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Sáb, Ago

Y no es coña | Carlos Gil

A los socios de la SGAE nos llegó un trabajo de recopilación de los programas de los partidos concurrentes a las elecciones del próximo domingo, con un adjunto de lo específico dedicado a la cultura y de ahí fuimos sonsacando lo que se proponía en el ámbito de las Artes Escénicas. Nos sorprendió que algunos partidos ni siquiera se molestasen en pararse en este rubro, otros que lo que proponían era de una ambigüedad absoluta, en otros que parecía un copiar y pegar insultante y en uno que había un trabajo bastante elaborado, aunque parece muy retórico, muy ingenuo, con lagunas grandes y con una falta de orientación presupuestaria suficientemente captable en una lectura previa.

De todos estos asuntos si quieren tener otra opinión más detallada, les ruego lean el artículo de su sección Desde La Faltriquera de José Gabriel López Antuñano titulado "El Teatro en el 20D" en este mismo soporte. Él ha hecho un análisis sobre las grandes líneas propositivas, y hasta de las ausencias. Yo solamente quisiera señalar que me ha sorprendido que aunque sea algo como muy poco elaborado se diga en algunos programas que hay que revisar el funcionamiento del INAEM y de sus unidades de producción.

Yo diría que este punto es crucial. El INAEM pertenece a una concepción de los años ochenta y ha servido durante un buen tiempo, pero hoy no tiene encaje constitucional claro. Y no lo tiene porque se han aprobado estatutos en Catalunya, Andalucía, Valencia y Aragón en donde al llegar al apartado de Cultura, tras los dos puntos de rigor se dice: Exclusividad de la Autonomía. Eso ha hecho que las subvenciones que antes eran a la Producción, hoy sean a Giras, que la existencia de una Unidades de Producción de titularidad estatal que solamente operan en Madrid se vean más claramente como un anacronismo y un despilfarro centralista. No quisiera entrar en muchos más detalles. La revisión constitucional debe llegar a estos puntos o de lo contrario nos encontraremos perpetuando el atasco actual.

Uno vive este momento político con la incertidumbre de la inmensa mayoría. Con ilusión y con retranca. Viendo situaciones dolorosas en el arco de la izquierda, con pocas esperanzas porque no se usa la cultura como valor electoral en ningún caso y porque llegando a lo nuestro, a las instituciones con las que funcionamos en las Artes Escénicas, la foto fija es de viejo régimen. Parece que han llegado nuevas voces políticas, que no será un gobierno monocolor ni mayorías absolutas de una opción. En las otras instituciones nuestras, gremailes, incluso la recién creada, huele a testimonial, a inercial, a mantener las mismas jerarquías, las mismas cabezas, las castas, las familias. Y esto costará mover.

Porque están casi siempre los mismos en todos los lugares y porque esta pertenencia a familiares es fundamental para trabajar y medrar. Y porque si uno mira las carteleras, especialmente de los teatros con presupuesto institucional, las puertas giratorias son interminables, no tiene fin. Yo te contrato a ti, tú me contratas a mí. Dan una sensación de que ellos son los únicos directores capaces, y son cuestionables estas posiciones desde una mirada estricta de medición de la ambición artística. Y el paso de lo privado a lo público o la concomitancia durante el mandato es de asustar. Peor esto nos parece lo más normal y callamos. Y vemos sobresueldos, despilfarros, con dinero público, y callamos. Callamos por cobardía, por complicidad pasiva, porque no sea que nos castiguen y nos dejen sin las sobras.

Lo malo es que votemos lo que votemos, esto no cambiará con nuestra elección, porque me temo que los que controlan casi todo no están por la labor, les va muy bien cómo va todo. Todo está pervertido; todo está por hacer. La regeneración debe venir antes de que esto sea irrespirable. O lo que es peor, irrecuperable.