, entonces, lo que está tan muerto en la mayoría de los casos en los que hacemos teatro para que no se produzca esto que acabo de describir? No se molesten, ya me contesto yo solita: La espontaneidad.