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Mar, Nov

Y no es coña | Carlos Gil

El encuentro con viejos amigos y compañeros en aventuras teatrales forma parte de un ritual de la baja edad de jubilación. Pasan los años y algunas siguen de manera pertinente al frente de sus proyectos, otros han ido variando su lugar de servicio a la causa, todos formamos una suerte de especie en extinción que se resiste a desaparecer. No sabría considerarnos resilientes, ni resistentes, ni tozudos, sino, acaso sobrevivientes de una era cultural y teatral que se podría considerar como una montaña rusa intangible. Muchos se perdieron en la miseria de la gestión, el sueldo fijo, el cargo político, pero algunos siguieron compaginando los días de vino y éxitos, con ese ostracismo tan parecido a la censura que lleva a la desesperación o a la lucidez. No hablemos ya de las enfermedades, ni las plagas que en ocasiones nos diezmaron. Hablamos, hoy del mañana, de volver a demostrar que seguimos en actividad y actitud positiva.

 

Un buen comienzo para esta homilía que quiere seguir en el estante de la opinión crítica positiva, como algunos me dicen: “¿qué te pasa que estás tan blandito?”. Pues me pasa que hay semanas en las que uno tiene suerte, presencia estrenos o ve espectáculos en donde encuentra motivos más que suficientes para reconciliarse con el Teatro, que  vuelve a disfrutar de cosas tan sencillas como dramaturgias claras y eficaces, textos magníficos, tanto en sus originales, sus traducciones y sus adaptaciones, que son bien dichos, dentro de una puesta en escena que puede ser de las que buscan marcar un punto de vista, que se inspira en un hálito estético compartido por los intérpretes, dejando que funcionen todos los elementos básicos en su grado preciso de importancia en cada instante. 

Exacto, estoy blandito, porque no tengo muchas ganas de amargarme con lo que me parece ridículo, sobrevalorado, de moda, incoherente o mercantil. Yo amo, dentro de mis capacidades intelectuales y de conocimiento, el Teatro. Nada más que eso: el Teatro. Y dentro de este soberano término cabe casi todo, menos, en mi religión, lo oportunista, lo redicho, sobreactuado o infra actuado. Lo demás, bueno, buenísimo, regular o malísimo, son consideraciones subjetivas, a las que se llega por decantación, análisis comparativos con herramientas de medida nada cuantificables.

Entonces, les dejo someramente unas impresiones. “Mercaderes de Babel”, un trabajo limpio, una buena adaptación de la obra de Shakespeare, con un actor original, británico, que actúa en inglés, es decir, que añade a su Shylock un ingrediente de colorido y trascendencia variable. Un montaje claro, en fondo blanco, donde la mano de Carlos Aladro amasa un trabajo digestible.

Ricardo III, de Kamikaze, una adaptación de Antonio Rojano y Miguel del Arco, con dirección de este último que nos coloca en el hoy, que desnuda de pasajes barrocos, para mostrarnos descarnado al personaje principal que defiende muy bien Israel Elejalde, y que se basa en hacer un laberinto transparente en la trama, que se dice el texto de manera nítida, que llega, que hace vibrar, que existe una violencia latente, y en la que incluso, los anacronismos circunstanciales referidos a la exhumación de Franco, se perdonan, no hacía falta, pero es una señal para que no nos olvidemos de que estamos aquí y ahora. A mi entender, y con diferencia, es el mejor montaje de esta temporada en el Pavón. 

Y de repente, a Alicante, a un estreno, de una auténtica aventura en el sentido noble del término, un actor que se enamora de un texto, que se junta con otro actor que le parece una buena idea ponerlo en pie, que se junta a ellos un director de largo y espléndido recorrido y que crean con eficacia, economía de medios y sabiduría un gran espectáculo. Me refiero a “Diktat” de Enzo Cormann, con traducción brillante de Fernando Gómez Grande, con la dirección de Juan Pastor, pastoreando de manera lúcida por los vericuetos de este texto, llevando en volandas a los dos actores, Morgan Blasco y Toni Misó, para que sus personajes sean de verdad, nos lleguen sin aspavientos, perfectamente equilibrados en intenciones y matices, para que al final ese majestuoso texto de Cormann explote en nuestras entrañas, nos conmueva, nos deje pensando en las barbaridades que podemos llegar a cometer los seres humanos, por una idea, una militancia, una bandera: la guerra.

Comprenderán que he recogido los frutos caídos, los que ya estaban muy maduros. He visto más cosas, he estado nada menos que en el día inaugural del Salón del Libro Teatral, presentando  los libros editados este año en nuestra editorial, acompañado por dos autores, César López Llera y Carlos Bernal, pero hoy, desde esta habitación de un hotel en La Caleta de Cádiz, con el rumor del mar, con los ecos de la cena de ayer con esos viejos compañeros, amigos de hoy, soñadores que se desvelan, que sufren a veces insomnio de ilusiones, voy a seguir mi camino por la parte dulce de mi carácter agrio. Y agradecer que la ciencia y la medicina avance de tal manera que podamos todavía resistir una obra de más de dos horas sin ir a mear, que el vino no se nos cristalice demasiado en el cerebro y que el Teatro Iberoamericano nos aporte una nueva carga de energía positiva, diferente, pero que nos causa la misma admiración, porque además nos encanta la diferencia.