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Mar, Nov

Y no es coña | Carlos Gil

Convocados para la celebración de su cincuenta aniversario, unos centenares de miembros del pueblo secreto del Odin, hemos pasado un fin de semana en Holstebro, con sol resplandeciente, para recibir descargas controladas de magnetismo teatral, histórico, actual, de renacimiento y futuro. Es tarea imposible resumir todo lo vivido, las experiencias que nos han marcado, la reflexión sobre el quehacer teatral, el sentido de una ida, de muchas vidas, el hermanamiento auténtico alrededor de la ejemplaridad de este grupo que tanto ha diseminado por el orbe una idea fundadora de una era floreciente del teatro universal.

Este pueblo secreto está formado por algunos significantes y reconocidos pensadores del teatro desde la filosofía, la antropología, la interculturalidad o la neurociencia; actores y actrices que han sabido asumir en su práctica diaria una metodología que se ha ido formando en la búsqueda de estos pioneros del Odin; directores que han aplicado algunos de los conocimientos adquiridos tanto en la visualización de sus espectáculos, como en la lectura de sus libros; algunas decenas de críticos y estudiosos de los fenómenos teatrales que han sabido acompañar desde la admiración este proceso creativo.

Es, por tanto, el pueblo secreto más conocido, pero sí es cierto que el concepto es parte del ideario, un pueblo secreto que ha ido acogiendo solidariamente a los miembros del Odin, que se reconocen entre ellos, que son convocados siempre a manifestarse desde la más absoluta libertad, sin fanatismo ni sectarismo, simplemente caminando juntos un camino que se va describiendo en el propio viaje. Una manera de entender el mundo, de hacer de la vida una obra de arte, o de hacer arte, a partir de entregar una vida a un oficio trascendente. Un pueblo secreto al que uno pertenece por derecho de colaboración.

Hemos visto muchos espectáculos, festivos, con muchos jóvenes en escena, pero el plato fuerte fue la acción teatral llamada "Claro enigma", una reflexión desde y hacia el proceso creativo del actor, pero a la vez una exhumación del pasado para hacer con esta presencia una despedida que propicie una nueva epifanía. Pero una acción muy meditada y con una producción espectacular ya que realizaron en el jardín de su sede un gran socavón donde enterraron elementos de vestuario y atrezzo de espectáculos anteriores. Y se tapó, y en ese lugar se pusieron unos columpios que al instante fueron utilizados por unos niños, una transformación que a algunos nos dejó helados, anonadados, viendo esa acción, realizada ante nuestros ojos, que nos colocaba ante una realidad con componentes sentimentales y emocionales superiores, esa manera obsesiva de guardar y guardar que realizamos como si solamente quedara el pasado, sin apenas atender al presente y sin mirar hacia delante, para seguir por todos los caminos que se nos abren.

Esta sensación de fin de ciclo, de efemérides, de asistencia a un rito, sobre el propio rito, mientras los hindúes del Ashtanaga Kalam Pulluvan Pattu de Kerala seguían con sus ritos, con sus celebraciones, sus músicas y cantos, aparentemente ajenos a ese acto, como sonido de fondo, pero a la vez, como acompañantes del espectáculo del Odin. Es decir, son tantas las sensaciones acumuladas, que los miembros del pueblo secreto nos unimos a continuación en una cena muy especial, una asamblea de ese pueblo para volver a citarnos con la historia, con la labor de cada cual en su específico punto de destino.

Ahora realizamos el viaje de retorno, regresamos muy cargados, como debe ser siempre el teatro, venimos con algo cambiado en nuestro más profundo ser, con unas ganas de culminar el trabajo, de acomodarse a lo importante, no solamente dedicados a lo urgente. Todo han sido reencuentros, conocimientos, abrazos, proyectos, sentido de pertenencia, una forma identitaria de un pueblo siempre en la diáspora, pero siempre unido por ese hilo conductor que es la propia historia del Odin, su realidad actual, y saberse hermano de todos y cada uno de sus miembros. Todo lo que vivimos fue teatro del bueno, del importante del que no se encuentra normalmente. Y ese es el fundamento, la constitución de este pueblo sin gobierno, ni reyes, sino anárquicamente disciplinado con su propio compromiso de vida y de servicio a los demás a través del teatro, cada uno en su lugar de combate, siempre a punto de actuar para ocupar espacios de libertad, sabiduría y sensibilidad artística. Un pueblo hermano de todos los pueblos.