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Lun, Dic

Y no es coña | Carlos Gil

En apenas cinco días, una vez en Badajoz y otra en Cáceres, dos personas que hablaban en nombre de la Red Española de Teatros Públicos y Auditorios de titularidad pública o desde la Red de la Comunidad de Madrid, expresaron en público, ante audiencias muy interesadas, algunas ideas que nos llevan a concluir que desde dentro de las propias redes se están emprendiendo reflexiones que les hace plantearse algunas de sus funciones y sus logros y que, ante estos tiempos de recesión en los presupuestos, se pueden convertir en debates que ayuden a esclarecer el panorama.

Que personas que forman parte activa y con cargo se declaren “redescépticas”, significa que algo está pasando dentro de estas organizaciones. Y si se escucha a la coordinadora de la Red de Madrid explicar detalladamente el funcionamiento normal de su gestión, es decir la manera en la que reciben las propuestas, la selección de las que consideran más apropiadas a cargo de una comisión, las reuniones plenarias para encontrar el reparto de posibles representaciones, la vuelta al principio y así, una serie de reuniones hasta conseguir que entren en el catálogo semestral las propuestas, uno entiende que se trata de un aparato muy pesado, aunque probablemente, a la luz de las circunstancias actuales, sea lo más seguro, en cuanto a cumplimiento del mandato fundacional y que, además, para que se escuche la voz de la mayoría de los municipios que la integran y que son de muy diferentes características por su demografía y su capacidad de contratación económica o técnica.

Estas dos intervenciones se han escuchado en Extremadura donde parece que uno de los objetivos que se persiguen desde varios gremios del sector es precisamente la creación de una Red. Hemos asistido en años anteriores a presiones parecidas en Murcia o en las Illes Balears, por ejemplo, y siempre hemos pensado que se intenta sustituir por la institucionalización, es decir por la postura integrista total y absoluta en los modelos existentes, sin atenerse a las características propias de cada territorio, de cada Comunidad, las deficiencias estructurales y la falta de programas de mayor calado.  Es injusto negarle a ningún colectivo la posibilidad de organizarse como le parezca más oportuno, que se cumplan sus anhelos de parecerse al resto, pensando, se sobreentiende, que todo es para mejor, pero hay quienes ya a estas alturas no somos ni redescépticos, sino que estamos a punto de colocarnos en el capítulo de los apocalípticos.

Lo dijo Pedro Sánchez Osorio en Cáceres, la “Red española, es algo que solamente es una expresión de poder” y añado yo, sin objetivos culturales, ni de gestión, simplemente sirve para perpetuar en un club de elegidos, personas que circunstancialmente ostenta la chequera para la supuesta contratación y que como mucho sirve para su conocimiento, reconocimiento, amistad pasajera que en ocasiones se convierte en estados de opinión parecidos a tsunamis censores y para establecer una jerarquía que para nada se corresponde con la realidad, que no ha servido para casi nada y que además, se instala en un ejercicio desmesurado de su influencia y sus sospechosas concomitancias con los productores más significativos que conforman el oligopolio, si no es que forman parte del mismo de manera directa.

La coordinadora de la Red de Madrid señaló algo de sumo interés. “¿por qué debe la Comunidad organizar cursos de formación para los técnicos de cultura?” Está claro, se supone que se llega a unos cargos con la formación suficiente, como nadie se le ocurriría contratar para un ambulatorio de atención primaria a una persona que mientras diagnostica a los pacientes estudia su primer cursillo de primeras curas, que es a lo sumo, lo que se puede aprender en los cursos parciales organizados con muy buena voluntad por las redes. La casuística en cuanto a responsables de lugares de exhibición es tan amplia que para no deprimir a nadie, no ponemos ni un simple ejemplo.

Las redes necesitan una revisión urgente, pero que nadie se llame a engaño no son el problema, sino un síntoma del mismo. El problema, los problemas, es que hemos llegado hasta aquí sin ningún plan, ni guía, ni programa, se han construido espacios de exhibición al calor del ladrillo que da comisiones, se han ido cubriendo plazas sin saber para qué ni con qué currículo debían tener las personas que las desempeñaban y ahora, con la crisis, todo se está yendo al traste. Es el momento de repensarlo todo. Pero como apocalíptico converso, todo, es todo, desde el principio, hasta el fin. Desde la formación, a las subvenciones. Desde las programaciones a las producciones. Y lo primero que hace falta es saber de manera clara y nítida qué es lo público y qué lo privado. Qué tipo de Cultura queremos, y de qué manera se debe hacer de aquí en adelante. El Estado de las Autonomías, la Constitución, los Estatutos, forman parte del problema y de la solución.