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Sáb, Abr

Mirada de Zebra | Borja Ruiz

En medicina, el umbral del dolor se refiere a un nivel sensitivo a partir del cual una persona empieza a sentir daño en el cuerpo. Dicho umbral es variable, de manera que según las circunstancias el umbral sube o baja, provocando que no siempre sintamos el mismo dolor ante un determinado estímulo. Jugando a extrapolar, de la misma manera que se habla del umbral del dolor de una persona frente a un estímulo doloroso, podríamos hablar del umbral de indignación de una sociedad frente a las circunstancias que padece. A juzgar por la historia reciente, este nuevo umbral es también variable, pero sigue una lógica contradictoria: cuanto más se nos torpedea, menos indignados parecemos estar.

Con el umbral de la indignación en incierta progresión ascendente, sin saber muy bien dónde estará ese límite que haga saltar todas las alarmas, lamentablemente uno ya está habituado a escuchar noticias sobre desahucios, servicios de urgencia cerrados y colegios sin presupuesto para lápices; hasta el punto de creer que la crisis es una sección más del telediario como lo son los deportes o el tiempo. Con un panorama tan poco halagüeño, y bajo los efectos de esta inexplicable anestesia social que nos invade, se tiende a debilitar la defensa de lo que se cree son los bienes y derechos fundamentales. La indignación no brota y en su lugar aparece sólo resignación y rabia mal digerida. En consecuencia, uno empieza a asumir, sin que asome ningún colmillo, que la salida de la crisis pasa inexorablemente por un recorte presupuestario de amplio calado y que, de la misma manera que menguan los recursos en Sanidad, Educación o Vivienda, así ha de suceder también con la Cultura. Demasiado poco se incide en que probablemente la solución más eficaz y directa sea encarcelar a aquellos políticos, banqueros y trabajadores afines que han creado tan dramática situación, y comenzar a reorganizar todo desde cero. Tal y como han hecho, según dicen las buenas lenguas, en Islandia que, una vez tomadas dichas medidas y sin haber ocupado la portada de ningún periódico nacional o internacional, empieza a salir de la crisis.

Sin opción a seguir la vía islandesa, sea por un extraño adormecimiento general, por incapacidad o por astenia político-social, el ámbito de la cultura se enfrenta a un ajuste presupuestario de consecuencias que se diría impredecibles, lo cual no es del todo exacto, porque sí son predecibles en el sentido de que sabemos que poco o nada bueno traerán consigo. Sin embargo, revolverse y rebatir esta situación se antoja una misión improbable. La sociedad en su conjunto, salvo honrosas excepciones, ha interiorizado la idea -tantas veces formulada desde de la política a través de los hechos más que de las palabras- que lo cultural tiene un valor secundario frente al resto de actividades que movilizan el mundo. Idea que, por una desgraciada inercia, sin necesidad de que nadie apriete, se acentúa a medida que la situación se vuelve más crítica. Desde todos los frentes, de forma activa y pasiva, se nos dice que el arte y la cultura deben pasar a segundo o tercer término, que lo inmaterial y lo espiritual no son alimento en época de vacas flacas.

Y en este debate donde insistentemente se devalúa el carácter intangible y espiritual del arte y la cultura, resulta que los recortes del Gobierno de España afectan prácticamente a todas sus competencias, menos a la Iglesia Católica, que continuará recibiendo 13 millones de euros al mes del Estado hasta noviembre de 2013. Es decir, todo este discurso que justifica los recortes durante los periodos de crisis en Cultura, y por lo tanto en el arte, aduciendo que son ámbitos que no ayudan a solventar la recesión económica es sólo una perorata mecánicamente aprendida, un resorte automático que se activa cuando la cosa se pone fea, pues hasta el momento no se conoce –al menos yo no conozco– ninguna crisis económica que se haya superado gracias a la Iglesia. Con estos antecedentes y las circunstancias actuales, la medida se escapa a cualquier juicio razonable: desde las altas instancias se prefiere potenciar la promoción de la religión católica en un país oficialmente laico, colmando las necesidades religiosas de sólo una parte de la población, en lugar de apoyar una cultura y un arte que esté al alcance de todos los ciudadanos sin excepción.

Con todo ello en la cabeza, uno hace cuentas gruesas y suma el dinero que se le dona a la Iglesia, el dinero que se entregó ciegamente a los bancos y el dinero que han consumido especuladores y políticos corruptos y, sin ser un experto en economía, uno entiende que en caso de disponer de esa cantidad en la actualidad muy probablemente estaríamos saliendo de la crisis o cuando menos nos veríamos en una situación más esperanzadora. En su lugar, somos arrastrados hacia una espiral que en su devenir está destruyendo grandes activos culturales que tanto han costado construir. Entre tanta incertidumbre, al menos sí queda una cosa clara: si la situación se vuelve terminal e irreversible, siempre podremos rezar. Aunque quede todo devastado, no se preocupen, quienes ahora gobiernan se han asegurado de que siempre haya lugares para rezar.