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Mié, May

Y no es coña | Carlos Gil

Perdonen el desencanto, pero donde estoy nieva. Donde quisiera estar llueve. Donde habito mentalmente sale el sol con nubarrones. Y es que ya hemos pasada la primera sesión de elecciones de este año que en el Estado español nos quedan, cuando menos, tres citas electorales que nos conciernen directamente, más otra puesta entre medias que condiciona bastante el panorama general. Y la cultura se resiente de tantas tensiones, promesas incumplidas, subidas y bajadas de impuestos que son utilizados de manera banal y que son el cebo de los pardillos, esos pajaritos que se cazan poniendo pegamento en un alambre.

Pero de mis reflexiones post elecciones andaluzas, las de contenido político estricto me las reservo porque la distancia me hace extremar la prudencia, destaco una que para mí es simbólica. Y quisiera que no se confundiera para nada mis expresiones. Resulta que la profesión teatral sevillana y andaluza se está movilizando para evitar el desahucio de una sala de teatro, de un teatro precioso, que tengo el honor de conocer desde sus inicios, el Teatro Salvador Távora, que es el legado del gran artista sevillano después de décadas de recorrer el mundo con La Cuadra.

Pues bien, me apuesto doble contra sencillo, que en la noche electoral del pasado domingo 22 de marzo, ese teatro se vio más minutos en toda la cobertura televisiva española que en los restantes años de existencia. Y todo porque, insisto en lo simbólico, era la sede donde se asentaron los de Podemos para ir asimilando los resultados electorales. La elección de los miembros de este partido político me imagino no fue casual, sino muy intencionada. Mucho. Porque se trataba de poner el valor un teatro que puede convertirse en breve en una lonja, en un almacén, porque tiene problemas para pagar las hipotecas.

Y tiene todavía más simbología cuando se vio al que da nombre al teatro, a mi admirado y querido Salvador Távora, arropando junto a otros artistas, la candidatura de IU, la colación que es la gran damnificada de estas elecciones. Y sabiendo, que una hija de Salvador, artista singular del audiovisual, Pilar Távora está trabajando activamente en el Partido Andalucista, y creo que hasta puede ser cabecera de cartel en las municipales. O sea, el arte y la política, la política y el teatro. El artista y el ciudadano, que son uno mismo, no una personalidad bipolar. El compromiso estético y el compromiso social y participativo. Uno quisiera hacer un discurso ahora sobre coherencia, designios, coyunturas y tactismos, caras conocidas para el oportunismo electoral, pero solamente me viene a la cabeza que precisamente lo que estoy relatando, la presencia en el Teatro del sevillano barrio del Cerro del Águila de Podemos y conociendo como se las gastan algunos dirigentes políticos y sobre todo sus asesores, me temo que condena más al cierre, porque la Junta que ya se había desentendido del asunto, ahora lo hará con mayor gozo y como venganza fría.

Pasan las elecciones, se acumulan ilusiones y decepciones, y solamente nos queda una actitud posible: seguir luchando, seguir reclamando el cambio de las estructuras que nos han matado, el saneamiento de todos los entramados institucionales y sus connivencias asquerosas con la oligarquía teatral, todo eso que nos ha llevado además de a la ruina económica a la ruina ética, estética, artística. Lo demás, son eslóganes, actitudes de gregarismo, oportunismo y falta de solvencia moral, profesional y con objetivos mercantiles inmediatos, es decir lo contrario de lo que necesitamos.

Un abrazo a Salvador Távora, un apoyo incondicional, y te recuerdo "Gaizka" una buena anécdota cuando hicimos "Pasionaria, no pasará" en el Teatro Lope de Vega, unas señoras muy señoronas te decían que ellas estaban en contra del comunismo, pero que les había gustado mucho el montaje. Esas cosas me hacen pensar mucho. Como para rogar que despierte la profesión en todos los puntos de la piel de toro, que siguen los mismos problemas, pero agravados por la estulticia y la corrupción en las estructuras culturales de la manera más triste, cutre y soez: desde la ignorancia. Y muchas, demasiadas, complicidades