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Dom, Sep

Y no es coña | Carlos Gil

De nuevo he incumplido mis deseos y promesas de procurar no acudir a los estrenos oficiales de las obras de teatro. En tres días dos, en Madrid y Vigo. “Las canciones” de Pablo Messiez en el Pavón Kamikaze y “Diamon y la jodida lógica” de Matarile. Dos grandes espectáculos, dos buenos espectáculos, dos muestras de las posibilidades de tejer mensajes subliminales a través de las explosiones de emociones sucesivas. 

 

En estos días se está hablando mucho de la necesidad de separar al artista de la persona. Alguien puede ser una persona sospechosa y a la vez ser un gran artista. Es una manera de resumir algo que me cuesta digerir todo entero sin protector gástrico, pero que vamos a mantener como posibilidad y muletilla para entrar en mi propia contradicción que no es otra que la de separar al ciudadano, al espectador, a la persona cargada de referencias que presencia un espectáculo y que lo siente de una manera concreta y el análisis que se debe hacer posteriormente desde el nivel de exigencia técnica, ética, estética con las dosis y fórmulas que cada uno pueda disponer en cada momento. Estoy hablando de la tortura del rol, destino o apropiación teatral indebida que cada uno que opina del trabajo de los demás está dispuesto a cauterizar en sus propias heridas. De la soberbia a la falsa humildad. Del autoritarismo rotundo al paternalismo fractal. El rigor lo escondemos un rato, no sea que nos monte un escándalo gratuito.

Mantengo una convicción: los críticos, ex críticos, programadores, profesionales frustrados de diferentes gremios, no deberíamos entrar en masa en las salas de teatro. Debería existir una regulación, cuantificable o medible según el grado de idiocia reconocida en cada sujeto, y diseminarlos por diferentes lugares del espacio para que no creen anticuerpos y bloqueen la comunicación entre escenario y platea. Somos el peor público existente. Bueno, a mi entender, existe otro público nefasto, el estrenista, sea en plan cínico o en plan fan, amigas para siempre o promesas en ciernes que aplauden, jalean, se ríen, hacen ver que disfrutan como si fueran público con bocadillo en un programa televisivo. Ni uno ni otro. El público de pago, los públicos que conforman la ciudadanía, son los que realmente ayudan al crecimiento de las obras. De ahí, mi deseo de acudir a funciones con públicos verdaderos, no los que no pagamos o, como mucho, damos una propina para crear becas a dramaturgos, oenegés de la escritura o lo que sea. Asunto que me parece buena idea.

Entonces viene la disociación, lo que uno ha disfrutado, sufrido, sentido durante una representación y lo que esas sensaciones, emociones se convierten después en un discurso analítico de lo presenciado, si existe, si es posible, que a uno le “guste” mucho una obra, la “disfrute” como un loco, pero después cuando se queda mirando a las estrellas pensando en ello, sabe que ha participado de un magnífico ejercicio teatral, un buenísimo show, pero que considera que algo no le acaba de cuadrar. Es entonces cuando se utilizan los tópicos, los manuales, se pone uno de perfil, se ahueca, se acalora, se le queda el sudor frío y debe luchar entre lo sentido, con lo razonado. Es cuando a uno le preguntan de manera espontánea sobre esos montajes y carraspea unas décimas de segundo antes de contestar de manera entusiasta. Porque depende de con quién se hable, quién pregunte, dónde establezcamos el nivel de la discusión, el debate, el análisis o la merendola, uno debe acomodar su lenguaje y su grado de insinceridad.

Probablemente estamos llegando a esta frontera de las críticas en donde se coloca un pero… y empieza la contradicción o la matización. Y con estos dos espectáculos que me han inspirado estas secuelas esquizoides, que los he disfrutado mucho, que no me han hecho mirar el reloj ni contar los focos, cuando he reposado mi cerebelo, es cuando he visto la sabiduría que contienen en todos los sentidos teatrales, pero que, a los viejos estructuralistas con retranca izquierdista, progresista y pueden añadir todos los insultos actuales, les parece que falta algo. O, dicho de otro modo, que, siendo muy buenos, indiscutiblemente logrados en su idea previa, su desarrollo y sus objetivos y eficaces en su comunicación, cada uno en su personalísima visión del hecho teatral, se instalan en un entretenimiento de alta calidad que se evapora. Y esto no debe entenderse como una acusación de nada. Creo que responde a un momento histórico, político, en donde hay una necesidad de establecer unos vínculos más directos, menos tensionados en cuanto a la mirada al mundo, más colocados en un humanismo casi religioso, que da al buenismo, al buen rollo, a la esperanza, un valor superior.

Asunto que a un pobre sexagenario le coloca ante la desesperanza más absoluta. No podré salir del blues húmedo y con neblina, ni los jipíos más desgarradores. He quedado en la zona de los dinosaurios cojos, borrachos y sin futuro. El Club de los Amargados que disfrutan como locos leyendo poemas de Claudio Rodríguez. Puede ser que necesitemos abrazos y terapias, porque estamos hablando con este tono de dos creadores a los que se admira, a los que se defiende y se defenderá siempre. Tendré que volver a las drogas duras y leer de nuevo a Amado Nervo. 

Y de teatro, ¿qué? 

De teatro, ná. 

Pero no decías ¿qué? 

Decía, pero ná.

Rapsodia desesperanzada.